Pocos, de los 137 concejales elegidos en O Salnés, han hecho algo por articular realmente el territorio. Falta voluntad política
03 ago 2008 . Actualizado a las 02:00 h.El ministro de Industria, Miguel Sebastián , acaba de descolgarse con una serie de propuestas para redondear el tan deseable ahorro energético. Argumenta el ministro que cada vez que un español levanta el pie del acelerador, aumenta el PIB y disminuye el gasto público. Llevando sus razones un poco más allá, habremos de convenir en que la potenciación del transporte colectivo, en lugar del clásico vehículo privado, debería disparar nuestra, ahora, maltrecha economía. Y sin embargo, las grandes palabras se estrellan contra la realidad, siempre tozuda a no ser que se ponga toda la carne en el asador.
En O Salnés, ya ha sido demostrado por activa y por pasiva, el transporte público funciona mal. Y sin una comunicación ágil entre las distintas poblaciones que componen este territorio, jamás existirá en la práctica una comarca. A lo sumo, un conglomerado de aldeas, más o menos grandes, cuyos responsables políticos se reúnen cada cuatro años en torno a Cambados para contar los votos y poner y quitar diputados provinciales.
¿Vilagarcía es la cabecera?
Son muchas las cuestiones que los muchos concejales que administran el territorio arousano en las distancias cortas -nada menos que 137 ediles son elegidos en cada cita con las urnas- deben abordar, más allá de las palabras bonitas. Un ejemplo, sin ir más lejos. Se dice que Vilagarcía es la cabecera de la comarca. Es, sin duda, la población más numerosa y la que posee mayores servicios. Pero, ¿hacia donde mira Vilagarcía? La ciudad no puede aspirar a nada si no es capaz de articular un sistema ágil que permita al resto de vecinos de O Salnés acercarse a ella para realizar cualquier trámite, trabajar, comprar, ver una obra de teatro o, simplemente, disfrutar del paseo marítimo. La alternativa es centrarse en la estación de ferrocarril y moverse hacia Santiago y Pontevedra. Muy bien, hablemos entonces de un área metropolitana de transición entre las Rías Baixas y el conglomerado compostelano, pero dejemos tranquila de una vez la cháchara comarcal.
Lo primero es, por lo tanto, trabajar en común desde los nueve ayuntamientos que componen esta entelequia por una idea que rompa el minifundismo mental de siempre. Poco puede hacerse, a continuación, sin un respaldo decidido desde la consellería que tutela este ámbito, la de Obras Públicas, Política Territorial y Transportes. El antiguo poder popular hizo bien poco por crear comarca. La mejor prueba es la concepción de la hoy Autovía do Salnés, cuyo objetivo primero y principal fue acercar Sanxenxo a Pontevedra, y solo de forma vicaria crear toda una serie de ramales confusos y mal señalizados hacia Cambados, Vilanova, A Illa y Vilagarcía.
¿Qué hay del nuevo poder? El presidente de la Xunta, Emilio Pérez Touriño, y la conselleira del ramo, María José Caride, presentaron en enero el anteproyecto de la Lei de Transporte Público. Bajo la premisa de que solo el transporte público puede minimizar los costes socioeconómicos del transporte privado y su impacto, se habla de una inversión, este año, de 27 millones de euros frente a los 4 que se presupuestaron en el 2005. Se apunta a redes que superarán el concepto de conexión ciudad a ciudad para facilitar la accesibilidad de los usuarios. Se promete una coordinación de tarifas. Se anuncia la creación de un ente gestor del ferrocarril y de consorcios metropolitanos de transporte, donde Vilagarcía quiere estar. Y se afirma que se meterá mano en las concesiones de los buses.
Bien. Una primera prueba de fuego es la propuesta de los alcaldes del Baixo Ulla de aprovechar la actual vía para poner en marcha un auténtico tren de cercanías hacia Santiago. Porque quien hoy viaje a Catoira para participar en la Romaría Vikinga aún podrá tomar un tren en Vilagarcía a las 10.41 horas y volver a las 16.54 o las 20.18 horas. Pero si nada cambia las previsiones de Renfe, esta línea está condenada a desaparecer. Veremos si, una vez más, las buenas palabras se van con el viento.