La fundición

AROUSA

CON GOTAS | O |

20 feb 2007 . Actualizado a las 06:00 h.

LA LEY precisa lo que una fundición es o debería ser: una organización puesta en marcha por una serie de fundidores, que precisa un patrimonio y ha de perseguir un interés general evitando el afán de lucro. Como todo el mundo sabe, ese beneficio común que la legislación impone bien puede conseguirse a través de los partidos políticos, entidades dedicadas desde siempre a la más sincera filantropía. Por ello a nadie debe extrañarle que algunas fundiciones empleen los excedentes económicos que generan -¿qué puede haber más sano, más lícito, que hacer dinero?- en respaldar la humanitaria acción que cada cuatro años emprenden los benefactores candidatos y sus benévolas candidaturas. Ciertas de estas corporaciones, que se dirían pilotadas por audaces soñadores, profetas de una nueva y libre humanidad, dedican sus esfuerzos al más sesudo análisis social. De sus ramas cuelgan frutos tales como un cúmulo de propuestas para revitalizar la OTAN o las bases para la creación de un área atlántica de prosperidad, club al que están invitados EE. UU. y la Unión Europea, seguramente porque lo que baña el oeste de África y el este sudamericano es otra cosa, el Océano Cayuco, o algo así. El proemio a uno de sus boletines ofrece una idea -«la unidad ancestral de los territorios de España constituye un límite natural casi imposible de forzar aun cuando queden en suspenso sus instituciones políticas»- digna de figurar, grabada con letras de fuego, en la espada del Guerrero del Antifaz, noble adalid patrio. Con eso y con todo, esos maledicentes dotados de un poder circunstancial que nunca debió ser suyo porfían en meter sus sucias narices en las caritativas aportaciones que tan bellos colectivos realizan en campaña. Alcemos, pues, nuestras voces en un solo clamor: «La fundición, que no me la toquen»... ¿O será la fundación? La duda me corroe. Por fa(rala)es.