AREOSO | O |
21 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.OTRA VEZ el humo, el fuego o los gases en el interior de una vivienda se llevaron la vida de un hombre que vivía en soledad. Ocurrió en Pontecesures, y la noticia del deceso se extendió con rapidez porque el humo siempre deja huella. Por eso a este vecino de O Salnés no le pasó lo mismo que a otros de los que tuvimos noticia en las últimas semanas. Paisanos que llevan años matando las horas ya de por sí muertas en pisos desangelados de las ciudades y que pasan a mejor vida en silencio sin que sus compañeros de planta, que habitan a menos de diez metros, separados sólo por una ligera pared, se pregunten jamás por su ausencia. A los habitantes de los pueblos que no superan los dos mil habitantes se les echa en cara su desmedido cotilleo. Pero entre la curiosidad por los avatares diarios de la pareja de la casa de al lado y la indiferencia absoluta por la salud del anciano del 2º B hay un término medio que marca la sensibilidad. Si somos capaces de convivir años con un cadáver sin percatarnos de su existencia es que algo falla en nuestras deshumanizadas ciudades. No nos saludamos en el pasillo, no cedemos el asiento en el autobús, no nos miramos en el ascensor. Y nos morimos solos acompañados de otros miles de ciudadanos enfermos de soledad.