Esperanza Rosela y Paolo Metta, desde Italia a A Mariña para abrir una casa de turismo rural: «Hemos encontrado nuestro hogar en Morás»
A MARIÑA
Su encuentro lo propició una avería doméstica como vecinos en Savona y ahora acaban de abrir su negocio de turismo rural en Xove, volviendo ella a sus raíces también gallegas
23 mar 2026 . Actualizado a las 13:37 h.Esperanza Rosela Sanles Roa (Concepción-Chile, 1965) y Paolo Metta (Jesolo-Venecia, 1967) vinieron hace años de Savona, en Italia, en la región de Liguria donde existe un Cervo hermanado con el nuestro. Por eso, al ver aquí el indicador del municipio mariñano les hizo mucha gracia, aunque fue en el vecino, Xove, donde captó su atención plena una casa señorial de aldea. La Casa do Cabo estaba en venta en Morás y ella exclamó: «¡Es esta!». Esperanza nació en Chile (Concepción, 1965), es hija de padre gallego emigrante (Francisco Sanles González, nacido en 1914 en Ribeira) y de una chilena (Rosa del Carmen Roa Roa, nacida en 1918) hija de burgalesa.
La historia de la pareja es un «scalextric» individual primero. A las puertas de la adolescencia su marcha de Chile a Italia tuvo tintes políticos, por la dictadura de Pinochet, que obligó a separarse a la familia. En la llegada al país ‘de la bota', reconoce que el idioma fue un escollo inicial, que más adelante resolvió: «En Chile estábamos bien porque ya tenía un colegio y tuve que dejarlo. También son culturas distintas. Mi madre regresó a Chile pero yo tenía 19 años y no quise volver, porque ya estaba acostumbrada en Italia, donde viví al menos unos 40 años e hice mis estudios de Economía y Comercio». Con un hijo de su anterior pareja llamado Andrea cuenta que estaba en un momento de pausa sentimental y pensando «cuando Dios decida me lo traerá a mi casa». El amor. Fue literal. Era su vecino de abajo al que no conocía. Una avería doméstica en casa de Esperanza que afectaba a a la de Paolo propició el encuentro entre ambos.
«Como en España, el norte y el sur de Italia son muy diferentes»
Él es hijo de una alemana de apellido Mühlbauer que nació en Florencia y vivió en Austria, y de un italiano, de la Apulia que se conocieron en Milán. «Como en España, el norte y el sur de Italia son muy diferentes», dice Paolo, que nació en Jesolo, al lado de Venecia. «Con mi padre viví en Arabia Saudí y España pues él llevaba la contabilidad en grandes empresas». Esa movilidad contribuyó a que le gustase viajar, como también le gusta a ella: «Te haces más rico». «Viajábamos mucho y llegamos a conocer todo el sur de España. También buscamos en Portugal, en la parte de Aveiro», dice refiriéndose curiosamente a la llamada «Venecia portuguesa».
Compraron la propiedad xovense hace cuatro años. «Quería cambiar mi trabajo de aparejador, de 30 años. Y ella también quería cambiar», explica Paolo. «Cuando elegimos estar aquí fue como si algo me llamara», señala su pareja con menos lógica material: «De esta casa nos enamoramos. Cuando entras en una y la sientes tuya, la sientes hogar, positiva y eso te atrae. Tengo mucho respeto por las casas antiguas porque nos gusta mucho la historia, incluso de cada mueble, que hay que valorar». Tenían en mente emprender en turismo rural y así empezó Casa do Cabo a funcionar este año: «Ofrecemos seis habitaciones con desayuno continental y para los alojados que quieran comer algo, tenemos menú italiano». Una cocina que ya es universal y quieren mostrar con eventos gastronómicos puntuales. «Esto es como una pequeña aldea», describen, situada próxima a los famosos Acantilados de Papel que le encantan a Paolo y con su réplica pétrea de «Stonehenge» obra de Esperanza en el jardín allanado: «Mucha gente pasa en bicicleta y mira».
Esperanza y Paolo quieren expresar su agradecimiento a sus amigos, a cada persona que trabajó en Casa Do Cabo «y realizó nuestro sueño de darle una nueva vida, a los vecinos y nuestra familia gallega que siempre ha estado pendiente. Gracias de corazón».
En Porto do Son pudo conocer un hermano a los 50 años y visitar la tumba de su padre
Emociona el momento en que Esperanza Rosela relata cómo conoció a la edad de los 50 a su hermano en Galicia José Sanles, vecino nonagenario de Caamaño (Porto do Son): «Ahora, estoy muy relacionada con él». De alguna manera, sentía que la vida le pedía cerrar ese capítulo familiar. «Ella también quería saber _añade Paolo_ dónde estaba su padre enterrado, en Caamaño». «Era más una cuestión de respeto para mis padres. Él también me hablaba mucho de aquí», dice su hija. Los ojos se le ponen vidriosos. Recuerda cómo un Guardia Civil le ayudó a localizar a su hermano hace diez años y fue el primero que entró en su casa preguntándole a José Sanles si tenía hermanos por Chile y contándole que tenía una hermana llamada Esperanza. «Lleva el nombre de mi abuela, ¿me la puede traer?». «Lloré todo lo que pude. Estuvimos hablando mucho ese día. Mi hermano lloró mucho», dice. «Desde aquel momento empezamos a venir tres o cuatro veces al año a visitar a mi hermano y a recorrer Galicia». Y así fue cómo conectó con su wifi gallego, asentándose en Morás. Le pregunto a Esperanza cuál es su palabra favorita en gallego: «Morriña». Paolo aún está pensando su respuesta.