Un comodín del que quizá se abusa: machismo

A MARIÑA

PEPA LOSADA

28 dic 2025 . Actualizado a las 13:20 h.

Soy un universitario preocupado y ocupado. Decidí exiliarme voluntariamente cuando había alcanzado mis máximos en la medicina y en la política. Lo hice en mi refugio natural adonde regresé hace más de 25 años para quedarme, en A Mariña, mi Galicia Cantábrica. Donde guardo los recuerdos patrimoniales de mi alma. Ahora además de conversar con las mareas desde las luces del alba tengo tiempo para leer, escribir, escuchar, pensar y sentirme libremente útil.

Me gusta mucho más compartir mis trabajos y experiencias que pontificar desde mi tribuna en la sociedad civil por mis conocimientos que se vuelven inquietudes de observador o viajero en el espacio y en el tiempo. Pero no quiero que termine este primer tercio del siglo XXI -yo soy del siglo XX- sin abrir a mi manera el debate sobre ese continuo contencioso entre feminismo y machismo. Pertenezco a una profesión socio sanitaria mayoritariamente feminizada. ¡Qué bien me ha ido! Soy de una generación muy agradecida a esas bravas mujeres que desde nuestra parroquias mandaban y cuidaban. ¡Eternamente agradecido!. Fueron los consensos de 1978 y la alternancia en el otoño de 1982, quienes cambiaron el rumbo y pusieron proa a la libertad, dignidad e igualdad de oportunidades. Llegué a la consideración de que la ciudadanía no tiene género, es simplemente asiento de derechos fundamentales y sociales, o superación del paternalismo fascistoide. Pero cuidado, este país siempre se ha caracterizado por la denominada ley del péndulo, aquí se siguen confundiendo las voces con los ecos y no somos partidarios de esa serena posición en el término medio donde nos aguarda la virtud.

El abuso emocional y verbal incluye insultos e intentos de asustarte, aislarte o controlarte. Son sutilezas machistas los silencios, usar una comunicación paternalista o ignorar despectivamente a una mujer por el hecho de ser mujer. También lo es usar un humor denigrante hacia el género femenino. En contraste con la violencia de carácter físico, la violencia del lenguaje se ha caracterizado habitualmente como simbólica y, por extensión, se interpreta como un modo de violencia que no afecta directamente al cuerpo, sino a la mente y al reconocimiento social de la persona o del grupo al que va dirigida.

Es esa subcultura del insulto que sustituye al argumento en el debate. Ejemplo. Una reclamación por derechos contenidos en la Ley de la Propiedad Horizontal ante el Instituto de Consumo por presuntos abusos de administración-gestión de una finca da como respuesta sin la más mínima contención a los términos escritos de machista, déspota y acosador. El órgano de mediación se inhibe, el autor de las graves descalificaciones se crece y el reclamante sorprendido descubre los complejos que se han instalado desde el desarrollo para los conceptos de machismo como primer elemento de amenaza a quien trata de exponer y solicitar una intervención ante la vulneración de los postulados que contempla esa Ley de la Propiedad Horizontal que debería ser espacio jurídico garantista para la difícil convivencia en una comunidad de convecinos. Estoy planteando un ejemplo mucho más frecuente de lo que se publicita y que solo enseña los casos de ocupas o turismo indeseable.

Mientras buena parte de la prensa o del mundo intelectual guarda atronador silencio; cuando no cierra filas con la jauría por más que, evidentemente, sepa de las inconsistencias. Supongo que es entonces cuando los verdaderos intelectuales alzan la voz prestándose a que les partan la cara por hacer de avanzadilla y de paraguas para la reacción de un sentido común acobardado es ir contra corriente. Es ser políticamente incorrecto, es ser revolucionario. Y es que no hay nada más progresista que la verdad y la libertad. Aunque nos cueste la vida.

* Pablo Mosquera. Médico, ex parlamentario. Fue director gerente del Hospital de la Costa y de otros hospitales en Asturias y Barcelona.