Ríos fundó la fábrica de Ribadeo tras la guerra y no tardó en dar con la fórmula que le reportaría prestigio, una marca de calidad, en onzas y también en polvo, Famoscao
06 jun 2010 . Actualizado a las 02:00 h.El espíritu emprendedor de Fernando Ríos Martínez (Ribadeo, 1920) podría tener su origen en su abuela paterna, Mari Pepa da Morena, a quien deben además el apelativo familiar, que da nombre a la reconocida fábrica de chocolates de Ribadeo. «Aun siendo analfabeta, creó una empresa y exportaba conservas a Cuba», cuenta su bisnieta María José. Ella es quien ha retomado el negocio que puso en marcha su padre hace ya más de 60 años.
«Chocolates Moreno se fundó por culpa del hambre y la miseria, al acabar la guerra. No había dónde emplearse y un amigo abogado y yo nos animamos a hacer chocolate», relata Ríos. Juntos decidieron comprar la fábrica de los Villadonga, cerrada al morir su responsable. El traspaso se efectuó algo antes pero Chocolates Moreno nació en 1947, de la mano de Ríos, ya desvinculado del socio.
El Moreno, como es conocido en Ribadeo, se entregó al trabajo y no tardó en dar con la fórmula que le reportaría prestigio «en un radio de 200 kilómetros», entre la provincia de Lugo y Asturias, donde se concentraban sus clientes. Durante años le ayudaron sus padres, una tía soltera e incluso la abuela. Más tarde se incorporó el primer empleado, Avelino, que trabajó 22 años en la casa; y luego lo hicieron José Fernández Rodríguez y su mujer, Rosa María Díaz Muñiz, socios mayoritarios con María José Ríos Gómez en esta nueva etapa emprendida por Chocolates Moreno a comienzos de 2010, de nuevo en manos de la familia que puso en marcha el negocio, cinco años después de que se vendiera la fábrica.
El rígido cupo de cacao
«Trabajé mucho, mucho, eran muy malos tiempos, la posguerra, y a base de trabajo logramos remontar épocas malísimas y crisis... Al principio era difícil conseguir el cacao porque todo estaba restringido. A mis predecesores (los Villadonga) les habían asignado un cupo de seis a ocho sacos de 60 kilos al mes. Pero lo que te daban dependía de las existencias del momento, esto condicionaba la producción, y además el azúcar estaba carísimo... Yo compraba algo de cupo a otros pequeños con vistas a ser algún día un fabricante más grande, y con eso fui vendiendo partidas libres, porque el Gobierno tenía intervenida la fabricación de chocolate», narra el fundador, bien parecido, lúcido y meticuloso en el relato.
Chocolates Moreno solo vendía en la tienda propia [calle Ramón González, 10], hasta que empezó la competencia, con los viajantes de Lugo ofreciendo su producto en automóvil. «Entonces compré un 600 y también salí a la carretera, recorrí toda la zona», evoca. Y se ganó los clientes a los que hoy vuelve a visitar su hija: ultramarinos, tiendas, cafeterías y chocolaterías. María José aspira a situar su marca, toda una institución en A Mariña y los alrededores, en el club del gourmet de alguna de las grandes firmas de alimentación. Esta empresaria, propietaria de una tienda de moda en Vegadeo, se encarga de las compras y las ventas y peleará hasta alcanzar el objetivo. De momento, ya hay establecimientos que le han agradecido la reaparición de la marca, referencia en el sector, puesto que los clientes lo siguen demandando.
Tacto, olfato y honradez
Solo la calidad explica el éxito de Chocolates Moreno, en tableta -las onzas de toda la vida, hechas de cacao, azúcar y harina, sin conservantes ni aditivos de ningún tipo- y en polvo, Famoscao, el único que sirve para disolver o tomar a la taza, con el que han crecido varias generaciones. «Para hacer buen chocolate se requiere un tacto especial, un olfato privilegiado para distinguir los buenos cacaos y honradez», explica Ríos. «Y el punto de tueste justo que le daba mi padre», apunta María José. «Él compraba el grano, lo tostaba, lo molía, le sacaba la cascarilla y lo pasaba por una refinadora para hacer la pasta. Elegía el mejor cacao para lograr un producto óptimo». Aún hoy cata la pasta de cacao.
Elaboración artesanal
El proceso de elaboración no ha variado, sigue siendo artesanal, con los moldes de siempre, la báscula de platillos [para pesar el cacao emplean una de precisión] y la envoltura, primero en papel sulfurizado y luego en un folio impreso, que doblan manualmente. María José y sus hermanos aprendieron el proceso de niños. «Yo esto lo sé hacer desde que me salieron los dientes. Todos aprendimos a batir, nos subíamos a un banco de madera y como no nos llegaban los brazos para darle la vuelta a la caja (con los moldes), tenía que hacerlo mi padre».
Calvo-Sotelo era cliente
En Viveiro llegó a haber 13 fábricas de chocolate familiares; en Ribadeo existía otra, Parajes; en Mondoñedo funcionaban al menos dos y en Vegadeo, tres. De todas únicamente ha sobrevivido Chocolates Moreno, donde solía comprar el ex presidente del Gobierno Leopoldo Calvo-Sotelo cada vez que visitaba la villa de Ribadeo. «Mi vida fue la fábrica, nunca tuve vacaciones. Tardé más en casarme por no tener quien me sustituyera y cuando me decidí fui a buscar a Atadell (a Viveiro) para poder disfrutar de la luna de miel», confiesa el Moreno.
El fundador de Chocolates Moreno está muy contento de que la fábrica haya vuelto a manos de la familia y los empleados de siempre. «Pero tengo miedo de que no salgan adelante». Temor que en seguida disipa su hija, convencida de que la fábrica ribadense sobrevivirá a su creador y a ella misma. ¡Larga vida a Chocolates Moreno!