A pesar de que soy de divertirme con una facilidad que a algunos le duele, mis citas favoritas son las fiestas de pueblo, aquellas donde el bar de la comisión solo tiene que preocuparse de mantener a todo el personal bien hidratado, las orquestas no llevan luces de colores y uno entra a beber en casas ajenas de gente desconocida. Estuve en la fiesta definitiva el día en que me llamaron para poner música en una boda a la entrada de Monforte. Estaba planteada de tal modo que de no ser por el ramo, las pajaritas y los gritos inteligibles que trataban de decir «vivan los novios», nadie apostaría a que aquello había sido una unión matrimonial. Justo al lado de la carretera general una especie de desfiladero repleto de carballos hacía de frontera justa para que los conductores no nos viesen al pasar y no escuchasen el alboroto que los elevalunas eléctricos no dejaban entrar. Todo era normal. Pulpo, empanada, algunos pinchos de diseño moderno y mucho vermú durante el aperitivo amenizado por un cuarteto de septuagenarios versionando canciones de Julio Iglesias y que los mayores agradecían bailando en pareja un ritual extraño de apareamiento. El padrino agarró el micrófono tras terminar el postre ofreciendo un discurso eterno y emotivo que erizase la piel. Vi como a un niño le empezó a salir bigote esperando que aquel señor -que volvió a emitir dos discursos más haciéndome quitar la música de repente- acabase. Así, entre Raffaella Carrá y Sopa de Caracol llegó la noche. Noté como un olor a quemado se acercaba por mi espalda. Vi a los más valientes subir aquel desfiladero intentando apagar con sus chaquetas de traje caro unas llamas que les daban por la cintura. Un petardo mal gestionado. Apagué la música casi con miedo y uno de mis pies a punto de salir corriendo. Pocos minutos después consiguieron reducirlo y evitar la desgracia y el titular en los periódicos. El padre de la novia se acercó. Me pidió tembloroso que pinchase un par de horas más -a cambio de una cantidad generosa de dinero que nunca me llegó- para tratar de que el fuego no fuese el legado a transmitir. Acepté, y tras una palmada en la espalda dijo: «Y ahora pon La Barbacoa y quema la pista de baile». Esas fiestas.