Hezbolá ha dejado claro que nada se mueve en el Líbano sin su permiso. Y si un tribunal, por muy patrocinado por las Naciones Unidas que esté, pretende hacer disminuir su poder en el país de los cedros o manchar su imagen lo mejor es intervenir.
El jefe de este grupo chií, Hasán Nasralá, había puesto al primer ministro Saad Hariri entre la espada y la pared al hacerle escoger entre desaprobar al Tribunal Especial de la ONU o afrontar la caída de su Gobierno. Saad se decidió por llevar hasta el final la investigación sobre el asesinato de su padre, Rafic, en un atentado con coche bomba en el 2005, y Hezbolá tomó cartas en el asunto. Las filtraciones apuntan a que el dictamen, que se espera sea público en los próximos días, culpará a Hezbolá de participar en el complot con Siria e Irán para asesinar al ex primer ministro.
Hezbolá, nacido como grupo de resistencia contra Israel a principios de los años ochenta, desencadenó el pasado día 12 de enero la caída del Gabinete de coalición de Saad Hariri, tras la salida en bloque de sus aliados.
La llegada de Hezbolá a la jefatura del Gobierno es un serio revés para Occidente y Arabia Saudí, que apoyan al prooccidental Saad Hariri y la investigación del tribunal de la ONU, y que ahora temen un Gobierno influenciado por Irán y Siria.
Mientras, el Líbano avanza un paso en el abismo de la violencia que nunca lo ha abandonado. La última vez, en mayo del 2008, cuando los enfrentamiento entre suníes y chiíes dejaron un centenar de muertos, o la guerra del verano del 2006, cuando Israel inició una guerra en un intento fallido por destruir la capacidad militar de Hezbolá.