El juego de favores acecha a Obama

Tatiana López

INTERNACIONAL

El presidente electo prometió acabar con la influencia de los grupos de presión, pero pocos confían en ello, ya que parte de su Gobierno procede de la calle K

15 ene 2009 . Actualizado a las 18:51 h.

En el mismo centro de Washington, a pocos metros del Capitolio, se erige una calle que concentra casi a tantos políticos como el mismísimo Congreso. Conocida como la calle K, es una pequeña área donde se agrupan los llamados grupos de presión o lobbies y con cuyo poder Barack Obama ha prometido acabar a lo largo de su legislatura. Una misión en la que pocos parecen confiar, no solo porque buena parte de su Ejecutivo procede en realidad de la impopular calle K, sino también por la dificultad de romper esa relación con décadas de tradición en la capital estadounidense.

Y es que, aunque bautizados originalmente como lobbies por culpa del presidente Ulises S. Grant -la prohibición de su mujer de fumar en el hogar le obligaba a recibir a las visitas en el lobby o recibidor de la Casa Blanca-, lo cierto es que hace años que este tipo de organizaciones sirven de refugio a políticos de toda talla y color. Así lo asegura un estudio realizado en el año 2005 por el grupo de presión de acción ciudadana Public Citizen (PC), y según el cual desde 1985 al menos un 43% de los ex congresistas estadounidenses han cambiado su escaño por un cómodo sillón de gestor.

Un círculo vicioso que se rompió el 3 de enero del 2006, cuando el republicano Jack Abramoff fue condenado a ocho años de prisión tras demostrarse que varias industrias habían comprado sus favores. «Esa fue sin duda la gota que colmó el vaso», aseguró a La Voz Craig Holman, uno de los miembros de PC para quien la figura de Obama resultó fundamental a la hora de aprobar la «ley de regulación de lobbies » en el 2007, «porque hasta entonces esto era como el Lejano Oeste. Imagínate congresistas que se iban a jugar al golf a Escocia, familias enteras de vacaciones en hoteles de cinco estrellas y todo a cambio de favores que luego repercutían en los consumidores».

Sin embargo, y tras la aprobación de la ley, «ninguno de nosotros puede pagar ni un café a un congresista». Entre las medidas más extremas se encontraban además la obligación de cualquier grupo de presión de publicar cuánto dinero habían donado a un candidato en período electoral, «algo inaudito hasta entonces».

Unas medidas que para Holman -quien, a pesar de trabajar para un grupo independiente, deja muy claro desde el principio sus tendencias obamistas-, «han ayudado sobre todo a que pequeñas organizaciones como la nuestra puedan medirse de tú a tú con sectores como el farmacéutico [que solo el año pasado se dejó la friolera de 15 millones de dólares en las colinas de Washington]».

¿Un grupo solo de demócratas?

Su optimismo contrasta, sin embargo, con el escepticismo mostrado estos días por los medios estadounidense, a quienes la decisión de Obama de incluir en su Ejecutivo a varios ex lobbistas , como por ejemplo su próximo secretario de Sanidad, acabó por desilusionarlos. Con especial temor además a que la amenaza del líder afroamericano sirviera para reforzar un sector que desde su nominación no solo no ha decrecido, sino que ha multiplicado en varios puntos su tamaño.

Algunos medios de comunicación han denunciado también que la llegada de Obama al poder «no ha significado el fin de los grupos de presión, sino solo el de los ex políticos republicanos», según un editorial publicado por The Washington Times . Más concretamente, desde que el huracán Obama se presentó a las elecciones, al menos tres pesos pesados de su partido, entre ellos el ex candidato presidencial Chris Dodd o el ex líder de la mayoría en la Cámara baja, Steney Hoyer, han decidido abandonar el hemiciclo para dedicarse a causas más lucrativas.

«El juego no es fácil de cambiar -reconoce finalmente Holder-, pero, créeme, por mucho que las cosas no sean perfectas, siempre serán mejor que con los republicanos».