La salida del jefe de gabinete impulsa cambios en el rumbo de un Ejecutivo que ha vivido varios relevos en los últimos meses
27 jul 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Que la palabra más repetida en los últimos días en Argentina sea oxígeno no es casualidad, dado el estado de la política y especialmente del Gobierno. El oxígeno es el elemento metafórico elegido para definir lo que necesita Cristina Fernández para reanimar a su Ejecutivo: el oxígeno que busca en los cambios de ministros con los que pretende poner a andar el país de nuevo tras casi cinco meses de conflicto con el campo. Desde el 11 de marzo, fecha del pistoletazo de la crisis, hasta hoy, Argentina ha visto desfilar al ministro de Economía, al secretario de Agricultura y, esta semana, al jefe de gabinete de ministros, además de a varios altos funcionarios relacionados con el agro.
El miércoles se hizo realidad una imagen definitoria: dimitía el hombre que ejercía de equilibrista en la cúpula del andamiaje construido por los Kirchner. Alberto Fernández, escudero del matrimonio en el poder, primero de Néstor, ahora de Cristina, jefe de gabinete desde el 2003 y portavoz oficioso del Gobierno, decidió dar un paso a un lado. Según sus palabras, porque en los últimos tiempos ya estaba «cansado» del cargo. Pero es evidente que del desgaste pasó a la zozobra en los meses en los que tuvo que lidiar con el conflicto agrario.
La crisis se lo llevó por delante como antes había empujado a la apuesta más fresca del Gobierno inicial de Cristina Fernández, el joven ministro de Economía, Martín Lousteau. Él firmó la resolución 125 el 11 de marzo, por la que se establecía un impuesto móvil a las exportaciones de grano según el precio en el mercado internacional de Chicago. Seis semanas después de aquella firma, dimitió y desapareció del mapa. Como medida de urgencia, los Kirchner (nadie dudaba ya de la capacidad de maniobra del ex presidente en el Gobierno de su esposa) llamaban a filas a Carlos Fernández, funcionario disciplinado que no ha levantado la voz hasta ahora.
Avanzaba el conflicto, llegaba el desabastecimiento y las manifestaciones masivas, caceroladas incluidas, y finalmente la discusión parlamentaria en el Congreso y el Senado sobre la resolución de la discordia. El histórico momento, en la madrugada del 17 de julio, cuando el vicepresidente del Gobierno, el ex radical Julio Cobos, votó en contra del propio Ejecutivo, trastocó toda la estrategia inicial de los Kirchner. Y ahí sobrevinieron los cambios. Primero, el de Javier de Urquiza, secretario de Agricultura. Y a continuación, la salida de Fernández, que quiso forzar la dimisión de su antagonista histórico, el ministro de Planificación, Julio de Vido. De momento no lo consiguió, aunque vuelven los rumores de más relevos mientras se reacomodan las cuotas de poder en el Ejecutivo.
Lucha intestina
La oposición, con Elisa Carrió como abanderada, criticó estos días con vehemencia lo que entiende como una lucha intestina en un momento en el que debería primar la salvaguarda de los intereses generales. Pero en Argentina los ismos como encarnación de las facciones políticas alcanzan a mandos intermedios como el jefe de gabinete. Ahora está por ver si el representante del albertismo, Carlos Fernández, saldrá del ministerio al que llegó hace unos meses o si la crisis se cobra víctimas de la facción devidista. Las encuestas hablan claro. Según un estudio de Ibarómetro, la gente pide más oxígeno: solo el 13% de los consultados opinan que el Gobierno debe quedar como está.
En el juego de piezas interno se manejará el futuro inmediato de un país que busca salir del atasco institucional, político y finalmente económico en el que se metió el propio Gobierno en marzo. Lo que todavía sobrevuela como incógnita es el porqué de la derrota momentánea de una facción frente a otra. Se suceden las teorías, pero subyace la impresión de que va más allá de una lucha de ideales. A Massa se le tiene por un funcionario hábil y eficiente, con menos carga ideológica que el secretario de Comercio, Guillermo Moreno, y el de transporte, Ricardo Jaime. Pero los alineamientos parecen ir por la proximidad o no con el ex presidente Néstor Kirchner.