El pazo de Meirás abrió sus puertas al público con gran expectación mediática
28 mar 2011 . Actualizado a las 21:14 h.Durante las dos últimas semanas, Sergio García se ha «empollado» toda la documentación que ha encontrado sobre el pazo de Meirás. Es estudiante de Historia, tiene 21 años y ha sido el elegido para explicar las visitas guiadas a la residencia de verano de los Franco, un polémico inmueble que cataliza nostalgias y revanchas del pasado.
En el primer día de visitas al pazo (el cupo ya está cubierto hasta julio), abierto por la familia Franco tras la decisión del Tribunal Supremo, Sergio es ajeno a todo el barullo que se ha formado en la puerta de entrada. No ha visto las decenas de cámaras de las principales televisiones del país. Ni la pancarta de la Comisión de Recuperación da Memoria Histórica, que pide la devolución íntegra del pazo al pueblo de Sada. Mientras los visitantes esperan ansiosos a descubrir las piezas de caza de Francisco Franco, su discurso se limita a la asepsia de la arquitectura. «Sobre el escudo pueden ver el Balcón de las Musas, donde doña Emilia [Pardo Bazán] se inspiraba...». Lo dice mientras se comprueba que, pese a lo cuidado del césped, en el jardín hay topos.
En el interior del pazo la primera impresión es olfativa. Huele a cerrado, a viejo, a alcanfor. De las paredes cuelgan cabezas de ciervos, trofeos de Franco. Se salpican con una colección de catanas, una cabeza de búfalo, figuras policromadas de santos, un urogallo disecado y dos grandes colmillos de marfil.
En la biblioteca conviven un cuadro de la batalla de África, numerosos libros, un deshumidificador y un vigilante que no tiene más objetivo que mantener a los quince visitantes pegados como un rebaño: «Por favor, abandonen la sala, ¡se lo he dicho ya tres veces!».
La parte baja del pazo alberga un salón «para ambiente distraído», donde Sergio revela que el cuadro titulado El Florero «fue pintado por Franco en 1947». Los visitantes pasan junto a una pared plagada de pequeños esqueletos de corzos antes de acceder a la biblioteca. En sus estanterías hay títulos muy curiosos: Teología de la Política, Problemas de la Clase Media, Glorias Imperiales, La vida y la regla de San Benito y otro titulado Sindicatos españoles (sí, en plural).
De nuevo en los jardines, Sergio aclara que las balaustradas se deben al interés de Franco. No muy lejos de una de las terrazas se levanta una pista de pádel, ajena a la historia del inmueble. «En esta casa durmió Unamuno y se hizo algún consejo de ministros», explica el guía.
El alcalde de Sada, el nacionalista Abel López Soto, fue uno de los primeros visitantes. Dijo que luchará para que el pazo sea de todos. Dos hermanos de Ribeira, Valentín y Modesto Ayaso, soldados del régimen, recalcan que si el pazo es de los Franco no hay por qué quitárselo. Meirás ya está abierto. Pero el debate sigue.