Aunque el bus que deja Galicia tres días a la semana llega lleno al país helvético, apenas hay jóvenes, si acaso alguno que aprovecha una visita a la familia para tantear empleo
01 nov 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Aún no ha terminado de desperezarse del torpor nocturno la estación de autobuses de A Coruña cuando alrededor de las siete y veinte de la mañana arrima a su dársena el autobús de la compañía Alsa que cubre la línea que conecta Galicia con Suiza. Llega de Vimianzo. Son tres servicios a la semana -martes, jueves y sábado-, que arriban prácticamente llenos al país helvético, pero el movimiento en el andén coruñés es mínimo, apenas una decena de pasajeros, y más de los que serán el jueves, y el sábado. En todo caso, tiempo habrá de sumar viajeros porque es un trayecto trufado de paradas.
Son más de 30 horas de viaje hasta Zúrich, ciudad a la que va Miriam, coruñesa de origen brasileño. Es la única pasajera que baja de los 55 años. Tiene 29 y lleva desde los once años en Galicia. Pero es que además no va en busca de trabajo, sino a ver a una tía y a sus primas, que marcharon a Suiza desde Brasil hace ya más de un decenio. Las visita con cierta frecuencia y ve que «casi todos los que van en el autobús son gente mayor, que van o vuelven de pasar unos días de vacaciones en su pueblo natal». En cuanto a los pocos jóvenes con los que coincidió, relata, la mayoría cursan visita a su familia, como ella, «y solo algunos aprovechan la estancia para tantear un trabajo, probar, y si tienen suerte a lo mejor se quedan por allí una temporada».
No percibe un nuevo éxodo de jóvenes en busca de empleo por la crisis. Y sí cree Miriam que «a lo mejor hay gente que por estos problemas económicos ha dejado el avión por el autobús, que es más barato y te permite llevar el equipaje que quieras».
Entre las que hacen su primer viaje en autobús está María, francesa que «hace mucho tiempo» que trabaja en Ginebra, a la que vuelve tras pasar unos días con unos amigos coruñeses que conoció en la emigración. Asegura que hoy «son muchos más los gallegos que regresan que los que se van». Vive en un cantón fronterizo, lo que hace que haya movimiento pero también el más alto nivel de desempleo helvético. «Las cosas no son como antes. Hay muchos españoles, portugueses e italianos que no hallan trabajo, pero sobre todo africanos, sudamericanos y del Este; muchos, muchísimos rumanos», subraya.
Durmiendo en los parques
El fenómeno de los sin papeles, prosigue, es otra de las nuevas realidades de Suiza. Personas procedentes de las colonias francesas, que entran con facilidad, y gitanos por doquier. Pero la crisis también ha golpeado Ginebra con dureza y las diferencias con España, aunque existen, son menores. «Ya es fácil ver gente durmiendo en los parques». Pero hace mucho frío, ¿qué hacen en invierno? «Pues se las apañan como pueden, buscan vagones abandonados, lo que sea», explica con un deje de tristeza.
Cada año llegan a Ginebra entre 5.000 y 6.000 inmigrantes. Eso, sin contar los ilegales. «Y los pisos son carísimos -exclama María-: si en 1999 alquilabas un apartamento de dos piezas con cocina por 500 francos suizos [unos 333,3 euros] al mes, hoy el precio se ha triplicado». A lo mejor, concede, es verdad que allí hay más trabajo que en España, «pero la vida es mucho más cara», lo que también resta atractivo a la marcha.
«É que non se vai como antes. Marchar a Suíza xa non é o que era. Hai traballo pero non é para tanto», tercia Eliseo, ferrolano instalado en el país helvético desde hace muchos años. Sigue llegando gente -admite-, «pero veñen doutros países. Agora Galicia é un sitio máis para regresar que para marchar», dice este veterano con un leve brillo de morriña en la mirada.
Claro que nota los efectos de la crisis económica cuando viene a su Ferrol a pasar unos días de descanso, «pero hoxe é moi difícil que a xente nova se decida a marchar como faciamos entonces», argumenta Eliseo.
«Non queren traballar»
No opina igual José Antonio Pérez, que se acercó a la estación de autobuses para despedir a su cuñado (italiano) y su sobrina, que vuelven a Zúrich, donde viven sus dos hermanas. Él, tras 30 años de trabajo en una fábrica de ventanas, decidió regresar con sus hijos a A Coruña. «A xente nova non quere ir porque non queren traballar. Este país está ben para divertirse, vivir a vida, aquí todo é debates e falar, pero, se queres traballar e aforrar un peso, que futuro che espera cun soldo de 500 euros. Iso é morrer de fame», concluye José Antonio con vehemencia.
Él se fue con 18 años. «Aqueles si que eran contratos serios. Con vinte anos de traballo podías ter un soldo de 6.000 francos suízos. ¿Quen vai querer volver antes de tempo?». No sin cierta nostalgia, recuerda elogiosamente lo avanzada que es aquella sociedad (urbanidad, organización) y el mucho camino que queda por recorrer en Galicia.
Tras decenios de trabajo en una fábrica, Herminio, de Ares, dejó en Berna a parte de su familia, que llega de visita en el bus. Ya con la pensión garantizada volvió para quedarse en la apacible vida de Mugardos. Pero no olvida aquellos comienzos difíciles solo -antes de llevarse a Suiza a su mujer- en aquel barracón helado, como único español, y en el que había que salir al exterior para «lavarse polas mañás nunha pía de cemento».