«Con la situación que vivimos, no sabemos lo que va a pasar mañana», afirma este dirigente de la comunidad gallega en el país sudamericano
12 may 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Según un reciente estudio, por las venas de cinco millones de argentinos corre algo de sangre gallega. Es la historia de la diáspora, un árbol generacional que se va ramificando y que muchas veces mantiene vivo el espíritu de la tierra original. Es el caso de Santos Gastón Juan, nieto de una pontevedresa, que no posee ciudadanía española pero que preside la Sociedade Galega de Arantei, Vilamarín e A Peroxa de Buenos Aires, uno de los 95 centros gallegos de Argentina. Además, es el delegado por Argentina en el Consello da Galeguidade. Como miembro activo de la comunidad y como joven entiende que los gallegos afrontan el reto de hacerse valer ante una situación adversa como la que vive el país por el alza de los precios e insiste en querer cambiar la colectividad para que Galicia se nutra de la diáspora, y no solo al revés.
-¿Cuál es la radiografía del joven descendiente de gallegos ante la situación actual en Argentina?
-Es la de un chico que estudia y trabaja a la vez, y que va el fin de semana al supermercado y se encuentra con aumentos semana a semana. Sí, tenemos universidad publica, pero hay que pagar apuntes, libros y, sobre todo, el transporte. Para una economía de un joven quizá no es muchísimo, pero si además tienes familia a cargo, como sucede, se complica.
-¿Cómo se las arreglan entonces?
-Sobre todo con el pluriempleo. Se tiene un trabajo fijo asalariado y después algo en negro para completar. Pero, en cualquier caso, es una realidad muy diferente a la de nuestros padres y abuelos, que llegaron, muchos de ellos prosperaron, pero las sucesivas crisis los fueron golpeando hasta el momento actual.
-¿El gallego descendiente joven o de mediana edad está igual, peor o mejor que el resto de los argentinos?
-Creo que algo mejor porque nosotros estamos todos formados, no esquivamos el trabajo, va en nuestra cultura, aprendida de los mayores, que dice que la única manera de llevar un plato de comida a casa es trabajando todo lo que haga falta. Lo que está claro es que los jóvenes aquí no podemos aspirar a mejorar. No se puede ahorrar ni planificar una vida de futuro. Con la situación que vivimos no sabemos lo que va a pasar mañana. Aquí se va tapando el agujero de la carretera pero no se hace una nueva. Y la tradición del país hace que no sepas lo que va a pasar mañana, a nivel económico, político o social.
-En el 2001 hubo una emigración de retorno de los descendientes. ¿Puede abrirse ahora un nuevo flujo?
-No lo creo, porque la realidad económica no es la peor. Hay trabajo, precario o no, pero hay trabajo, no como en el 2001. Y también es cierto que la idea de España como paraíso en el 2001 también ha cambiado. Para que se marche alguien se lo va a pensar mucho
-¿Qué opinan los descendientes de gallegos cuando se dice que los emigrantes solo saben pedir?
-Los jóvenes de la colectividad no pensamos en pedir, sino todo lo contrario. Esa deuda histórica de la que mucha gente habla aquí podrá existir con mis abuelos o mis padres, pero ya no conmigo. Nosotros queremos seguir siendo Galicia, viviendo fuera de ella, pero nuestro desafío es cambiar los objetivos de las entidades, para que sean representativas e integradoras. Tenemos que pensar qué es lo que Galicia necesita de nosotros y no lo que nosotros necesitamos de Galicia. Eso debe estar ya superado.
-Como dirigente, ¿cómo se implica la colectividad con los gallegos en riesgo?
-Cada vez más. Desde hace un par de años tenemos una herramienta mediante los programas asistenciales de la Xunta de Galicia para los centros, con los que brindamos ayuda a los socios. Tras lo del 2001 hicimos un comité de ayuda al emigrante, y ahí era mucho más grave. Ahora la realidad cambió y las necesidades son otras. Pongo un ejemplo concreto de la sociedad que presido: hace poco hablaba con un socio que falta desde hace meses a las actividades. Le pregunté y me contestó que no le llegaba para el autobús, así de real. Y en esas cosas podemos echar una mano, aunque no sea la solución total a los problemas.