Ya nadie se cree el propósito de enmienda de Royston Drenthe tras protagonizar el último escándalo de una serie que comenzó cuando era un chaval y jugaba en Holanda
03 nov 2010 . Actualizado a las 03:44 h.Alguien dijo de él a su llegada a España que era uno de los tres mejores futbolistas jóvenes del mundo en su puesto. En supuesto caso, habría querido decir el padre de tal aseveración, porque Royston Drenthe (Róterdam, 1987) no ha demostrado todavía madurez para el deporte profesional. El holandés vive como juega, demasiado acelerado. El problema es cuando se pasa de frenada, como en la madrugada del lunes, cuando fue denunciado por la policía por conducir a 160 kilómetros por hora por las calles de Alicante y haberse saltado varios semáforos en rojo.
Ayer pidió públicas disculpas («lo siento») e intentó el atenuante («era una urgencia médica»). De hecho, podría haber sido un siniestro de gravedad, y por ello la Dirección General de Tráfico establece sanciones para su infracción que rondan los ochocientos euros de multa, cuatro puntos y la retirada del permiso de conducción durante varios meses.
Nadie se cree ya el propósito de enmienda del holandés, reiterativo en su indisciplina. Aquella perla del Feyenoord de trece millones y medio de euros continúa sin pulir. Vestirlo de blanco no contribuyó a su estabilidad emocional, y la noche madrileña hizo su trabajo de cantería cerebral.
Royston atribuyó su pilotaje temerario por Alicante a la «adrenalina» con la que se llena en los partidos (en esta ocasión, contra el Málaga), que le impide dormir, y que ya le jugó una mala pasada a finales de agosto del 2007. Por la calle madrileña de Alcalá, sobre las cuatro de la madrugada, un volantazo traidor aconsejado por el navegador de su coche, le envió directamente contra una patrulla de la policía.
El Real Madrid cocinó una sanción ejemplar, pero mucho peor fue la que le dedicaba el Santiago Bernabéu en cada partido: cada gesto suyo desataba las carcajadas de su propia parroquia. El Malaguita , como le conocía el vestuario madridista, también recibió un tirón de orejas del presidente de honor. Don Alfredo le cascó: «Debería cortarse el pelo y quitarse los pendientes». No lo hizo.
Pero la cosa fue a más y en el Real Madrid llegaron a sopesar la contratación del psicólogo de Lewis Hamilton, Kerry Spackman, para enderezar el rumbo del futbolista neerlandés.
Royston, que siente a Surinam en el alma, pero en su piel lleva tatuado el prefijo telefónico de su ciudad natal en imitación a su padre, estibador, solicitó un poco de comprensión, argumentando un pasado complicado, una niñez problemática en el conflictivo barrio Róterdam Oost, donde se crió en ambientes raperos del grupo Demolition Crew (Equipo de Demolición). El Feyenoord que lo catapultó lo había expulsado al Excelsior en primera instancia por mal comportamiento, incapaz de hacerlo entrar en vereda.
Ya en España, constantemente le recuerdan cuando participó en un reality show para defender a una de las participantes, amiga suya, pero nadie guarda en su memoria ya lo que dijo en su presentación como jugador madridista: «No vine a hacer bromitas».