La gran cantidad de lluvia caída en los últimos meses ha deteriorado los balones con los que juega el Pontevedra. Víctor Bravo asegura que eso es un gran hándicap para el equipo
27 feb 2010 . Actualizado a las 13:16 h.La cotización de Víctor Bravo ha crecido en los últimos partidos dentro y fuera de los terrenos de juego porque cada vez se habla más de él en los ambientes futboleros. El futbolista zaragozano, fijo en los esquemas de Roberto Aguirre, también se está convirtiendo en fundamental para Pablo Alfaro.
En el encuentro con el Éibar pasó desapercibido durante muchos minutos, pero tiró de su calidad individual para desatascar el entuerto. Su centro lo convirtió en petróleo otro genio, Charles, para lograr un gol que puede valer su peso en oro. Hasta entonces había llamado la atención su insistencia en pedir cambio de balón cada vez que tenía que efectuar el saque de una acción de estrategia.
Desde la grada se percibía como un síntoma de nerviosismo por el 0-0 que reflejaba el electrónico, pero la explicación era que las pelotas pesaban demasiado y complicaba la precisión del envío. Al parecer, eso no era algo nuevo, porque los esféricos con los que juega y entrena el plantel se han dañado a causa de la gran cantidad de agua caída en los últimos meses. La consecuencia es que absorben demasiada agua y los jugadores de mayor calidad del Pontevedra lo notan.
«Estuve pesado con ese aspecto porque aquí los balones, al igual que el campo, son un desastre. Llevamos con las mismas pelotas desde principio de año, jugando y entrenando con ellas, con lo que eso conlleva. El terreno de juego no está muy tupido de hierba y eso hace que se rasquen mucho y se empapen porque el cuero chupa mucha agua», explica Víctor Bravo.
«Por eso cogía el balón con las manos cada vez que tenía que sacar una estrategia. Comprobaba cuanto pesada y optaba por pedir otro para ver si tenía la suerte de que me mandaran uno que estuviera en las correctas condiciones de peso», añade.
Además, quiere dejar claro que no se trata de una cuestión de meticulosidad. «No se trata de manías. El peso de una pelota influye en muchas cosas. Por ejemplo, en el partido que fuimos a jugar a Lugo noté rápidamente que los balones eran mucho mejores. Le dije a mis compañeros que los tocaran y reconocieron que tenía razón», sostiene.
En una línea similar apunta que «el tacto es diferente. No hace falta pegarle tan fuerte para que salga tan veloz. La precisión también te la marca el peso de la pelota e influye mucho en el juego de los jugadores. Yo lo noto más porque soy el encargado de lanzar las faltas y sacar los córneres. Se me mide un poco el rasero por la estrategia y este año quizá no estoy del todo fino en el saque de las faltas, aunque también se me puede echar un poco de culpa a mí».
Víctor Bravo reconoce que nunca le había ocurrido algo similar, pero si otras cuestiones que perjudican el juego de los futbolistas. «Estas cosas son el pan de cada día en Segunda B, aunque yo no me he encontrado con estos problemas de los balones porque he jugado en lugares en los que no llovía tanto y, por lo tanto, no chupaban tanta agua ni estaban así de pesados. Con lo que ha llovido este año, lo normal es que algunas pelotas estén medio podridas por dentro. El cuero no ha parado de chupar y el peso no es el que deberían tener», destaca.
Pero el extremo también se refirió al importante partido de mañana con el Barakaldo. «Va a ser un partido a cara de perro en el que los dos equipos vamos a luchar a muerte, cada uno con sus respectivas armas. Será un encuentro parecido al del Éibar. Ellos lanzarán balones hacia adelante y los delanteros los dejarán de cara. Nuestro forma de jugar dependerá de como esté el campo. Tendremos que adaptarnos y optar por un fútbol más directo si está en malas condiciones», advierte.