El suizo consigue en Melbourne su decimosexto título del Grand Slam al superar con autoridad en tres sets a un Murray desbordado
01 feb 2010 . Actualizado a las 10:36 h.Tan grande es la figura de Roger Federer que, cuando se encuentra inspirado, achica al más fiero de sus rivales. El suizo ganó ayer su cuarto título del Open de Australia como quien cumple con un ritual, dejando a Andy Murray como un simple figurante, como el oponente necesario para escenificar su nuevo logro. Durante toda la final desplegó su magia el fenómeno de Basilea. Pero, venció con tal autoridad, que solo en el tercer set, cuando encontró algo de resistencia en el rival, el encuentro ganó en verdadera emoción. Fue entonces, bajo cierta presión, cuando se agrandó otra vez la dimensión de Federer, audaz para salir de una situación comprometida, al levantar las cinco pelotas de set que llegó a tener el escocés en el tie break antes de caer por 6-3, 6-4 y 7-6 (11).
Así se escribió la historia del decimosexto título del Grand Slam de Federer. En busca del primer triunfo de un jugador británico en un major desde 1936, Murray, el jugadorazo que fulminó a Rafa Nadal en cuartos, el mismo que frenó la progresión de Marin Cilic en semifinales, se convirtió en un juguete en manos del suizo. Tan bien estuvo Federer, que dio la sensación de que el escocés ni siquiera tenía esta vez un plan para desarbolarlo. Se limitó a correr, devolver bolas y esperar una oportunidad. Pero el suizo, agresivo, dominante, demostrando su jerarquía, pocas veces le dejó tomar la iniciativa y aderezó su victoria con voleas, dejadas, recursos y más recursos que le convierten en un tenista diferente.
Durante los dos primeros sets, Federer no llegó a verse nunca con un break en contra y por detrás en el marcador. Con la final bajo control, Murray se buscaba y no se encontraba. Abrió la tercera manga golpeando con su raqueta contra el suelo tras desperdiciar la oportunidad de adelantarse con dos juegos de ventaja. Perdía sin plantar siquiera batalla. Su momento llegó poco después, cuando rompió el servicio del suizo en el sexto juego. Gritó por fin Murray, como acomplejado hasta entonces por la superioridad del suizo, se animó con garra y pidió la complicidad del público que llenaba el Rod Laver Arena. Jugó con más agresividad por fin. No bastó.
Como si nada, Federer salió del apuro, volvió vivo de un 5-2 en contra y forzó el tie break . Cinco bolas de set llegó a tener Murray en el desempate, y se le escurrieron entre aciertos del suizo -al que nunca se le encogió el brazo- y errores propios. Doce meses antes, lloraba desconsolado por su derrota ante Nadal. Ahora, suma y sigue.