Un fraile de Malpica, Juan Antonio García Riobó, ofició la primera misa en el territorio norteamericano hace 230 años
23 oct 2009 . Actualizado a las 13:02 h.La Costa da Morte tiene mucho más que ver con Alaska de lo que se cree. En realidad, poco se cree, porque poco se conoce. Un poco sí, por la parte de Corme. De allí era el gran navegante cormelán Antonio Mourelle de la Rúa, quien dio nombre, por ejemplo, a las Islas Maurelle, en las islas del Príncipe de Gales, más al norte de la Isla Maurelle, en la Columbia Británica de Canadá.
De Juan Antonio García Riobó, natural de Malpica, a quien se cita en numerosos foros como Juan Riobó o padre Riobó, ya se sabe un poco menos. Sin embargo, gracias al tesón de investigadores como Adrián Abella Chouciño, en breve habrá más luz. Al menos, la misma que su documentada historia de otro paisano, Pedro Benito Cambón Romero, franciscano como Riobó y uno de los personajes claves en la fundación de San Francisco. Riobó subió un poco más al norte, compartiendo alguna vivencia con Mourelle y encontrándose, en ciertas ocasiones, con el propio Cambón.
En Galicia no se conoce mucho de su obra, pero en Alaska, sí. Especialmente este año. A principios del 2009 se celebró el 230 aniversario de la primera misa católica celebrada en el territorio que hoy es Alaska, además del prime bautizo de una indígena. Tal honor correspondió al malpicán (el historiador larachés Lino Gómez Canedo le atribuye este origen), un 13 de mayo de 1779, día de la Ascensión, tal y como el propio franciscano recoge en su diario de viaje. Un extracto puede verse en el sitio de Google que, bajo la denominación de Selaguia, Abella Chouciño tiene abierto en la web.
La misa se celebró en la bahía de Bucarelli, cerca de donde hoy está el pueblo de Craig, en las islas del Príncipe de Gales. La Agencia Católica de Noticias realizó un interesante despliegue para conmemorar la efeméride, aportando la narración de la vicisitudes de Riobó y sus compañeros, y en general de las expediciones españoles de la época. En las páginas sobre la historia de Alaska, con un mínimo dominio del inglés, es posible sumergirse en un mundo de aventuras y apostolado ya desaparecido.
Por ejemplo, la reacción de los «sesenta nativos» que atendieron la misa del malpicán, las cruces plantadas en el lugar, la colocación de una de ellas en una montaña próxima, la estancia en el lugar de los españoles durante 58 días...
Y, también, las peripecias vitales del padre Riobó. Para saber más, habrá que esperar al trabajo siempre meticuloso de Adrián Abella.