Unas 15.000 hectáreas de monte de la Costa da Morte se encuentran prácticamente abandonadas. Las plantaciones arrasadas por los últimos incendios han quedado en la mayor parte de los casos incultas. El principal motivo es que la Xunta no subvenciona la repoblación de montes quemados. Otra razón es que la mayor parte de los pinos que ardieron tenían unos 30 años, por lo que a los propietarios del terreno no les han quedado ganas ni dinero para volver a invertir en la producción de madera.
Manuel Maceiras, propietario de una de las principales empresas forestales de la zona, asegura que a pesar de ello la cantidad de monte no se ha reducido sino que ha cambiado de ubicación, por lo que no hay que temer una reducción en la producción.
Sin embargo, el mantenimiento de los pinos quemados en las fincas, lo que sucede en muchos casos, supone un grave peligro no solo para futuras plantaciones, sino también para los montes vecinos. El problema es que la madera podrida facilita la propagación de la armillaria melle a, un hongo de color miel que infesta el suelo y entra por las raíces. Ante la presencia de esta plaga no hay cura oficial, pero el empresario agrícola Paco Barreira asegura tener un producto israelí que da buenos resultados. En todo caso, matar el hongo es caro, por lo que se recomienda aislarlo con cal en cuanto se detecte, aunque eso solo vale en los primeros momentos.
Huracán
En estos terrenos, el huracán Klaus empeoró la situación, aunque la Costa da Morte no fue la zona más afectada. A pesar de ellos, en muchos montes hay abandonadas ramas o pinos tronchados que agravan el daño causado por los restos de los fuegos.
Otro problema que dificulta el desarrollo de la riqueza forestal es la enorme fragmentación de los montes. En las oficinas dependientes de Medio Rural en Carballo y Vimianzo aseguran que las peticiones de ayudas para frondosas caducifolias y primeras plantaciones en terreno no agrícola han sido muy escasas.
El motivo es que muy pocos propietarios son capaces de reunir la superficie mínima necesaria. Por eso, se realizan agrupaciones. Manuel Maceiras asegura que su empresa presenta cada año un millar de hectáreas de montes agrupados, de entre 1 y 20 propietarios. En la última orden, lo mínimo para pedir subvenciones para plantar pinos, la especie más habitual en la zona, era de tres hectáreas, una extensión que supera la media de los montes de la zona, pero las demandas de la Xunta varían en todas las convocatorias. Para las frondosas caducifolias solo es precisa media hectárea, por lo que se ha incrementado el número de personas interesadas en estas especies aunque lo habitual es que elijan variedades foráneas, que están más preparadas para combatir determinadas enfermedades como la tinta en el castaño, lo que hará que dentro de unos años apenas se encuentren los procedentes de semillas del país. Ocurre prácticamente lo mismo con el roble, que en su mayor parte es de origen americano.