Dos años y medio esperando un avión y sin cobrar el retraso

VIGO CIUDAD

José Antonio Vicuña iba a viajar hasta Vigo con Air Madrid el día que quebró. El juez reconoce su derecho a recibir el dinero

09 abr 2009 . Actualizado a las 10:41 h.

Por lo menos, José Antonio Vicuña podrá decir que le dieron la razón. Y no es poco. Su historia es la de las más de 60.000 personas que se quedaron con la boca abierta y un billete inútil en la mano el día que quebró Air Madrid. Él, mexicano, se dirigía a Vigo para visitar a los amigos y a la familia que tiene en la ciudad y en Ribadavia. El avión no despegó, pero los mil euros que se había gastado en el billete sí volaron.

Fue a finales del 2006. Había viajado en autobús de Veracruz a Toluca, para coger el avión a Madrid y después a Galicia, una ruta que conoce bien. «La compañía tronó el día que iba a volar», explica. Y como tronó , el se quedó tirado en el aeropuerto con un relámpago de sorpresa y rabia. Ahora, más de dos años y medio después, José Antonio Vicuña no se ha olvidado de que pagó mil euros por viajar en un avión al que no se llegó a subir. La Justicia parece que tampoco se ha olvidado, porque en su último viaje a Vigo y Ribadavia, Vicuña hizo escala en los juzgados de Madrid; allí le esperaba un auto que reconoce su derecho a recibir los 1.028,02 euros que pagó por su billete.

Otra cosa es que cobre. «Me dijeron que a ver si me pagan en año y medio...», dice. Por intentarlo, no se pierde nada. Ni siquiera aunque Air Madrid todavía no haya comenzado a pagar a ninguno de los afectados. Y eso a pesar de que, según reconoce, eligió Air Madrid porque tenía confianza en las compañías españolas.

De momento, el profesor universitario José Antonio Vicuña sigue viajando a Galicia «una o dos veces al año». Es en esas ocasiones cuando puede llamar a las puertas de la Justicia española para preguntar por lo suyo.

Él no tenía demasiada confianza al principio y, de momento, ya le han dado la razón. Fue en su última visita. Aunque de ahí a ver el dinero hay un trecho, pero el no pierde la esperanza. Otra cosa es su gente, más escéptica con esto de las reclamaciones: «En mi familia me dicen que soy un parvo», ríe.