Protagonista en La Romareda, desaparecido en el Coliseo

X.R. Castro

VIGO

18 ene 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Luis Garcia (Toledo, 1979) llega a Vigo avalado por una trayectoria ascendente, pero también por el estancamiento que ha sufrido su carrera en las dos últimas temporadas.

Casi desde el primer día estaba escrito que Luis García sería portero. Primero le tocó defender una meta imaginaria en un parque de su Toledo natal para interceptar los penaltis de su hermano Nano. Después se enroló en el Abetof al tiempo que compaginaba con el fútbol sala. A los 12 años recibió la llamada del Atlético de Madrid, equipo que le formó y en donde terminó jugando en su filial. Incluso vivió una convocatoria con el primer equipo de la mano de Claudio Ranieri. Dos conjuntos de Segunda como el Xerez y el Numancia elevaron su cotización en el mercado. De hecho, en Soria fue considerado como uno de los artífices del ascenso del conjunto de Los Pajaritos. En la categoría de plata llegó a jugar 90 partidos encajando 67 goles.

En Zaragoza siguió aumentando su cotización al disputar en la única temporada que estuvo en La Romareda 37 partidos (se perdió únicamente la cita con el Barcelona por una roja). Fue su momento culminante pese que un sector de la grada maña se la tenía jurada.

Por eso salió de La Romareda al año siguiente rumbo a Getafe, con quien disputó una decena de encuentros menos y las dos últimas campañas han sido las más duras de su carrera. Tres partidos el curso anterior, uno de ellos el de Balaídos ante el Celta, y en blanco esta campaña al haberse quedado sin ficha en el cuadro de Michael Laudrup.

Para Luis García lo más importante de un portero es su colocación. Así lo ha manifestado en más de una ocasión. Lo más difícil, la estrategia y el juego aéreo.

Su referencia en la portería siempre ha sido Molina, que desde su prisma representa la sobriedad, odia los adornos florales, y del que destaca su juego de pies. A nivel internacional el italiano Buffon y el checo Cech merecen toda su consideración.

García Conde no se considera un portero supersticioso, pero cada vez que sale al campo lo primero que hace es tocar con sus guantes el larguero.