Os Caneiros no pudo con el botellón

Nacho Mirás BETANZOS/LA VOZ.

SOCIEDAD

Miles de personas interpretan de maneras muy distintas una de las convocatorias más sonadas del verano. Los betanceiros se esfuerzan para que los excesos etílicos no empañen la fiesta.

19 ago 2010 . Actualizado a las 14:14 h.

Si nadie lo remedia, el cochambroso botellón que se celebra cada año por estas fechas en el campo de Os Caneiros, Mandeo arriba, acabará imponiéndose a una de las convocatorias más entrañables del verano gallego; es posible que ya lo haya hecho, y eso preocupa, y no poco, a quienes viven, no beben, Betanzos. «Antes era unha merenda; agora é unha alcoholemia», dice José Castro, con muchos Caneiros a sus espaldas.

No faltan, sin embargo, quienes se esfuerzan por mantener a toda costa la esencia de lo que un día fue Os Caneiros, esas comidas en embarcaciones engalanadas que subían el Mandeo hacia el campón de la fiesta, (por cierto, en Coirós), superaban la curva do espello -o de la Gloria, por la dueña de un terreno que hay por allí- y protagonizaban una verdadera romería a bordo.

Pero la imagen de cientos de jóvenes borrachos como cubas a las cinco de la tarde hace daño. «¡Dan pena!», dice contrariado otro vecino de la localidad, que prefiere quedarse río abajo, donde todo está más limpio.

A las 17.00 horas, la marea está baja en el puerto de Betanzos y aún bajará más. En las aguas del río hay botellas que flotan sin más mensaje en su interior que «alguien bebió de aquí».

En las dos orillas, familias y grupos de amigos celebran como siempre se ha hecho, con pantagruélicas comidas y dilatadas sobremesas que se hacen en cenadores, en garajes, en tenderetes adornados para la ocasión. Y, por supuesto, en barco.

El patrón del Diana Cazadora , el barco del Concello, aguarda con la mesa puesta a que le den la salida con la alcaldesa y un par de conselleiros a bordo.

El puerto se va llenando de chavalada que deja claras sus intenciones y que lleva puesto el kit del botellonero de Os Caneiros, y que es el mismo en Betanzos que en cualquier otro lugar de España: la bolsa de plástico del súper, los refrescos de dos litros, el ron o el güisqui para mezclar, cartones de vino Eroski Basic -puro reserva- y pistolas o sulfatadoras para llenar con agua o con vino y pringar a todo el que se ponga delante, objetivo único de esta insalubre orgía de suciedad. «E, despois, as nais dirán que os seus fillos non beben», se oye decir.

Dejando a un lado a los de la fiesta paralela, los que siguen creyendo en Os Caneiros se han trabajado la decoración de las embarcaciones con mejor o peor resultado, pero en todas se nota es esfuerzo de quienes llevan esperando un año por la primera jira. Llaman la atención los nombres de los barcos: el Alerta Segundo -que quiere decir que hubo un Alerta Primero-; el Tiburón Ocho. -¿hubo otros siete?-... Lo último que vemos de tierra es un cartel de Casa Maruja, en Coirós, que alquila habitaciones.

Ya a bordo de la lancha de Protección Civil, definitivamente, el agua del Mandeo es marrón; difícil pues componerle un vals como el que tiene el Danubio.

La Charanga NBA va montada en una fabulosa embarcación de dos pisos, mientras en el Made in Betanzos cuecen pulpo a bordo. Y, a babor, una barca de nombre poco navegable: Sierra de Guadarrama. Los de La Peregrina cantan a voz en grito: «¡Ese toro enamorado de la lunaaa!». Es la fiesta de verdad; lo otro es una orgía prescindible de tinto de cartón; falta Humphrey Bogart pilotando La Reina de África .