Ferrol, la ciudad donde la Pasión tiene un carácter más multitudinario, espera superar los 100.000 visitantes
28 mar 2010 . Actualizado a las 03:00 h.La Semana Santa del 2010, la del Año Santo Xacobeo, espera ser la que atraiga a Galicia el mayor número de visitantes de su historia. Y de que así será, se muestran absolutamente convencidos desde los propios cofrades hasta alcaldes como el de Ferrol, Vicente Irisarri, cuyo municipio, escenario de una de las más multitudinarias semanas de Pasión de todo el país, se prepara para superar estos días, y con cierta holgura si el sol acompaña, «os cen mil visitantes». Al creciente (y para muchos inesperado) auge de la Semana Santa gallega se une, en este 2010, la circunstancia de que el Año Santo hace de Compostela, y por tanto de Galicia, una de las grandes capitales de la espiritualidad del mundo. Una Galicia cuya Semana Santa ofrece a fieles y visitantes los casi infinitos rostros de la piedad popular. Permítasenos citar, y son solo algunos ejemplos, los miles de penitentes que desfilan por las calles del Ferrol de la Ilustración, el eco medieval de las conmovedoras procesiones de Viveiro y la imponente imagen de ese gran valedor de los peregrinos que es el Santo Cristo da Barba Dourada, venerado en Fisterra, en Santa María das Areas...
La cercanía de Dios
La historiadora, investigadora y profesora Ana Martín, una de las grandes estudiosas de la Semana Santa gallega, explica el creciente auge que viven las procesiones y los actos litúrgicos de la Pasión recordando que «en tiempos de crisis todos solemos tratar de acercarnos más a Dios, del que cuando las cosas nos van bien nos acordamos mucho menos». Pero al mismo tiempo también apunta que, más allá del universo religioso, no puede olvidarse que la vistosidad de los desfiles procesionales son, cada vez más, un «espectáculo difícil de olvidar». Citando una frase de su padre, el imaginero Alfredo Martín, la investigadora apunta que «toda procesión es un museo al aire libre»; pero no un museo cualquiera, añade, sino una manifestación cultural en la que las piezas escultóricas que para procesionar son sacadas de las iglesias se viene a añadir toda la vistosidad del «arte efímero», pero arte al fin, que de la mano de los penitentes, con sus espectaculares ropajes, impresiona a quien lo contempla.