Miles de personas desembarcaron en la villa arousana para presenciar el abordaje vikingo a las Torres del Oeste, una cita a la que no faltaron José Blanco ni Pachi Vázquez
03 ago 2009 . Actualizado a las 02:10 h.«¡Barco vikingo a matar!». Los ánimos de los valientes guerreros que se preparaban ayer para atacar las Torres do Oeste, en Catoira, comenzaron a caldearse a primera hora de la mañana. Las ansias de batalla eran grandes y las prisas por embarcar también. «Vouvos deixar en terra, esperade a que vos nombre», recriminaba a los presentes Miguel Ángel Arriaga, presidente del Ateneo Vikingo. Las caras de algunos combatientes no simbolizaban concentración ante la escaramuza, cuya táctica bélica no se molestaron en analizar para realizar el abordaje. Lo importante era estar, un año más, a bordo del Ursulá Galeón, un areeiro camuflado de drakkar que no tenía nada que envidiar a las auténticas embarcaciones vikingas. La noche había sido larga, pero las ganas de fiesta todavía perduraban. Lo que sí estaba claro era que ninguno faltaría a la cita. «¿E José, onde anda José?», preguntó Arriaga. «José vai facer o reparto e dixo que collía unha ghamela e que xa aparecería pola ría», le contestó uno de los veteranos.
Cerca de ochenta personas iniciaron una nueva conquista de las Torres do Oeste, y ya van 49. Las guerreras vikingas también acompañaron a los valerosos bárbaros en esta hazaña. Lo hicieron para darles ánimos, aunque demostraron que en el campo de batalla pueden ser incluso más temibles que los varones.
Durante la travesía por la ría de Arousa, donde las aguas del Ulla se mezclan con el mar, los fornidos guerreros iban calentando motores. Cada uno con lo que tenía a mano, algo de comer y vino. Eso que no falte.
Al grito de «¡Úrsula, Úrsula, Úrsula!» comenzaron los cánticos de guerra, aunque lo hicieron acompañados de la Rianxeira o del ya clásico Miudiño, por eso de que la colonización crea flujos de influencia. «¡Ur-su-lá!, que non ¡Úrsula!», corrige José, Josechu para los amigos. «Era unha valquiria vikinga que acompañaba aos caídos en combate á valhaja, que é o ceo. Estiven alí pero non me quixeron e mandáronme de volta, déronme unha seghunda oportunidade», apuntó el hombre.
Pero el capitán, Ramón Conde, dio un toque de atención. «A ver, non quero chistes cando falo -interrumpió- o que digo eu neste barco é sagrado e a seguridade é impepinable. Se eu non bebín viño tampouco vós». El silencio se hace en el drakkar, aunque uno de los vikingos bromea en voz baja: «Xa estamos co discurso de todos os anos», y alguna risilla se escapa. Pero cuando el capitán termina el discurso, todos reconocen que «é verdade o que di, debemos ter sentidiño», asegura uno de los participantes.
Las Torres do Oeste ya se divisan a lo lejos y el espíritu de los guerreros se altera. Los cánticos se suceden y las espadas comienzan a cruzarse con el metal del barco para atemorizar una vez más a los miles de catoirenses y forasteros, entre ellos el ministro de Fomento, José Blanco, y el secretario general del PSdeG, Pachi Vázquez, que esperan en la orilla. Pero un nuevo obstáculo les entorpece el camino. El pueblo decidió frenar el abordaje: «Dalle home, dalle e que se aparten», increpa Conde a Rial, el patrón del barco. Numerosas embarcaciones de recreo interrumpen el atraque del drakkar. Atemorizados, los curiosos huyen despavoridos y los vikingos nórdicos logran saltar a tierra y hacerse con las torres. Un año más, ¡por Thor!.