El vigués Quique González sufre síndrome de cautiverio. Desde hace un año lucha por volver a ser independiente.
18 dic 2011 . Actualizado a las 06:00 h.El día en que su vida iba a cambiar de golpe, José Enrique González llegó al hospital andando. Los médicos llevarían un catéter desde su ingle hasta su cerebro. Colocarían una pequeña espiral metálica (stent) para cubrir el enorme aneurisma que estaba alojado en su tronco encefálico. Serían un par de horas y luego la recuperación. Pero tardó una semana en despertarse. En la duermevela, mientras lograba abandonar el coma, fue cobrando consciencia de que no podía hablar. No podía moverse. Apenas sí era capaz de pestañear. Era el 28 de diciembre del 2010. «Fue mi inocentada», rememora.
¿Qué pensó? ¿Qué pasa por la cabeza de un joven de 31 años, con trabajo, independizado e independiente, con ganas de vivir, que se despierta, de repente, presa del síndrome de cautiverio? ¿Qué gritaría en ese momento si tuviera una última oportunidad, unos minutos de prórroga? «Me quería morir», zanja. Y no es un decir. En aquellos primeros días, trataba de quitarse la sonda nasogástrica. Protestaba. Gritaba sin voz. Todos los días pedía que lo matasen. Se lo reclamaba a Tere, su madre, y a todos sus amigos. «Mátame, por favor». Se comunicaba deletreando: alguien a su lado iba cantando todas las letras del abecedario y cuando llegaba a la que él buscaba, sacaba la lengua. «Empezaba a hablar contigo y te decía ?Q-U-I-E-R-O-Q-U-E-M-E?. ?Quique, no vas a decir eso, ¿verdad??. Él negaba, y seguía: ?M-A-T-E-I...?. ?¡Para, para!?». Se marchaban del hospital hechos polvo.
Un mes y medio antes un joven se ducha en una habitación de Barcelona y se empieza a marear. Asustado, fuera de sí, consigue abandonar la ducha, vestirse a duras penas y salir del baño, con la camisa empapada por el sudor y los ojos fuera de órbita. Intenta hablar, pero solo farfulla. «Quique, tú tienes un accidente cerebrovascular», le grita su amiga Marcela. En el hospital le hacen una analítica y lo despachan alegando que solo es una lipotimia. Pero en Vigo hay una madre asustada. Ocho años atrás, el hermano pequeño de Quique moría por un tumor cerebral. Tere se teme lo peor. Un tac revela el enorme y letal aneurisma que, calculan los médicos, lleva incrustado quince años en su arteria basilar. Pocos días después sufre otro ataque. Hace falta operar.
Pasa la Navidad en casa y vuelve al hospital. «Parecía que la operación había salido bien», dice el neurorradiólogo Óscar Vila, que lo intervino. Pero al poco tiempo de terminar descubrieron que una arteria perforante tan fina que no se veía en una angiografía habría sufrido una isquemia. Un pequeño infarto. Dejó sin riego una zona esencial del tronco encefálico. «Nunca he visto un caso con tan mala suerte», cuenta. Sus neuronas quedaron bien y sus músculos también, pero la conexión murió. El diagnóstico fue síndrome de cautiverio parcial: en principio, solo puede usar la mitad derecha de su cuerpo.
«Quiero que me matéis». Pero dejó de decirlo. Un día, todavía en el hospital, reventó a reír. Decidió que ya llegaba. Sus amigos lo califican como un tipo con capacidad de liderazgo, conciliador en extremo -«Don Suiza», dicen- y muy positivo. Sin darse cuenta, empezó una batalla silenciosa. Una batalla por salir de sí mismo. Quique, el viejo Quique, el vitalista, el que había estado alojado toda la vida en aquel cuerpo, decidió que ya era hora de deshacerse del nuevo Quique, el que se veía encarcelado. Decidió luchar por su independencia.
Lágrimas
«Yo nunca he conocido a nadie como Enrique, tan buena persona; lo hace todo desinteresadamente», cuenta Alfonso Rial, su compañero de trabajo más íntimo en el restaurante de El Corte Inglés. Quique visitó la cocina hace unas semanas. Alfonso no pudo reprimir las lágrimas y se fue. Aún reúne fuerzas para ir a visitarlo. «¡Tenía unas ganas de vivir...!», recuerda.
¿Cuáles eran sus objetivos antes y cuáles son ahora? «Antes me preocupaba por lo típico: que me renovasen, y esas cosas. Ahora lo más importante para mí es ser independiente», dice, señalando cada letra con su dedo en un cartel. Porque sigue sin poder hablar, aunque cuando sus amigos están cerca hay un resorte dentro de él que se activa y de repente es capaz de, al menos, susurrar. Y entonces uno escucha algo parecido a lo que era su voz. A lo que será. En medio de la conversación, su brazo izquierdo se cae del reposabrazos de la silla. Él rechaza la ayuda, cierra los ojos, aprieta los dientes y su cara muestra que hace un esfuerzo titánico para devolver el brazo a su sitio. Bien, ya está.
Lo aprendió en Badalona. Cuando por fin se concienció de que mejorar dependía de él, su madre -y compañera y cuidadora y sufridora...- se lo llevó al Instituto Guttmann, un hospital de neurorrehabilitación donde permaneció seis meses. Entonces consiguió lo insospechado. Con seis horas de rehabilitación al día y un trabajo inmenso empezó a ganar la batalla. Cada vez se movía un poco más, cada vez era capaz de susurrar más alto, cada vez tenía más ganas. Cuando regresó a Vigo, quería, de nuevo, comerse el mundo.
Alquilaron un piso junto al Hospital Xeral. En su casa de Sanjurjo Badía no cabía la silla de ruedas. Gastan 500 euros al mes más las facturas. Suena el timbre. «Venga, Quique, abre. Así... Vamos, haz fuerza, haz fuerza», se oye. La puerta está a punto de abrirse. «¡Espera un momento!», le grita al visitante. «¡Vamos, Quique!». Entonces la puerta sí se abre. El visitante la empuja y aparece el joven exhausto, la frente mojada, y sonriente con la mano abierta a modo de saludo. Su madre, al lado, se quita las gafas.
Pero su ciudad es otra. Ahora tiene barreras. Cuando sale a cenar, sus amigos van unas horas antes al restaurante para ver si podrá acceder. En el cine le dicen que hay plazas para discapacitados, pero están en primera fila y no ve la pantalla. Le han puesto trabas en el autobús y la última fue que no pudo viajar en tren a Madrid porque no había plazas adaptadas. Se gastó 700 euros en taxi.
Volvió destrozado. Había acudido al Ceadac, un centro nacional de rehabilitación de personas con daño cerebral. Quería luchar. Darle la batalla al nuevo Quique. En Vigo solo tiene dos horas de rehabilitación a la semana y logopeda dos días. No le llegan. Escribió de su puño y letra una carta -tardó dos horas en redactar cuatro párrafos, pero la escribió él- a su rehabilitadora para que le acelerase la tramitación. Se marchó ilusionado el pasado lunes. Desde que volvió con la decepción en el cuerpo, cuenta su madre, no ha comido. Porque no solo lo rechazaron, le desanimaron: «Me dijeron que tengo un 80 % de posibilidades de quedarme en la silla de ruedas y por eso no me van a admitir». La batalla tiene bajones. Depresiones. Ganas de tirarlo todo por la borda. De instalarse en esa frase que a veces repite y que quema a los suyos: «Soy un hombre en un cuerpo de niño».
La independencia. Ese sueño. Los suyos le recuerdan cómo estaba hace unos meses y cómo está ahora. Entonces él abre los ojos, arquea las cejas y, muy despacio, gira la mano derecha hasta que su puño queda cerrado y su pulgar en alto. Y sonríe.