Valle-Inclán vaga por la torre de Bermúdez

Cristóbal Ramírez

SANTIAGO

Impecablemente reconstruida en el centro de A Pobra do Caramiñal, acoge un notable museo sobre el genial autor

01 abr 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

| Ya nada es lo que era... afortunadamente. Porque a principios de los años ochenta del siglo pasado este periódico denunció el ruinoso estado de la única obra renacentista y plateresca con peso específico en toda la comarca de O Barbanza: la torre de Bermúdez. Aunque en febrero del 76 había sido declarada monumento histórico-artístico de interés nacional, aquello era una pena, con la vegetación dominando el paisaje cercano.

Tres décadas después, entre esas paredes funciona a todo trapo y con un esperado éxito de público el museo dedicado a don Ramón María del Valle-Inclán. Y ya se sabe que tanto la ladera norte de la ría de Arousa como la sur se disputan el que el genial escritor haya venido al mundo en su suelo, como si tal cosa fuera relevante. Pero el caso es que de esa sana disputa han salido cosas interesantes, como la reconstrucción de esta torre.

En 1987 abría sus puertas el museo. ¿Uno más? En absoluto. No solo por la personalidad recordada y homenajeada, sino porque este sí ha sido puesto a disposición de la ciudadanía, tiene horario estable, se cuida, se mima, se controlan sus fondos, se intenta ampliarlos... En fin, nada que ver con esas iniciativas que se toman al calor de los fondos europeos y luego no hay ni quien abra la puerta.

Y a todo esto, ¿hablamos de un castillo? Por supuesto, pero levantado no en la época clásica -la románica y gótica-, sino después: cuando las fortalezas comenzaban a perder influencia y territorio ante lo que luego serían los pazos. Este ejemplar pobrense se levanta fuera del tiempo de las almenas y las saetas, y lo hace en el de la elegancia burguesa, aunque fuera incipiente. La obra se atribuye al gran Rodrigo Gil de Hontañón, autor de numerosos trabajos en Santiago, que aquí supo buscar una llamativa ornamentación exterior centrada sobre todo en las ventanas, y que alegra la vista por su originalidad y su variedad.

El museo requiere su tiempo y muestra que se ha llevado a cabo una investigación constante, seria y rigurosa sobre mil y un detalles sorprendentes del creador del esperpento. Claro que procede dejar un rato para dos cosas: la primera, si se está en hora, ver el mercado, pequeño, muy limpio y con un género obviamente fresquísimo. La segunda, recorrer los jardines, lugar tranquilo para soltar a los más pequeños de la familia. Y si es hora de tomar algo, entre la torre y el paseo se extiende una calle estrecha con un buen puñado de locales, la calle del ambiente.