El técnico santiagués triunfa a más de diez mil kilómetros de distancia
26 ene 2011 . Actualizado a las 18:01 h.José María Pazos, Pulpis, está dejando su sello en el fútbol sala tailandés. Aterrizó en Bangkok con un contrato de tres meses, movido por la curiosidad, y ya lleva casi tres años al frente de la selección. Por el camino conquistó el subcampeonato de Asia y clasificó al combinado amarillo por vez primera para un mundial, el que se disputó en Brasil. Precisamente, Tailandia tomará el relevo en noviembre del 2012.
-¿Avistó la crisis antes que nadie?
-Fue, más bien, la casualidad. Me apareció la oportunidad y no lo dudé, pero no pensaba estar tanto tiempo. Fui el primer entrenador español que se convirtió en seleccionador de otro país, después de que Venancio estuviese en Guatemala. Después Miguel Rodrigo firmó por Japón, Sito Rivera por Rumanía y Pablo Prieto por Libia.
-¿Se siente un emigrante?
-Nunca me lo había planteado, pero sí. Allí a todos los extranjeros nos llaman expatriados.
-En su primera convocatoria para un entrenamiento faltaron seis jugadores y en algún caso llamaron las madres para excusarlos. ¿Se lo creía?
-No me lo esperaba. Me quedé perplejo. Ahora ya no pasa. Pero es otra cultura. Les echas la bronca y te miran como si estuvieras loco. Para ellos acompañar a la madre es casi inexcusable, algo muy importante. Hay que entenderlos. Tienen otros valores, otros principios. Y hay que respetarlos. Si reaccionase como lo haría aquí me hubiese quedado solo en la primera semana. Ahora la disciplina es como la de aquí. No puedes entrar como un elefante en una cacharrería.
-Ya que habla de elefantes. ¿Cómo es eso de encontrarse un paquidermo mientras va caminando?
-Puede pasar. Pero no es como toparse aquí con un perro. De todas formas, hace tiempo que no me los cruzo en las rúas de Bangkok. Creo que los han prohibido. La primera vez fue un shock. Iba oyendo música y al doblar la esquina vi un elefante pequeño. Unos metros más atrás iba otro grande, imagino que la madre o el padre. Era gente que los tenía para que los turistas se sacasen fotos.
-¿Seguro que no me está vacilando?
-En absoluto. Y le digo más, porque esta aún es mejor. Al principio tenía un conductor y una de las veces que volvía a casa de un entrenamiento, ya de noche, vi una luz roja que se movía como un péndulo. Le pregunté qué era. Y resulta que era una luz roja que llevaba un elefante en el rabo, para advertir de su presencia.
-Increíble. Como lo de su peso. ¿Con cuantos kilos se fue a Bangkok?
-Llegué a pesar unos 140.
-Está en la mitad.
-Casi, ahora me muevo en torno a los ochenta. En Navidades cogí tres kilitos. No tardaré en sacarlos de encima.
-¿Es solo una cuestión de dieta?
-De hábitos, más que de dieta. Allí les encanta el chili. Lo toman hasta en el desayuno. A mi no me entusiasma. Puedes comer como en Europa, pero preferí adaptarme a sus menús, sin tanto chili. Me acostumbre a comer sin pan y sin patatas. Cambian los horarios. No es lo mismo cenar a las once de la noche e irse a dormir que hacerlo a las siete de la tarde. Empecé a bajar, a hacer algo de deporte... Y no hay más historia.
«Cuando estaba en Melilla venía en verano y en Navidad, igual que ahora»
Pulpis confiesa que el primer mes fue muy duro. Le costó pasar de una ciudad como Santiago, de cien mil habitantes, a otra como Bangkok, de trece millones. Pero ahora está ya adaptado. Y la conquista del subcampeonato de Asia le ha valido para terminar de implantar su filosofía de trabajo.
-¿Siente morriña?
-Siempre se echa de menos a la familia y a los amigos. Pero es algo que va con esta profesión. Y, una vez que estás fuera de casa, da igual que sea en Valencia, donde también trabajé, o en Bangkok. Cuando estaba en Melilla, venía en verano y en Navidad, igual que ahora. En cuanto pasas de los seiscientos kilómetros da igual un sitio que otro.
-¿Cuantas revueltas lleva entre camisas amarillas y rojas?
-Creo que tres. Pero es menos de lo que parece. Tengo una anécdota muy buena de una familia de españoles que viven allí. Un día se equivocaron de ruta con el coche y se vieron en medio del conflicto, en medio de una calle, con los camisas rojas tirados en el suelo a un lado y con los policías al otro. De pronto, dejaron de lanzar piedras al ver el coche y les dieron indicaciones para que saliesen. Y luego siguieron batallando.
-Parece una historia de las que contaba Gila.
-Pero fue así. Son cosas que solo pasan allí.