Almudena, adicta a las compras: «Toqué fondo cuando me gasté los ahorros de mi hijo y vi su cara de decepción»
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Esta mujer relata el infierno que vivió por ser adicta a las compras. «Tuvimos que vender un apartamento para pagar todo lo que debía», dice esta mujer que reconoce haber llegado a día 15 y tener solo 50 euros en el banco
10 mar 2026 . Actualizado a las 10:28 h.Almudena llevaba mucho tiempo siendo adicta sin saberlo. En su caso fue a las compras. «Es una enfermedad que está directamente relacionada con los traumas. Y depende de varias cosas que, al final, se desarrolle de una manera o de otra. Yo descubrí que era una persona adicta hace bien poco. Creía que tenía problemas mentales e iba a psicólogos desde niña, porque sentía soledad, incomprensión, una tristeza tremenda... pero no lo sabía identificar. Y culpaba al resto de ello. Cuando era pequeña, a mis padres. Cuando me casé, a mi marido... los culpaba porque ellos no actuaban como yo esperaba que lo hicieran», explica para ponernos un poco en situación.
«De pequeña era una niña caprichosa. Todo el mundo me lo decía, que no gastara tanto. Me llevo dos años con mi hermana, y las dos teníamos la misma paga, pues a mi hermana siempre le sobraba dinero y a mí siempre me faltaba», dice, mientras reconoce que pudo identificar su adicción gracias a sus hijos: «Ellos también son adictos. Aunque en su caso, lo canalizaban a través de la cocaína y el alcohol. Yo me di cuenta del problema que tenía cuando mi hijo pequeño se puso a tratamiento». Así de duro.
«Empecé a consumir cannabis como si no hubiera un mañana. Como tenía problemas en casa..., mis hijos estaban fatal y yo también..., se había muerto mi madre..., un desastre todo. Entonces, empecé a consumir cannabis con 31 años cuando nunca lo había hecho, ni siquiera de joven. También me separé... pasaron varias cosas que lo desencadenaron», explica. «Mi hijo pequeño entró en Hipócrates, en Barcelona, y gracias a las terapias familiares, que yo iba a todas, pues empecé a conocer lo que era la adicción», continúa.
Llegó hasta tal punto de implicación en la terapia que empezó a verse identificada: «A partir de ahí dejé de fumar. Mi hijo estaba haciendo un esfuerzo titánico, con 20 años que tenía, y no iba a ser su mamá la que estuviera fumando porros. Lo dejé». Pero no todo salió como esperaba: «Al cabo de un año, le di una calada y empecé a fumar otra vez. Aun así, seguía convencida de que no era adicta, que lo podía dejar sin ayuda. ¡Y una leche! Tengo tan grabada esa primera calada que le di después de llevar casi un año sin fumar... lo que me hizo el cerebro fue tan bestia que ya no pensaba en otra cosa. Me pasaba el día pensando a ver cuándo era el momento para poder dar esa calada».
«Lo de las compras va también íntimamente relacionado con esto. Tema compras, tema comida, tema sexo, el juego... todo está relacionado. Yo en esa época compraba de manera compulsiva. Iba a la gasolinera a echar gasolina y echaba 20 euros, pero me gastaba 40 en tonterías de la tienda», dice. «O me iba de compras y me cogía cualquier cosa de cualquier talla. Tenía ropa en el armario con la etiqueta puesta, sabiendo que no era ni de mi talla. Y luego ya online... ¡qué te voy a contar! Sentadita en mi sofá sin tener que salir a la calle ni dar la cara... Porque un adicto, en el fondo, lo que quiere es esconderse, que no lo vean», aclara.
Deudas
«Mi vida era un infierno. Toqué fondo cuando me gasté los ahorros de mi hijo en compras. Él ya estaba en tratamiento y tenía ahorrados 800 euros en una cajita. Y yo empecé a cogerle dinero de ahí. Con la idea de devolverlo, claro. Pero un día necesitó algo de dinero en efectivo y cuando abrió su cajita, ya no estaba. Pensó que había sido la chica de la limpieza, pero entonces yo fui corriendo y le dije que no, que había sido yo. Imagínate el drama. Y ahí fue cuando dije: “Esto se tiene que acabar”», confiesa.
«Yo me gastaba todo el dinero que tenía. Tenía que hacer unos pagos en el banco y no los hacía. Mi padre me ayudaba, porque me había metido en unos créditos por mi mala gestión y él me daba el dinero para pagar la hipoteca. Y en lugar de eso, yo me lo gastaba. Me he encontrado a día 15, tener que ir al banco, y ver que solo tenía 50 euros en la cuenta. Y ni siquiera era consciente de ello», relata. La situación llegó hasta tal punto que Almudena fue generando deudas y su padre tuvo que ayudarla, pagando él directamente la hipoteca: «Tuvimos que vender un apartamento que teníamos y me dio para pagar todo lo que debía de la hipoteca. Y aun así no pude pagar el resto de deudas que tenía. Debía en todos lados. En aquel momento aboné 120.000 euros de golpe».
«Pero lo peor de todo es el malestar que te genera, porque eres consciente de la que estás liando y del daño que haces a los que te rodean. Estás enferma y no tienes capacidad de contención, ni de decisión, ni de muchas cosas», indica.
Afortunadamente las cosas han cambiado desde entonces: «El día de los 800 euros me di cuenta de que le estaba destrozando la vida a mi hijo. Entonces, llamé a su terapeuta y como ellos ya sabían que yo era adicta, me dijeron que tenía que ingresarme. Así lo hice. En una semana ya estaba en Cádiz en la fundación Hay Salida, que pertenece a Luis Carrascal. Les debo tanto... Yo no tenía poder adquisitivo en ese momento y me dieron la opción de hacerlo a través de la fundación». Reconoce que fue la mejor decisión de su vida: «El tratamiento no consiste en dejar las drogas o la adicción que tengas. En el fondo es curar las heridas, conocerte y saber gestionar emociones. Y eso no se hace en tres meses ni en seis. Ni siquiera en un año o en dos. El tratamiento dura toda la vida. Porque toda la vida vas a ser adicto. Y tienes que olvidarte de tu vida anterior. Pero ahí estás como en un oasis. Yo nunca he sentido tanta paz».
Ahora ya ha pasado un tiempo y reconoce que se encuentra muchísimo mejor, pero la lucha continúa cada día: «He mejorado notablemente mi calidad de vida, mi forma de ver el mundo, la tranquilidad que tengo conmigo misma. No recordaba haber vivido en paz en toda mi vida». «No he vuelto a tomar drogas y no creo que lo vaya a volver a hacer, porque lo tengo muy claro en mi mente. El alcohol tampoco lo he vuelto a tocar. Pero las compras es algo que tienes que hacer a diario. Tienes que ir a por el pan, a comprar tabaco, a echar gasolina... Entonces, ahí aún tengo momentos en que se me va. Lo que pasa es que ahora lo identifico rápido. Que no quiere decir que lo pare siempre», aclara. «Por ejemplo, estas Navidades se me ha ido la pinza. Y mis hijos ya me han dado el toque. Y en eso estoy, en recuperación. Llevo tres años y medio desde que ingresé en la fundación», asegura.
Su salida
Almudena ha pasado por una circunstancia personal muy dura, que le ha obligado a dejar aparcada durante unos meses la terapia. Pero sigue en contacto con la fundación y sabe que regresará. «Ahora estamos los tres en recuperación: mis hijos y yo. Estoy tan orgullosa de ellos y de mí, que mucha gente me dice que no tengo por qué contar todo esto. Pero yo siempre digo que no tengo nada que ocultar. Y le puede ayudar a mucha gente que aún no es consciente de lo que le está pasando», añade, mientras recomienda a todo aquel que se sienta identificado que pida ayuda. Para ella, la fundación Hay salida fue su salvación. Le gustaría que este testimonio sirviera de ayuda para todo aquel que se encuentre en su misma situación y que no ha se atrevido todavía a dar el paso. Ella ha encontrado la salida y espera que los demás también puedan hacerlo.