María, 33 años, trabaja en el equipo de Ángel Carracedo: «Ese momento de darle los resultados a una familia y explicarle adónde acudir no tiene precio»
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La gallega es psicóloga y su área de estudio se enfoca en ver el autismo con perspectiva de género. «Nuestro objetivo no es conseguir un premio, sino mejorar la vida de la gente», confiesa
23 feb 2026 . Actualizado a las 13:55 h.Solo se necesita hablar varios minutos con María Tubío-Fungueiriño para darse cuenta de la pasión con la que vive su trabajo. «Soy psicóloga investigadora, que es un perfil que de primeras suena extraño dentro de un grupo de Medicina Genómica. Nos dedicamos, sobre todo, a hacer las evaluaciones, recogidas de datos y a toda esa información más puramente clínica de los pacientes», explica la joven de 33 años. Porque ya en su infancia, la curiosidad que inundaba a María sobre las cuestiones del mundo, hizo que su rumbo profesional estuviese marcado. Ahora trabaja en el Centro Singular de Investigación en Medicina Molecular y Enfermedades Crónicas de la USC (CiMUS). «Desde muy pequeña siempre quise intentar entender el porqué de las cosas. Era una niña muy preguntona, de practicar el ensayo-error y de las que si podía tocarlo todo y meter las manos en las hierbas, en la tierra o en lo que fuese, lo hacía. Quería saber más y más», confiesa. Pero fue después de terminar su máster en Neurociencia por la USC cuando estuvo más en contacto con el mundo de la investigación y cuando su cabeza hizo clic. «En ese momento pensé que hacer una tesis doctoral sería un camino muy bonito. Era como una posibilidad de entender un poquito más las cosas. A partir de ahí es continuo. Con cada cosa que consigues dentro del mundo de la investigación es un impulso para seguir creciendo en el campo», indica.
María defendió su tesis en el 2022 y ahora se encuentra en una etapa posdoctoral. Recientemente acaba de terminar su segundo máster, el de psicóloga general sanitaria. Pero no cualquiera puede presumir de trabajar junto al doctor Ángel Carracedo, catedrático de Medicina Legal, investigador y experto internacional en genética. «Yo venía de la Psicología, donde a priori había poca perspectiva de crecimiento dentro del mundo de la investigación. Cuando llegué al grupo, tanto él como la psicóloga e investigadora Montse Fernández Prieto, me acogieron. Trabajar con ellos es un aprendizaje continuo y la posibilidad de tener oportunidades de investigar más en profundidad problemas que de primeras pudimos creer que no tienen tanto reconocimiento dentro del área», confiesa. En su caso, trabaja en dentro del área de trastornos del neurodesarrollo y del trastorno obsesivo compulsivo. «Nosotras nos estamos enfocando en ver el autismo con perspectiva de género. A lo mejor no tenía tanta importancia años atrás, pero consideramos que muchas mujeres están invisibilizadas dentro del espectro. Lo que queremos conocer un poquito más en profundidad es en cómo son sus perfiles. El doctor Carracedo es una persona que siempre nos permite crecer y que con todo lo que le presentamos nos anima a que sigamos investigando en esa línea. Nos da mucha libertad para elegir todos estos campos novedosos que a lo mejor en otros lugares no tendrían tanto apoyo», explica.
En su currículo ya cuenta con algún reconocimiento. «Es una revisión sistemática que hice en el año 2021 y recibió el Premio Iacobus Papers, una convocatoria que se hace con artículos que se publican entre el Norte de Portugal y Galicia. Conseguimos financiación a raíz de ese artículo. Aunque tenemos más financiados de esa forma, recuerdo ese con muchísimo cariño porque fue el primero de la línea de investigación. Además por partida doble, porque fue un premio en lo económico y de reconocimiento de colegas que trabajan en el campo», indica. Sin embargo, no es la meta que persigue. «Nuestro objetivo no es publicar un artículo o conseguir un premio, sino mejorarle la vida a la gente a la que vemos en el día a día y que ya lleva un gran recorrido de años con nosotros en la búsqueda de la causa genética del autismo», confiesa. Por otro lado, el destino tejió sus hilos para que la joven no tuviera la necesidad de irse al extranjero, como sí lo hacen muchos de sus compañeros. De hecho, fue una de las condiciones que se propuso a nivel personal. «Es uno de los límites que me puse. No quería marcharme porque estoy muy contenta con mi grupo de trabajo y creo que no hay otro en el campo que ofrezca lo mismo o más de lo que estamos haciendo aquí. Por supuesto se puede aprender algo distinto en otros sitios, pero pienso que es un grupo excelente. Me encantaría mantenerme por siempre aquí», confiesa. Porque hacer las maletas suma puntos. «A veces, simplemente cruzar la raya, como solemos decir, e irte a un grupo que a lo mejor no avanzas tanto solo porque tienes el criterio de haberte marchado... Al final no es el irse. Eso lo dan las publicaciones, el aprender, el saber investigar en campos punteros... Creo que es un criterio bastante bueno que habría que revisar», reflexiona mientras agradece. «Hay mucha gente que tiene que dejar su recorrido como investigador porque no tiene posibilidad de estabilizarse. Es prácticamente imposible conseguir un contrato posdoctoral con la cantidad de gente que concursa a ellos y en muchos casos obliga a marcharse fuera de Galicia. Además estamos hablando de unas edades en las que hay gente que ya tiene sus planes de vida que no pasan por irse fuera», admite.
«Tengo mucha suerte»
Hacerse hueco en la investigación es una lucha constante, una carrera de fondo en la que pocos llegan a la meta. «Tengo mucha suerte de haber estado trabajando durante todo el tiempo de mi tesis y ahora en el posdoctorado. Realmente, en los inicios, la investigación aquí en Galicia y prácticamente en toda España, se sostiene gracias a ayudas predoctorales que también dependen del grupo al que se pertenezca, porque no toda la valoración para obtener un contrato predoctoral recae sobre la persona que lo solicita, sino sobre el grupo, el lugar donde va a realizar su tesis...», afirma. En su caso, contactaron directamente con ella. «Yo acabé mi máster y en julio tuve el primer contacto con el grupo. Normalmente lo que se hace, es que el doctorado se empieza en septiembre o en febrero según la convocatoria. Pero las becas salen todavía en enero y tardan un año en resolverse. Hay gente que a lo mejor un año y medio está trabajando sin financiación. Es como que corre la convocatoria, llega medio año tarde y hay una época en la que si no hay un proyecto de investigación, una línea en la que trabajar y un equipo, no se puede contar con ese contrato predoctoral», añade.
¿Y se invierte lo suficiente en ciencia? María tiene claro que no. «Ojalá más personas pudiesen responder que no a esta pregunta y pudiéramos visibilizarlo, porque se notó mucho en pandemia y fue ahí cuando la gente se dio cuenta de que faltaba mucha inversión en ciencia. Cada año se está invirtiendo un poco más, pero es todavía insuficiente. El pensar común tendría que mantenerse en el día a día más allá de las situaciones de alerta», confiesa. «Mi motivación no es ser la mejor investigadora, sino ayudar. Aunque haya tenido una semana horrible, ese momento de darle los resultados a una familia y explicarle adónde acudir no tiene precio», concluye.