Eduardo Jáuregui, psicólogo: «Estamos condenando a los niños a un confinamiento absoluto»

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El psicólogo Eduardo Jáuregui

«Lo que nos hace felices no es trabajar, es jugar», apunta este experto en explorar emociones positivas. En su libro «Playfulness» defiende la utilidad de lo inútil para desarrollar la empatía, la cooperación y la creatividad

23 feb 2026 . Actualizado a las 16:34 h.

Eduardo Jáuregui (Oxford, 1971) ha dedicado su vida profesional a explorar las emociones positivas y su impacto en el bienestar, así como en las relaciones humanas. Autor de libros como Amor y humor, Alta diversión o El sentido del humor, ha publicado recientemente Playfulness en el que nos anima a despertar nuestro espíritu lúdico para perder el tiempo de la mejor manera posible.

  

—Tradicionalmente, hemos entendido el juego como una recompensa al descanso, pero tú lo pones en el centro, ¿por qué?

—El asunto es que nuestra civilización ha puesto el trabajo en el centro, y el trabajo nos ennoblece, pero le hemos dado tanta importancia que hemos arrinconado la otra parte, la de los juegos. Porque como digo en el libro, observando a los hombres cazadores-recolectores, se podría argumentar que ellos no trabajaban. Es decir, el ser humano en realidad ha aprendido a trabajar, pero hemos llegado a un extremo en el que se está normalizando que solo nos dediquemos a eso. Se considera que has conseguido el éxito si trabajas mucho, aunque luego muchos acaben fatal con el síndrome del burnout [síndrome del trabajador quemado, que genera agotamiento físico, emocional y mental provocado por el estrés laboral].

—Defiendes la utilidad de lo inútil.

—Sí, me refiero a cosas inútiles en un sentido práctico, esas cosas que no te van a servir para conseguir dinero, fama ni otro trabajo. Ahora incluso hay mucha gente que hace amigos con un fin: para hacer contactos que luego te sirvan para mejorar en el trabajo, pero eso no puede ser. La amistad no es eso, es compartir con un grupo de personas porque sí, para comunicar lo que sientes, para escuchar al otro. Eso es el diálogo, no imponer tu razón o intentar convencer al otro de algo, es estar por estar. Si quieres imponerte al de al lado es porque deseas el control, quieres dominar. También ahora muchos jóvenes, en vez de amigos, lo que quieren es tener likes, y por eso las redes se han convertido en una fuente de estrés.

—Dices que básicamente se aprende jugando en libertad. ¿Adónde nos llevaría un recreo perpetuo? Citas un experimento metodológico que lo ha puesto en práctica.

—Sí, esto no lo he descubierto yo, que soy un aprendiz, sino gente como Peter Gray, que lleva toda la vida investigando. Los colegios Sudbury proponen un modelo pedagógico desde los años 60 que está en marcha en colegios de 10 o 15 países de todo el mundo, en Japón, en Francia..., en el que no se les dice a los niños nada de lo que tienen que hacer, no reciben ninguna instrucción en absoluto. No se les dan las clases, no hay profesores, y funciona. A la gente le asusta, pero este modelo desmonta por completo lo que creíamos, porque los niños pequeños van aprendiendo de los mayores y en esa interacción les enseñan a leer, a escribir... Acaban teniendo conocimientos y pueden ir a la universidad como todos. Al final solo existen dos modelos óptimos, el de un profesor-alumno, que es carísimo y es la base de Oxford, donde tienes un tutor que te guía, de la misma manera que antiguamente lo tenían los aristócratas, o está este modelo que te digo, absolutamente libre, en el que los niños aprenden naturalmente. Lo curioso es que nos hemos ido al sistema contrario, muy competitivo, en el que apenas hay juego y todo son reglas y obediencia. Por eso ya hay en el mundo colegios en los que los niños no conocen el recreo, ¿cómo vamos a dejarles que tengan dos horas libres al día? Enseñémosles algo útil, y nosotros decidimos lo que van a aprenden (ajedrez, matemáticas, lengua...) en lugar de dejarlos que jueguen solos.

—¿Estamos condenando a los niños a un confinamiento?

—Sí, a un confinamiento absoluto, y a un confinamiento, además, en el que estamos presentes los adultos. Antes la infancia era un espacio de libertad. Mi madre, que creció en una dictadura y con 6 años ya hacía tareas para ayudar en el campo, tenía más libertad, porque en su generación contaban con el pueblo entero para explorar.

—Antes las madres echaban fuera a los niños: «¡Hala, a la calle!»...

—Sí, y tú volvías después con hambre y pedías el bocadillo. Ahora, sobre todo para la mujer, que es la que carga más, cuidar se ha vuelto un trabajo heroico porque como tienen que estar presentes, no los puede perder de vista un momento. Por eso muchos padres hacen los deberes con ellos, estudian con ellos.... El tiempo en que los padres, y sobre todo las madres, están presentes con sus hijos se ha multiplicado por dos, sobre todo en las familias con mayor nivel educativo. De esto no se habla, hablamos de los móviles, de la conciliación, pero no de que a los niños les hemos quitado la libertad porque estamos detrás de ellos todo el rato.

—¿Qué consecuencias tiene?

—Que las madres están desesperadas y que en los jóvenes han aumentado los problemas de salud mental. Los niños empiezan a deprimirse y a tener ansiedad antes, y no ha sido solo por el iPhone, esto viene avanzando desde los años sesenta, ha sido paulatino y sucede desde el mismo momento en que les hemos quitado la libertad. Esto lo sabemos los psicólogos, uno tiene que poder tomar sus decisiones, si no, estás sujeto a cualquier cosa que te pueda pasar y eso genera mucha ansiedad porque te están diciendo continuamente lo que tienes que hacer. No saben resolver sus propios problemas, de ahí que las generaciones actuales sean más frágiles, no saben lo que quieren hacer. Los dejas ahora solos sin un móvil y te dicen: «Mamá, me aburro», que es una llamada de auxilio de una generación.

—¿Los adultos que no han jugado son más infantiles?

—Las personas que no han jugado lo suficiente son más infantiles, porque se quedan desvalidas, no saben gestionar sus propias emociones, no saben controlar su atención. Ahora hay mucha gente que no es capaz de leer un libro o ver una película de hora y media. Si no has jugado lo suficiente, no piensas en comunidad, no cooperas, no tienes empatía y esta es la sociedad que tenemos ahora mismo: más individualizada, narcisista y hedonista.

—Precisamente el «Homo sapiens» si por algo ha llegado hasta aquí es por ese altruismo, cooperación y empatía...

—Sí, pero ese altruismo, esa cooperación y esa empatía requieren muchísima práctica. Es un potencial del ser humano que tienes que poner en funcionamiento, hay que ir aprendiendo cómo funciona tu mundo interior, a leer las emociones en el rostro de otra persona... Una cosa que está sucediendo hoy en día es que como utilizamos tanto el modo texto, los mensajes de WhatsApp, etcétera, no nos estamos viendo la cara. Porque incluso si nos comunicamos a través de la pantalla no podemos mirar a la persona a los ojos y estamos viendo que es necesario para desarrollar la empatía.

—¿La única manera eficaz de aprender es jugando?

—Tú puedes aprender también con el sistema obligatorio del colegio, puedes aprender obediencia, a memorizar, pero hay ciertas cosas que solo pueden enseñarte en libertad, como, por ejemplo, a crear. Para poder crear, conectar con tu interior y cómo tú expresas lo que ves solo lo puedes hacer a través del juego.

—¿Hay una fórmula para incorporar el elemento lúdico al trabajo?

—Yo lo que recomiendo es que todos los días nos demos un espacio de recreo, de tiempo, en el que hagamos algo solo porque sí, porque nos apetece. Lo ideal es elegir aquello que te gusta: la pintura, la música, investigar un tema que te apasiona...

—¿No hacer nada, mirar a las musarañas no vale?

—No hacer nada no suele ser la mejor recomendación, eso está bien para los monjes o personas que tienen muy controlada la meditación, para la gran mayoría va mejor el baile. En las sociedades nómadas, la gente baila y canta todos los días, lo hacen juntos y es una gran forma de sentir una conexión, da muchísima felicidad, alegría, incluso cuando el canto es triste, como puede ser en los funerales, por el apoyo social que supone. En nuestra sociedad lo hemos perdido prácticamente del todo, solo lo hacemos en carnaval y en algunas fiestas, pero hemos dejado de cantar y bailar como antes.

—¿Es bueno fiarse de la gente seria? ¿Es la parte lúdica de algunas personas lo realmente atractivo?

—Normalmente hay ciertos roles o ciertas profesiones en las que se permite un poco más de libertad con la parte lúdica, por ejemplo, en los actores y las actrices. Pero en el mundo académico cuesta mucho soltarse, igual que entre los directivos de empresa, o incluso en los políticos. Si tú ves a un político que se pone a bailar, ya lo interpretas como menos profesional... En general, estamos muy encorsetados.

—¿Cómo sería una sociedad en la que todo fuese juego?

—La sociedad actual, desde luego, está muy lejos de eso, porque nuestra civilización se ha ido a un extremo, pero no es imposible. De hecho, el advenimiento de la inteligencia artificial permite empezar a pensar que si los robots lo terminan haciendo todo (limpiar la casa, cuidar al perro, hacer de abogados, de dentistas...), podríamos llegar a tener una vida de nuevo libre, siempre y cuando el sistema lo permitiese, tal vez a través de un salario de ciudadanía, porque imagínate si no la revolución y los conflictos entre ganadores y perdedores.

—¿Sería como volver al inicio de la historia de la humanidad, a plantearse el día como un fin en sí mismo?

—Sí, sería maravilloso, lo que pasa es que tendríamos que aprender a volver ahí porque nos hemos construido de una manera completamente contraria al juego. Tendríamos que aprender a disfrutar de nosotros mismos, de los unos y los otros, estar en una comunidad de baile, de poesía, de descubrimiento... Eso lo hemos vivido de pequeños y lo sentimos cuando nos vamos de vacaciones, pero sí, poco a poco podríamos ir volviendo a aprender que no necesitamos trabajar para estar felices y plenos. Lo que nos hace felices no es trabajar, es jugar. Este es el mensaje que tendría que calar, que los seres humanos podríamos llegar a tener una vida de jauja realmente, si la tecnología maravillosa es capaz de hacer lo que dicen que hace y no nos cargamos el planeta. Soñemos mientras tanto con una sociedad mejor.