Nevenka Fernández: «Todavía hoy, cuando voy a Ponferrada, lo paso mal. Me da ansiedad»

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Nevenka Fernández en el documental que hizo Netflix
Nevenka Fernández en el documental que hizo Netflix Netflix

Fue declarada culpable por la sociedad una vez que los tribunales le dieron la razón. Y se tuvo que ir de España para vivir en paz. Hoy, al fin sonríe. Y puede hablar alto y claro de todo lo que pasó hace más de 25 años. «Ahora siento que ya no me tengo que esconder. Es maravilloso», dice la mujer que logró la primera condena de un político por acoso sexual

18 ene 2026 . Actualizado a las 19:01 h.

Aparece Nevenka Fernández (Ponferrada, 1974) en la pantalla del ordenador desde su casa de Dublín, donde vive con su pareja y sus dos hijos. Su imagen es totalmente distinta a la de hace 26 años, cuando en su cara se apreciaba el sufrimiento de una joven que vivió en primera persona el acoso sexual de su jefe y entonces alcalde de Ponferrada, Ismael Álvarez. La mujer que se ve ahora nada tiene que ver con la de entonces. Nevenka sonríe. Está tranquila, feliz con su vida y se siente preparada para poder hablar públicamente de todo lo que vivió. Más de 20 años ha tardado en hacerlo. Poco se imaginaba entonces aquella joven de 26 años, que dio una rueda de prensa denunciando a su acosador, que se acabaría convirtiendo en la precursora del «no es no». Y él, que negó los hechos con rotundidad, que sería el primer político condenado por acoso sexual en nuestro país y obligado a pagar una indemnización de 12.000 euros y 2.160 euros de multa. La sociedad de entonces no estuvo a la altura, y juzgó a Nevenka públicamente como si ella hubiera tenido la culpa.

—¿Es ahora el momento para hablar?

—Sí, así lo siento. Me he pasado muchísimos años con miedo a la exposición pública. Y ahora creo que es muy necesario hablar de ello. Ponferrada es la quinta provincia gallega y culturalmente hay mucha conexión con Galicia, así que cuando me contactaste pensé: «¡Qué suerte tengo!». Porque es un paso más hacia Ponferrada. Además, mi hermano estudió en Vigo y mis padres tienen una pequeña casita en un pueblo cerca de Santiago. Y desde la publicación de mi libro, El poder de la verdad, pues también me he soltado un poco más.

—¿Cómo te encuentras?

—Estoy mucho más animada y más tranquila.

—Todas las mujeres, de algún modo, hemos sufrido episodios machistas.

—Primero estuve obsesionada con sanarme y con mi propia experiencia. Con esa sanación personal lo que buscaba era intentar comprender lo que me había pasado para poder superarlo. Pero también intentaba que la sociedad lo comprendiera y ayudar a otras mujeres que pueden estar viviendo una situación así. Haber ido al festival de San Sebastián [con la película de Íciar Bollaín sobre su vida, Soy Nevenka (2024)], y recibir aquellos aplausos interminables me permitió sentir que la gente lo había comprendido. Porque si no, no lo podemos erradicar. Siempre habrá gente que quiera abusar, pero si la cultura mira hacia el lado correcto, en vez de buscar la culpa en la víctima, ganaremos todos.

—De tu caso, hay dos frases que me retumban. Una es cuando dices: «Tengo 26 años y dignidad»...

—A mí hablar me salvó la vida. Imagínate que eres una chica de 26 años, has terminado tus estudios y tienes el trabajo que te gusta y quieres hacerlo bien. Pero para que puedas seguir trabajando, la condición que te imponen es acostarte con tu jefe, algo que sabes que te va a romper por dentro, que te va a machacar. Y no encontré otra manera de hacerlo. Encima no era consciente de la situación de maltrato que estaba sufriendo y de la luz de gas. Me sentía culpable de lo que estaba ocurriendo. Mi gran apoyo en aquel momento fue Lucas [su pareja].

—¿Cómo puedes pasar por algo así y encima que te ataque la sociedad?

—Es muy incómodo y te preguntas por qué la gente sigue poniéndose del lado del poderoso. Como mujer, es raro no haber estado expuesta en mayor o menor grado a situaciones de abuso de poder, aunque no tengan que ser necesariamente tan graves. Y como persona, también es difícil entenderlo. Porque el bullying es una pandemia.

—La otra frase que me quedó grabada la dijo una mujer en defensa del exalcalde, tu acosador: «A mí nadie me acosa si yo no quiero».

—Imagínate, qué ignorancia... Y ese es otro de los motivos para entender la violencia contra las mujeres. Porque hemos evolucionado como sociedad, pero esa mentalidad denota la ignorancia tremenda que hay sobre la violencia y el acoso. Cuando fui por primera vez al psiquiatra y me dijo que estaba sufriendo un acoso bestial, me quedé muerta, porque no entendía esa palabra. No sabía lo que significaba, nunca la había escuchado. A día de hoy, hemos evolucionado, pero nos queda mucho todavía.

—Sucedió prácticamente ayer...

—Pues sí. Pero han pasado 26 años, y tuvo su precio. No fue gratis. Aunque mereció la pena, porque esa es la dignidad. Lo que me ocurrió es el retrato de una sociedad que se vendió a la mentira del poderoso, en vez de a la verdad y a la dignidad. Y yo tengo un honesto interés por dejar una sociedad mejor. El feminismo es una cuestión de corazones sanos. No es una pelea entre hombres y mujeres. Es algo que nos incumbe a todos por igual.

—¿Qué fue lo que más daño te hizo?

—Sufrí durante casi un año acoso moral, laboral y sexual. Fue terrible. Y eso es un tiempo muy largo de manipulación y abuso mental, que me dejó hecha una mierda, física y mentalmente. En muchos aspectos, he tardado muchos años en superarlo, y en otros, todavía sobreviven las consecuencias de ese maltrato. Pero la reacción social me remató, porque yo era muy inocente. ¡Es que tenía 26 años! Y él era un político de cincuenta y muchos, con mucha trayectoria, y que además yo creo que era un perverso narcisista, con mucho don de gentes, que enseguida vio que mi lado débil era la pena. Y entró por esa parte. La usó como la usan muchos manipuladores. Pero no esperaba esa reacción social. Podía esperar que algunos me creyeran y otros no me creyeran. Para mí, los comentarios y los rumores no eran tan importantes como lo que yo estaba contando, pero aquello me superó con creces. No estaba preparada, y se convirtió en un infierno en todos los sentidos.

—No es difícil de imaginar...

—No podía encontrar trabajo, no podía salir a la calle, me amenazaban a mí y a mi familia... A mi padre le empezó a ir mal el negocio... Se juntó todo el poder que tenían, que era muchísimo, incluyendo al fiscal García Ancos. En Castilla y León, el Partido Popular nunca reconoció absolutamente nada. Fue como una película de terror. Y ahí es cuando decido irme de España. Esa reacción social ha sido la herida más profunda y más difícil de perdonar. He conseguido mi paz interior gracias a ese perdón, a la reconciliación conmigo misma y también con los demás. Si no hubiera hecho eso, no podría tener esta paz interior. Y no podría haber hecho el documental, la película o escribir el libro.

Nevenka durante la rueda de prensa en la que denunció públicamente el acoso de Ismael Álvarez en marzo del 2000
Nevenka durante la rueda de prensa en la que denunció públicamente el acoso de Ismael Álvarez en marzo del 2000 No disponible

—¿Cuánto tiempo tardaste en volver a Ponferrada?

—No creo que haya vuelto. Físicamente sí, porque mi abuela vive allí. Pero todavía hoy, cuando voy a Ponferrada a verla, lo paso mal. Ella vive en el centro y tengo que dejar el coche y caminar. Voy con Lucas o con alguien siempre, y lo paso mal. Me da un poco de ansiedad. Es un lugar en el que no me encuentro todavía. Y sé que no es justo, porque también hay personas que han estado ahí, que me han ayudado. Pero es como si te llevas un palo con un amigo, con alguien en quien confías. Yo era ponferradina. Había nacido allí. Era mi pueblo. Y estaba allí tratando de hacer las cosas lo mejor que sabía por ellos. Esa era mi motivación. Pensaba que la política era eso. Tampoco tenía ninguna ideología. Al contrario. Y cuando nos fuimos de España, éramos extranjeros en el país en el que vivíamos, y también lo éramos en nuestro propio país. Eso nos aisló mucho.

—¿Jamás te ha pedido perdón Ismael Álvarez?

—No. Durante años tuve pánico a llegar a Ponferrada y encontrármelo. Me provocaba muchísima tensión y me hacía sentirme muy mal. Entonces, me preparé mentalmente. A partir del 2010 empecé a decir que estaba mucho mejor, que lo había podido perdonar y que incluso empezaba a tener una sensación de compasión, pero cuando lo vi en una entrevista que hizo en Castilla y León, hace cinco o seis años, pensé que era un ejemplo de cobarde y de abusador.

—¿Nunca te lo has encontrado?

—El destino no ha querido, pero creo que estoy preparada para que llegue ese momento.

—Has pagado un precio muy alto. ¿Lo volverías a hacer?

—No me arrepiento de nada porque estoy aquí gracias a cada uno de los instantes buenos y no tan buenos que he vivido. Puede parecer una barbaridad, pero a veces hasta he conseguido sentirme agradecida. No por lo que me pasó, pero muchas veces pienso que si no me hubiera ocurrido aquello, yo nunca hubiera salido de ahí. Mi vida no hubiera podido ser lo que es. Y estoy muy satisfecha y muy contenta de la vida que tengo. He conseguido vivir como quería.

Nevenka Fernández, en una imagen de archivo, atendiendo a los medios de comunicación junto a su acosador, Ismael Álvarez, que dimitió de sus cargos de alcalde y procurador de las Cortes autonómicas debido a su condena por acoso sexual hacia la que fue su concejala de Hacienda.
Nevenka Fernández, en una imagen de archivo, atendiendo a los medios de comunicación junto a su acosador, Ismael Álvarez, que dimitió de sus cargos de alcalde y procurador de las Cortes autonómicas debido a su condena por acoso sexual hacia la que fue su concejala de Hacienda. DE LA MATA

—Imagino que ahora sí te sientes valorada en tu trabajo.

—Tan pronto salí de España, empecé a trabajar en lo que podía. Estuve en una fábrica de pollos seis meses. Y luego ya me cambié a un fish and chips [restaurante especializado en pescado rebozado y patatas fritas]. Estaba encantada de trabajar y de tener dinero para ser independiente. Luego, al año de estar fuera, ya empecé como contable en una empresa. Cuando me fui a Inglaterra, dejé de ser Nevenka para ser Nev. Y hace poco que llegó la película a Dublín y para muchas personas que nos conocen fue también un shock saber la historia, porque siempre tuve la sensación de tener que estar escondida. Ahora siento que ya no me tengo que esconder. Es maravilloso.

—Nadie antes en España había convocado una rueda de prensa para denunciar a su acosador...

— Yo era concejala de mi ciudad, y había desaparecido durante seis meses. Y nadie había dicho ni una palabra. Lo que sí había empezado a pasar era que ellos ya habían comenzado con su labor de manipulación. Dejaron pasquines por toda la ciudad para desprestigiarme, diciendo que estaba en un centro de desintoxicación o que me había metido en una secta. Entonces yo sentía la necesidad personal, y también con los vecinos, de dar explicaciones públicas. Lo que nunca imaginé es lo que luego pasó.

—Dices que si no lo hubieras denunciado, te habrías muerto.

—Sí. Yo podría haber seguido con mi trabajo y, a lo mejor, incluso tener mejores condiciones. Alguna vez me lo planteé, en casa, sola, en aquellos meses de angustia extrema, porque era lo que la sociedad me pedía, unos callándose y otros diciéndomelo. Pero eso me mataba. Llegó un momento en que estaba destrozada mentalmente. Entonces, apareció Lucas y escuchó una conversación con él [Ismael Álvarez]. Me dijo: «No te habla como un jefe, te habla como un amo». Estaba soportando situaciones tremendas y por eso digo que me hubiera muerto, porque si me hubiese quedado, no sé qué opciones hubiera tenido. ¿Morir de depresión y ansiedad o que al final me echara del Ayuntamiento porque era una inepta? O permanecer sumisa aceptando el derecho de pernada... Dime tú cómo te tragas eso. Yo no podía. E hice lo que tuve que hacer con las circunstancias que me tocó vivir.

—Imagino que sigues el caso contra Íñigo Errejón a causa de la denuncia de Elisa Mouliaá, ¿se sigue repitiendo la misma historia?

—Vi el interrogatorio del juez a Elisa Mouliaá y me puse mala. Y cuando te digo que me puse mala fue literal, porque sentí tal angustia que me dieron ganas de vomitar. Ese fue el síntoma físico que tuve. Me pareció denigrante, una vergüenza y una falta total de respeto. Antes estábamos hablando del interrogatorio que me hizo el fiscal García Ancos, y de repente hay un juez que se supone que tiene que salvaguardar la justicia, la equidad y el respeto en el proceso y es él el que está saltándose todas las normas relacionadas con eso.

—Va a haber juicio...

—Sí, y me alegré mucho, porque cuando Elisa iba a declarar, hay un momento en que dijo algo que me recordó a mí: “Estoy contenta y tranquila, porque vengo a contar la verdad”. Y eso me recordó a mí y me ayudó también a entenderme más. Me dije: «¿Ves como no estaba loca...?».

—Fue la primera condena a un político por acoso sexual en España, ¿pero realmente sentiste que habías ganado? Porque el juicio social fue muy cruel contigo.

—Yo gané el día que hablé ante el juez. Ahí sentí una gran sensación de paz. Cuando fui al juicio de instrucción, había un juez que se llamaba César Balmori. Mi declaración duró más de diez horas. Ese hombre me escuchó. Y había muy pocas posibilidades de no creer a Nevenka si me escuchaba.

—Sin saberlo, eres la precursora del «no es no»...

—De eso voy siendo ahora un poco más consciente. La primera persona que me dijo que era un referente para las mujeres fue Icíar Bollaín. Y es una responsabilidad bonita. Pero no habrá justicia mientras existan mujeres que están muertas de miedo sin poder contar la verdad.