Carmen, Uri y Leo, cinco años viviendo en un velero y pasando Navidades a bordo: «Si te vas, vuelves con ganas de tener las discusiones familiares de todos los años»
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La Navidad en el mar es tradición para Carmen, Uri y Leo, una familia de raíces gallegas que ha cruzado el Atlántico y ha vivido en el Caribe una Nochebuena de pleno verano. «Los Reyes Magos también llegan al mar. LLevamos todas las tradiciones a bordo», aseguran
25 dic 2025 . Actualizado a las 19:51 h.La tradición para esta familia que ha cruzado el Atlántico y el Caribe con bebé a bordo es celebrar las fiestas navideñas sin tierra a la vista, en medio del mar. Son cinco años los que han recibido los regalos de los Reyes en su hogar flotante, un velero que se ha enfrentado a vientos de más de 40 nudos y les ha dado largas noches de insomnio y días de paraíso muy real. Carmen, Uri y su hijo Leo, que tiene tres años y medio y este 2025 ha dado la bienvenida a su hermano pequeño, Bruno, son los habitantes de esta casa móvil que baila con placer y temor con las mareas, el Forquilla, un velero con una estela de decenas de miles de seguidores en redes sociales. «Un viaje dentro del viaje» excepcional que los llevó a soltar amarras en el 2020 viven hoy, con la llegada de su segundo hijo, Carmen y Uri. Esta pareja, curtida en el mundo audiovisual y gran amante de la aventura, se conoció en A Coruña rodando La unidad, del monfortino Dani de la Torre. La chispa surgió enseguida, pero hizo falta tiempo para que levasen el ancla, diez años de hacer peto para poder convertir en realidad su sueño de vivir sobre las olas. En esta navegación cumplida les acompañó un tercero, su hijo Leo.
Carmen es gallega y suele pasar, año tras año, un pedazo de las fiestas en la terriña, en A Coruña, donde su familia suele juntarse para celebrar el día de Reyes. Esa tradición de su casa no la ha llevado a renunciar a la posibilidad de ampliar la otra familia que le ha dado el mar. «Llevamos cinco años haciendo la Navidad a bordo. Compramos el velero en junio del 2020, Uri lo trajo desde Sicilia con unos amigos en noviembre de ese año y desde entonces las fiestas a bordo se han convertido en la tradición. Siempre hemos procurado estar ahí en esas fechas y decorarlo, sobre todo desde que nació Leo», resume Carmen, que añade que en su salada aventura navideña nunca se vieron solos los tres. Estos robinsones siempre encontraron a otros, piñas de mayores y pequeños, en su Nochebuena y Nochevieja salpicadas de agua y tesoros de mar.
Estos cinco años, la familia del velero Forquilla cumplió con su tradición. Siempre se cuidaron de atraer la magia propia de estas fechas ahí donde no hay cabalgatas, pero sí estelas en la mar. «En el barco siempre les dejamos agua a los camellos de los Reyes. Los Reyes vienen al barco. Quedaba de su paso un rastro de pisadas de camello en la cubierta. Esto es igual en tierra firme y en mar. No sabemos cómo llegan, pero llegan... El año pasado, estábamos en el Caribe y vinieron, ¡y no había tierra por ninguna parte!», relata esta viajera que surca con ilusión la maternidad, pese a sus días y noches de tempestad. «Creo que los Reyes debieron de llegar nadando. ¿Verdad que el año pasado llegaron nadando?, le pregunta a su hijo Leo. Y él dice: «¡Volando!».
Por aire se llega antes al mar. El que se resistió al verano del Caribe acostumbrado a la Navidad polar fue Papá Noel. En lugar del abuelete del trineo, en este hogar se recibe cada año la visita del Caga Tió, un tronco con cara y barretina al que hay que «tapar con una mantita» y dar de comer durante el Adviento para que en Nochebuena «cague regalos». Caga Tió los visitó el año pasado en el Caribe. «Una vez que caga, desaparece, se va», zanja Carmen. Como se viene, se va también la Nochebuena, pero los nervios de Leo no ceden desde que tiene conciencia de las visitas más mágicas de la temporada.
NOCHEBUENA DE VERANO
La pasada Navidad para ellos fue «pleno verano». La disfrutaron en el paraíso del Caribe. Su cena de Nochebuena y de Fin de Año la buscaron ellos mismos buceando. «¡Las capturas no nos cabían en la olla! », cuentan. Pero lograron apañárselas para cocinar el marisco. También echaron mano de un pescador que «llegó con un saco lleno de pescado en su barcaza del año catapún».
Fue una experiencia «muy divertida» para estos nómadas del mar: «El supermercado venía a nuestro barco. Creo que compramos pescado en Fin de Año. Eso fue una de las veces, el resto de los banquetes eran todo pesca que hacíamos nosotros», dice Carmen.
Recuerdan como un regalo especial la Navidad del 2024. En una playa, rodeados de otras familias. «Tú llevabas la comida y se montaba la fiesta con música, decorado de Navidad, un montón de familias, muchos niños... Un montón de gente que hace lo mismo que hacemos nosotros. Hay una comunidad náutica supergrande», asegura esta viajera.
Con la «comunidad» con la que cumplieron su reto de cruzar el Atlántico en velero hicieron una comida de Navidad con amigo invisible: «Consistió en que cada uno llevaba como regalo algo que tuviera a bordo que no utilizara ni le hiciera falta. Pusimos los regalos y repartimos papelitos. Comimos las familias juntas en la playa, en un chiringuito, sobre la arena. Fue muy bonito. Creo que éramos unas 40 personas».
Buena parte de las Navidades de estos cinco años las pasó la familia del Forquilla cerca de Barcelona, «porque navegar por el Mediterráneo en invierno es peliagudo», advierte Carmen. La tecnología les ha permitido mantenerse siempre en contacto con su familia en tierra: «Papá Noel el año pasado le trajo regalos a Leo en casa de los abuelos, y los Reyes en las de la yaya y los tíos. El año pasado vivimos la llegada de Papá Noel a tierra casi en directo por videollamada», comparten.
A su familia de tierra, Carmen, Uri y Leo la compaginan con la «familia del mar» cada Navidad. «Para Leo, las Navidades son sobre todo esto. Hicimos el cruce del Atlántico con una regata a la par que un montón de familias. Leo salió de Canarias con unos niños, sobre todo con unos amigos franceses muy cercanos. Llegamos a Cabo Verde y volvió a estar con ellos. Recorrimos el Caribe también con ellos, y al final para él eran muy próximos, familia».
«Da pena alejarse, pero las Navidades en el Caribe no se nos van a olvidar en la vida. Invito a que todo el mundo salga del hábito y haga cosas extraordinarias que quiere hacer. Hay que salir del confort del hogar para valorar lo que tienes. Si te vas, cuando vuelves, vuelves con ganas de tener esas discusiones de todos los años»
Las grandes travesías las preparas «muy bien», señalan, y es probable que no haya sobresaltos. Lo inesperado acecha en la distancia pequeña. «Hubo travesías cortas, de diez millas, que se nos hicieron cuesta arriba. En el Caribe, en las islas, los vientos alisios que vienen de África entran con fuerza. Y eso hacía que las travesías se complicaran inesperadamente», recuerda Carmen, que en su aventura marina ha surcado todo tipo de momentos. «A veces te preguntas: ‘‘¿Por qué me habré metido en este jardín con lo fácil que era estar en casa?’’, pero al minuto piensas: ‘‘Qué va. Esto es increíble’’», sopesa.
Ella y Uri volverían a soltar amarras de nuevo por cumplir su sueño y compartir su aventura con el pequeño Leo. «Ha sido toda una experiencia, ¡y las aventuras que nos quedan por vivir!», manifiesta Carmen, que a aquellos que tengan la tentación de zarpar por Navidad y perder de vista el puerto base les diría «que hay muchas Navidades, no una sola Navidad».
«Da pena alejarse, pero las Navidades en el Caribe no se nos van a olvidar en la vida. Invito a que todo el mundo salga del hábito y haga esas cosas extraordinarias que quiere hacer. Hay que salir del confort del hogar para valorar lo que tienes. Si te vas, cuando vuelves, vuelves con ganas de tener esas discusiones de todos los años», asegura esta viajera que se lleva siempre el recuerdo de lo mejor que tiene en tierra y todas las tradiciones al mar.
Ellos escriben sus deseos y los ponen bajo el plato en Nochevieja, ven las campanadas y toman las uvas (el año pasado en diferido) y esperan a los Reyes cada año por aire, tierra y mar.