Alberto Ramos: «Viví un amor prohibido con un chico que era gay y árabe, pero no pudo ser, es una identidad demonizada, esa dualidad no se acepta»

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Este malagueño publica un libro con una historia basada en su propia vivencia: una relación secreta con un gay árabe. «En Europa es una identidad que está demonizada, no se acepta la dualidad», dice

23 nov 2025 . Actualizado a las 12:44 h.

La vida de Alberto da para varios libros. Lleva seis, cuatro poemarios y dos novelas. A él escribir le ayudó a sanar, en parte, la herida. Todos son autoconclusivos e independientes, pero en cada uno de ellos va desvelando un poquito más el relato de su vida. Una vida que no ha sido sencilla, pero que, pese a los obstáculos que se ha ido encontrando, ha enderezado, gracias, entre otras cosas, al plano académico, de una forma brillante. Ha recibido 30 matrículas de honor en un total de 13 universidades entre Suecia, Estados Unidos, Canadá y Japón.

Su adolescencia no fue la ideal. En el pueblo de Málaga en el que vivía sufría bullying por su condición de homosexual. La relación con su familia biológica era complicada. Fueron muchas las noches en las que se escapó buscando refugio en casa de su amiga Sofie, que se acabó convirtiendo en su hermana y alma gemela. Con 13 años, la familia de Sofie, de origen palestino, le abrió las puertas de su casa en Suecia, adonde se habían mudado desde España, una partida que a él le destrozó. «Yo me sentí bien visto, acogido, y empecé a pasar los veranos con ellos cuando tenía 13 años. Luego se ofrecieron a adoptarme para que pudiera dejar todo atrás, y empezar de nuevo una vida junto a ellos en Suecia». Lo que no se imaginó nunca Alberto es que la situación de la que él huía todavía podía ser peor, que fue el escenario que se encontró en Suecia hace ya diez años.

Tal y como narra en su primera novela, Queen, su intención era ir a un instituto del norte de Estocolmo, abierto, multicultural y respetuoso. Sin embargo, a última hora acabó en un centro en un suburbio al sur del país, donde se ha arraigado una amplia mayoría siria e iraquí. «Me encuentro en parte, aunque en contextos distintos, con la situación de la que estaba huyendo de Málaga. Fue un shock. Ese bullying que sufrí era más difícil del que yo vivía en mi pueblo. Porque dentro de lo que cabe, yo tenía muchas amigas, que fueron un espacio seguro para mí, y me defendían». «En Suecia —continúa— estaba completamente solo, porque mi hermana adoptiva estaba en la otra punto de Estocolmo, y no tenía a nadie. Hay muchos rasgos culturales que también lo hicieron más complicado. En España, al menos esa fue mi experiencia, cuando a una persona le hacen bullying casi siempre hay otra que interviene para defenderla. Incluso cuando no te conocen. Eso amortiguaba un poco el dolor o el aislamiento. En Suecia, no se mete nadie. Es más de dejar. Nadie defiende a nadie», reflexiona Alberto, que cuenta que por primera vez en su vida las chicas también se metían con él. «No tenía a nadie que me defendiera», concluye.

La situación fue escalando hasta el punto de que no podía coger el autobús o tenía que presenciar cómo la gente se levantaba cuando él se sentaba en una mesa. Las circunstancias fueron muy «desagradables y dramáticas». No fue a su graduación para evitar «que lo tiraran de un camión». Incluso le pusieron una pulsera de seguridad para poder contactar de inmediato con la policía. La directora del instituto era casi la única persona que sacaba la cara por él, pero apenas se atrevía a mover ficha porque la inmensa mayoría de los estudiantes eran árabes, y «cuando se animaba a hacer algo, enseguida la acusaban de racismo, discriminación o ataque a la cultura de estas personas». Sin embargo, al cumplir los 18, pusieron una denuncia conjunta. Cuando comenzó el juicio, la directora decoró el instituto con las banderas LGTBI, él lo subió a Instagram, y los principales medios del país se hicieron eco del caso. También de cómo le habían rajado el cuello o pinchado los ojos en una foto suya que había en un mural, que formaba parte de un proyecto escolar con el que también quiso denunciar lo que le estaba ocurriendo. Fue un bombazo mediático. Y cuando se sintió un poco alejado del foco, se decidió a escribir Eighteen, su primer libro, el comienzo de todo hace siete años. El libro llegó a España, estuvo 56 semanas entre los más leídos, se publicó en países de América Latina, y fue un fenómeno internacional.

Su vida giró completamente. Lo llamaban continuamente de muchos institutos de España y Suecia, en los que se ha estudiado su historia, para hablar con estudiantes, incluso fue invitado a dirigirse al Parlamento Europeo como escritor, dado el impacto de su trabajo en colectivos vulnerables. También la Comisión Europea le ofreció participar en eventos como referente de la poesía en España. Paralelamente, comenzó a estudiar en la universidad Literatura, materia de la que cuenta con una carrera y un máster, y un doctorado en camino, además de numerosos títulos universitarios. Eighteen fue un golpe en la mesa para muchas cosas. No solo el reconocimiento o el interés por su historia. «Todas las personas que he podido conocer, todo lo que me ha pasado ha estado muy interpelado con mi bienestar personal. Lo que he vivido desde los 18 es otro mundo», reflexiona. También le sirvió para tender puentes con su familia de origen, y abrir una nueva etapa. «El libro fue una liberación en un contexto en el que no era bienvenida, porque mi contexto familiar biológico era bastante homofóbico, lo sigue siendo en parte, y no son bienvenidas las discusiones que tengan que ver con los derechos humanos, LGTBI», apunta Alberto, que, aun así, asegura que «el amor le llegó más de fuera que de dentro: de las redes, de personas desconocidas...».

En esta etapa conoce a una persona que bajo el seudónimo de Isak protagoniza la novela que acaba de publicar, Brown, basada en la historia real (la suya) de un joven gay que escribe cartas a su hermana palestina sobre su historia de amor prohibida. «Esa identidad múltiple que se da en contextos migratorios, árabes, gais... en contextos en los que esas cosas no son bienvenidas. Brown es una historia de amor, de lucha, de reclamar una identidad que muchas veces es borrada, una existencia a la que no se le da espacio y peso. Y a la vez de honrarlo».

Porque Isak se quitó la vida poco meses después de que pusieran el punto final a su relación. «Vivimos un amor prohibido. Ni su familia, eran árabes cristianos, que también se conocen como asirios, ni nadie supo que existí. Ni siquiera Sofie, solo en parte, porque en todo momento he intentado proteger su identidad, incluso con el nombre. Sofie solo conoce desde los sentimientos». Sus libros seguían creciendo, le invitaron a más y más eventos, y un día los reconocieron unos compañeros de Isak en una playa de Marbella, adonde se desplazaba con frecuencia para hacer cursos de entrenamiento personal. «No estábamos haciendo nada, simplemente abrazados. Pero a raíz de eso me bloqueó y desapareció de mi vida durante meses», revela. 

ÉL NO TUVO ESCAPATORIA

No supo nada de él hasta que meses después recibió un mensaje suyo que no contestó, y que propició que Isak insistiera por teléfono a las cuatro semanas. «Me llamó para intentarlo, pero él tenía una relación con una chica. Sus planes pasaban por casarse con una mujer, formar una familia, y seguir siendo un secreto. Yo le dije que no es lo que estaba buscando en mi vida».

Alberto siguió con sus proyectos, que cada vez eran más. Su obra ha llegado a miles de personas en decenas de países, y sus poemarios se encuentran entre los libros de poesía más vendidos de España y de México. Gracias a su grado, hizo dos intercambios en Japón y Canadá, y su primer trabajo al margen del mundo literario fue en la Comisión Europea. Un tiempo después supo que Isak se había quitado la vida. «Lo que él ha vivido y ese sufrimiento no se acerca a lo que yo he vivido. Es algo muy extremo. Y absolutamente dogmático, en el que no hay espacio para ser otra cosa. Yo he vivido mucha homofobia y discriminación por parte de personas cercanas y familiares, pero ha sido un nivel deshumanización diferente. El éxito de mis libros y mi carrera literaria, y todo lo que ha pasado me ha servido para ganarme el respeto de mi familia, él no tuvo nunca esa oportunidad. No tuvo escapatoria».

Conforme ha ido viajando, ha podido comprobar que lo que vivió Isak no fue un caso aislado. «Ser gay árabe en Europa es una identidad que está demonizada. Se entiende como identidades incompatibles, no se acepta la dualidad», indica Alberto.