Miguel Ángel Rizaldos: «Tu bienestar depende solo un 40% de ti»

YES

Miguel Ángel Rizaldos.
Miguel Ángel Rizaldos. cedida

El autor de «¿Ser frágil es malo?» te invita a romper con el positivismo tóxico y a conocer el valor de las personas con alta sensibilidad. «No sé si has oído hablar del kinsukuroi, un arte que repara vasijas con oro cuando se rompen, la reconstrucción tiene valor. Eres más valioso una vez que te has roto y te has reconstruido», asegura

19 may 2024 . Actualizado a las 12:14 h.

Todo va bien, pero no por dentro. «Lo tengo todo, lo mío no son problemas, yo no tengo derecho a estar mal», piensas. Ojo con el «te quejas de vicio», el «todo tiene un lado positivo» y el pegajoso sentimiento de incapacidad y culpa que puede generarte el malestar, porque, por más que los gurús del positivismo te digan que hay remedio, «a veces vas a sentirte mal hagas lo que hagas, sí o sí», advierte Miguel Ángel Rizaldos, psicólogo clínico, terapeuta con más de treinta años de experiencia como especialista en psicología clínica, y autor de ¿Ser frágil es malo? (Plataforma Editorial)

—¿Ser frágil es malo?

—Ser frágil es humano. Se trata de reconocer nuestras fortalezas que, como son algo positivo, no les damos importancia. Y sin embargo las fragilidades intentamos esconderlas, intentamos no tenerlas. Pero no puede ser. Creemos que mostrar vulnerabilidad nos hace más débiles. Y no suele ser así. Si ves a una persona a la que le cuesta hablar en público que te dice: «Igual me veis un poco nervioso, pero seguro que a medida que vaya hablando me irá pasando», la mayoría empatizarán con él.

—Hay quien se aprovecha de la fragilidad de los demás...

—Bueno, hay que contar que un 5 % de la población es psicópata y con eso no hay nada que hacer. Si alguien muestra su vulnerabilidad, la gente sana, normal, va a pensar que es valiente. Y a ti, si eres tú el que muestra esa vulnerabilidad, te quita un peso de encima, porque ya no tienes nada que esconder.

—Parece que lo correcto es ocultar la fragilidad, porque te hace más parecer seguro. Hay gente no psicópata que no encaja bien la vulnerabilidad, que prefiere la falsa seguridad.

—Tiene que ver con esa tendencia que hay de esconder las emociones negativas. Somos analfabetos en lo emocional. Seguimos creyendo que las emociones incómodas son malas, que hay que quitarlas. Por eso si tu hijo llora, enseguida le dices: «No llores, venga, ponte bien». Cuando en ese caso lo que tendríamos que hacer no es quitar de en medio esa emoción, sino acompañarla. Porque, si no, invalidas el sentimiento del otro y eso siempre te hace sentir peor. No todos los psicópatas matan, algunos lo que hacen es tuitear... Muchas veces lo que pasa es que no sabemos manejar las emociones propias ni las ajenas.

—Un ejemplo: tu hijo sale enfadado de un partido y tú crees que no tiene razón... Y se lo dices. ¿Debes o no?

—Si sale enfadado, lo que busca es que le escuchen, no que le digan lo que tiene que hacer. No siempre hay que decir algo. Déjale que se exprese, que diga lo que siente. Si no, ahí se quedará y al final tendrá que salir por algún lado.

—En «¿Ser frágil es malo?» citas un estudio que concluye que la intensidad de una emoción se rebaja cuando la compartimos, cuando la dejamos salir. ¿Qué aporta contarlo?

—Hay que expresar lo que sentimos. ¿Y eso qué quiere decir? Pues si estoy triste y angustiado, poder llorar. Llorar no es malo, es incómodo. Es incómodo para las personas que te quieren el hecho de verte llorar. Pero contener una emoción no es sano. Lo que sabemos hoy es que ventilarlas es mejor.

—A veces lo que ocurre es que nos cuesta contenernos, que somos demasiados expresivos. ¿Cómo hacemos para no ser una tortura para los demás?

—Ventilar algo no siempre es hablar. También se puede escribir. Escribir es más sano que pensar. Pensar está sobrevalorado, porque lo que hacemos es, sobre todo, rumiar. Si lo escribes, relativizas.

—Poco somos sin los demás. Nos dan las mayores alegrías los y grandes padecimientos también. ¿Hay que ser selectivo con la gente a la hora de contar? Hay gente que, al contarle lo mal que te sientes, hace que te sientas peor...

—Es que tendemos a decirle al otro lo que tiene que hacer y a insistir en que se ponga bien. Y ahí lo único que hay que hacer es acompañar, pero no es fácil encontrar gente que te escuche.

—También hay personas que escuchan y saben decirte lo que creen que te hace mal sin dañarte.

—En esas personas tienes muy buena escucha y mucha empatía.

—Las personas altamente sensibles (PAS) son «un regalo para el mundo», dices. Quizá no tanto para sí mismas...  ¿Se puede ser empático de más?

—Las personas altamente sensibles tienen sobreempatía. Se ponen demasiado en el lugar del otro. Pero también de aquello que les gusta disfrutan más que nadie.

—¿Cómo distinguir a un PAS?

—Aún estamos en pañales. Hay estudios que dicen que un 20 % de la población tiene esta característica, que no es un trastorno. Son personas más sensibles a todos los niveles, a nivel de sentir. Una luz, un ruido o un olor les puede molestar mucho. Por eso un camino para canalizar esta sensibilidad es el arte. Un 99?% de los artistas se considera que son personas con esta característica. Son personas que se pueden sobreestimular demasiado y necesitan momentos de desconexión.

—¿Qué es ser fuerte?

—Somos fuertes cuando nos toca serlo. A veces piensas: «Si eso me toca a mí me hunde», y no es verdad. ¿Fuerte qué es? Afrontar una situación llevándola lo mejor posible. La resiliencia es fortaleza, esa capacidad que tiene el ser humano de salir adelante en situaciones complicadas, incluso de ser feliz. Esa capacidad de adaptación es inherente al ser humano. Ser fuerte tiene que ver con conocer tus vulnerabilidades y entender que la vida te va a sorprender, incluso a romper. Lo importante no es no romperse, sino poder reconstruirse. Es verdad que no hay que sufrir para aprender, pero una vez que sufres es probable que aprendas...

—¿La adversidad nos enseña algo?

—No sé si has oído hablar del kinsukuroi, un arte chino que lo que hace es reparar vasijas antiguas con oro cuando se rompen. Y son más valiosas que alguna que no se ha roto. A veces la vida te rompe, pero la reconstrucción tiene valor, las cicatrices son parte de ti. Esas señales te recuerdan que hay algo que has superado. La metáfora de las vasijas la uso en consulta. Porque es verdad, tú eres más valioso una vez que te has reconstruido, porque tienes más herramientas para salir adelante.

—¿Estamos criando a la generación más frágil?

—Puedo decirte lo que veo con jóvenes de veintitantos, que son lo que llaman la generación de cristal. Hay una sobreprotección. Somos una generación de padres helicóptero. Estamos muy en resolverles sus cosas. Tu hijo va a tener que sufrir, para un padre no es fácil, pero es sano para el hijo. Si no asumen sus responsabilidades y no ven cómo es la realidad, llegan a los 22 y, al buscar trabajo, no se sienten capaces. Creo que la función principal como padres es que nuestros hijos sean, el día de mañana, autónomos. Y ahora parece que nuestra función es: «¡Que no lo pasen mal!». La vida no es justa, y hay que aceptar esa parte injusta. La vida trae cosas que no te mereces, pero hay que aceptarlas. Aceptarlas no quiere decir que las veas justas, sino dejar de quejarse. Aceptar que las cosas no son como nos gustaría.

—¿Somos de verdad conscientes de cómo estamos?

—Nos afecta la falta de coherencia entre lo que hacemos y lo que decimos. Eso de estar siempre con el móvil, pero decirles a nuestros hijos que no lo usen. Aprendemos sobre todo lo que hemos visto, no lo que nos dicen que hay que hacer. Nos marca lo que hemos visto hacer. Incluso el modelo de pareja de nuestros padres... Por eso, cuando trabajo con parejas que se van a separar y dicen que prefieren seguir juntos por los hijos, digo: «Precisamente hazlo por los hijos», porque el tipo de pareja que estáis mostrando ellos lo van a repetir.

—¿Qué valor tiene la autocompasión?

—No es tener pena de uno. Es no machacarse. Somos capaces de decirnos cosas que no le diríamos a nadie. La autocompasión es tratarse en las situaciones más duras como tú tratarías a una persona que quieres. Autocompasión es lo contrario de victimismo.

—¿Qué es ser feliz?

—Más que de felicidad, yo hablo de bienestar. El problema es el positivismo tóxico, intentar ver lo positivo de todo. Según los estudios, tu bienestar depende un 40?% de ti, fíjate qué poco. A veces, hagas lo que hagas te vas a sentir mal sí o sí, aunque no haya razones de peso. Tienes todo el derecho a sentirte mal aunque no tengas razones de peso.

—¿Qué es dependencia emocional?

—Parece que no podemos depender de nadie, y depender del otro forma parte de lo natural. Podemos ser dependientes emocionales y muy felices, otra cosa es que mi bienestar dependa única y exclusivamente de que otro esté bien, llegar al extremo de esas personas que necesitan estar con alguien a cualquier precio, para estar bien. Son gente además que no suele elegir bien.

—¿A qué se debe el síndrome del impostor, hoy tan habitual, especialmente en las mujeres?

—Viene de personas con la autoestima no muy sana, con una autoexigencia fuerte, personas que son muy perfeccionistas... Viene a veces de: «¿Y por qué no un 10?» cuando estudiabas. Aún hoy se cree que motiva poner el foco en lo que falta, el «yo sé que tú puedes dar más» no motiva nada. Al revés, es el camino de la insatisfacción continuada, constante. Estoy cansado de ver gente en consulta a la que sus padres de niños les estuvieron continuamente con eso, con el «tú puedes dar más».