Sin ellos no hay vuelta al cole: «Los chavales tienen una mala fama inmerecida»

C. Martínez, L. Cancela, Laura G. del Valle, Laura Placer

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ANGEL MANSO

Las aulas abren en breves y, sin ellos, sería imposible. No enseñan Matemáticas, pero son imprescindibles en el día a día del colegio. Así es el trabajo de las figuras, a veces invisibles, del curso escolar

03 sep 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

La llegada de septiembre es sinónimo de vuelta al cole. El traqueteo de las mochilas, el olor a material escolar nuevo, la prisa por cumplir con los horarios y el deseo eterno de que vuelva el verano. Una ecuación en la que hay figuras protagonistas que, a veces, parecen invisibles. Santi, María Jesús, Mayte, María José y Juan Rama forman parte de ese nutrido grupo de profesionales imprescindibles para llevar a cabo la rentrée escolar. No son profesores, pero enseñan y, en cierto modo, también educan.

SANTI DÍAZ MEJUTO, CONDUCTOR DE AUTOBÚS (A CORUÑA):

«Los chavales tienen una mala fama inmerecida»

Santi Díaz, conductor de buses escolares.
Santi Díaz, conductor de buses escolares. ANGEL MANSO

Santi Díaz Mejuto, de 52 años, conoce las rutas escolares del área de A Coruña como la palma de su mano. Cuenta que empezó en todo esto por casualidad, que se encontraba trabajando en la hostelería en un negocio familiar, «pero con las bromas, ya llevo casi veinte años». En todo este tiempo, la mayoría de los servicios que ha hecho han sido transporte escolar y discrecional, es decir, viajes de pasajeros no regulares, como excursiones. Además, la mayor parte de sus itinerarios son en el área metropolitana de la ciudad, «sobre todo por la zona de Cambre y Culleredo».

El IES David Buján, el IES Alfonso X O Sabio, el CEIP Wenceslao Fernández Flórez, el CEIP Emilio González López o el colegio rural agrupado de Carrio son algunos de los centros a los que el autobusero lleva y recoge alumnos. «Lo bueno que tiene nuestra empresa — siempre trabajó en la misma y desde hace poco pertenece al grupo Alsa— es que intenta mantener a los mismos conductores en las mismas rutas todo el curso. Incluso varios años académicos. O por lo menos hasta ahora, siempre trabajamos así. Y eso siempre ayuda a llevarse un poco más con los chavales y con las familias. Te conocen y tú los conoces un poco más a ellos. Al ser un trato más familiar, también es un poco más personal. Es como otro ritmo distinto», asegura Díaz.

El autobusero resume su día a día en preparar el bus todas las mañanas temprano y empezar con uno o dos turnos de institutos. «Después ya pasamos a hacer la entrada de los colegios, que suele ser un poco más tarde. Normalmente existen unas horas de descanso a media mañana, salvo que haya algún servicio extraordinario, como una visita escolar». Ya al mediodía, realizan las salidas de los respectivos centros, y si tienen clase por la tarde, los vuelven a llevar y recoger.

Díaz suele hablar en plural porque si hablamos de transporte escolar de colegios, no concibe su trabajo sin la ayuda de una figura fundamental: los acompañantes. «Hoy por hoy, son unos profesionales clave en este sector. Sobre todo con los más pequeños, porque aunque da gusto con ellos porque todo les resulta una novedad, puede haber algún caso de algún pequeño más inquieto que, por cierto, siempre saben manejar muy bien». Además, añade: «Creo que su trabajo está muy poco valorado para lo bien que lo hacen».

Los que ya no necesitan el apoyo de esta figura son los jóvenes que ya van al instituto. Esos sobre los que suele existir la creencia de que no se suelen comportar tan bien en el servicio de transporte. Una idea que Díaz niega rotundamente: «Los chavales tienen una mala fama inmerecida. Creo que de unos años para aquí no tienen esa picardía de hacer trastadas como se hacían antes. Ahora van mucho más distraídos con sus temas y no suelen hacer ni travesuras entre ellos, ni al conductor».

Además, el autobusero recalca que el ritmo de los viajes por zonas rurales y del área metropolitana es diferente al de una urbe, donde las prisas impiden un poco más esa buena relación que él acaba formando con sus pasajeros diarios. «Son recorridos más largos, de menos niños en cada parada y te da tiempo a familiarizarte un poco más con todos, con chavales y familias, mientras que en la ciudad es todo un poco más rápido y no te da tanto tiempo a ese trato más cercano».

No lo esconde: está deseando abrir la puerta y ver cómo todos se suben al bus. Sobre todo porque reconoce estar muy contento con su trabajo. «A día de hoy parece que nada es lo suficientemente bueno. Pero, personalmente, no puedo quejarme. Nunca tuve una mala experiencia y sí, me gusta mucho lo que hago». Cuando se le pregunta qué es lo que más le ha marcado durante todo estos años, Díaz confiesa: «Que llegue el final de curso o un período de vacaciones, como Navidad, y que venga un chaval o una familia con cualquier detalle. Desde un dibujo hecho por los niños o una cajita de bombones de los padres. Porque somos unos trabajadores simples y llanos, y que te reconozcan con pequeños gestos tu trabajo diario nos hace bastante ilusión siempre. Es un premio importante para lo que hacemos».

MARÍA JESÚS IGLESIAS, ENFERMERA ESCOLAR (OURENSE)

 «Hay niños que tienen alergias mortales»

María Jesús Iglesias, enfermera escolar.
María Jesús Iglesias, enfermera escolar. Santi M. Amil

Tener una enfermera en el colegio es un lujo con el que todavía muchos no cuentan. El papel de María Jesús Iglesias es vital en el centro de educación especial para el que trabaja, C.E.E. Miño. Fundamental, imprescindible y de peso. Tiene 60 años, y es una veterana en el terreno de la enfermería. Pasó por un hospital, después dedicó parte de su carrera a la geriatría y finalmente le dieron a escoger: o supervisora en una residencia, o novata entre infantes. No lo dudó: «No tenía ganas de compromisos y esto era un mundo completamente nuevo para mí», dice en referencia al colegio ourensano.

Dicho y hecho. En el 2013 comenzó su andadura como enfermera escolar. Una decisión de la que no se arrepiente. «Siempre hablamos de que son nuestros niños, pero algunos ya son mayores porque van desde los 5 hasta los 20 años», apunta, y añade: «Pese a tener alguna discapacidad, llega un punto en el que los ves como si no la tuviesen. Son tremendamente cariñosos, jugamos con ellos, es un trabajo que me da muchísima satisfacción».

Su rutina comienza al mediodía, justo con el turno del comedor. «Primero me reúno con el personal médico y me comenta cómo ha ido la mañana». Habla de incidencias, de alumnos con un problema específico o de controlar las constantes, porque en estos casos, una herida a desinfectar es el menor de sus problemas. «Mientras comen estoy supervisando», reconoce. En cualquier momento puede haber una caída, un atragantamiento o una convulsión. «No sabemos lo que puede pasar. Tanto puede ser una comida tranquila, como una con la tira de incidencias llena», lamenta. María Jesús trabaja mano a mano con el departamento médico del que recibe las indicaciones.

«Hay familias con las que mantengo una gran relación porque sus niños llevan muchos años en el colegio y vas creando un vínculo con ellos», explica. Algo tan poco recomendable como inevitable. «No es bueno, pero lo haces porque pasan de ser un trabajo a una persona que quieres», detalla.

Otra de las claves de su trabajo es la docencia al resto de profesionales: «Hablo con las cuidadoras para alertarlas de ciertas conductas que pueden tener los alumnos y ser peligrosas. Les enseño los síntomas de una hipoglucemia o cómo administrar una inyección». Si algo puede definir su trabajo es una tensión constante: «Es estresante. Por ejemplo, hay niños con alergias mortales. Si pasa algo, no dispones de tiempo para ponerte a pensar», explica.

María Jesús le saca horas al día: «Tienes que actualizarte y estudiar continuamente», destaca. Se lo aplica. Este año acaba de hacer un máster en enfermería escolar. A mayores, redacta sus apuntes: «Tengo unas hojas que yo misma me creé para ver, desde el punto de vista de mi profesión, la evolución de cada niño», detalla, y añade: «Había uno que no quería comer, y a base de sentarme con él y jugar al avioncito, empezó a hacerlo. U otro al que se le redujeron las convulsiones», recuerda. Situaciones a las que lleva enfrentándose 9 años. Eso sí, con orgullo: «Somos un equipo. No hay más ni menos. El médico tiene una función, el conserje otra, pero las dos son primordiales». Y la suya, todoterreno.

MAYTE Y MARÍA JOSÉ, PERSONAL DE COMEDOR (A CORUÑA)

«A los niños de ahora no les gusta tirar la comida» 

Mayte García y María José Rodríguez, trabajadoras del comedor en el colegio Santa María del Mar.
Mayte García y María José Rodríguez, trabajadoras del comedor en el colegio Santa María del Mar. ANGEL MANSO

Las mamparas llevan dos años enclaustrando a los niños en uno de los momentos más felices de su vida escolar: la hora de comer. A diferencia de lo que ocurre en otros centros educativos, en Santa María del Mar (A Coruña) estos instantes son sagrados porque es obligatorio que los alumnos coman en el colegio. Precisamente por eso, las trabajadoras que velan por la buena alimentación de los menores tienen una labor fundamental que la mayoría desconoce.

Solo habían pasado unos minutos de charla con Mayte García y María José Rodríguez cuando apareció el jefe de cocina. Quería comentar que «hay un problema con el día que tenemos ensalada César». La que esto escribe pasó toda su infancia sentada en esas sillas rojas que aparecen en la imagen, y ni idea tenía de que existiera tal puesto en el organigrama del colegio. Tampoco de la absoluta carga de estrés y paciencia que tenían, y tienen, Mayte y María José sobre sus espaldas. «Esto es un engranaje que tiene que funcionar desde que los niños hacen la cola para entrar en el comedor hasta que suena la música para volver a clase; si la fila va con retraso, ya todo se descontrola», comenta Mayte, que explica que a la hora de desarrollar bien su labor es fundamental la coordinación con el personal de limpieza, cocina, y con los profesores de los niños.

La hora de la comida tiene también su parte crítica, en parte porque hay una nebulosa sobre qué papel juegan estas trabajadoras en la alimentación de los alumnos. ¿Tienen la obligación de enseñarles a comer? ¿Hasta qué punto hay que forzar a los niños para que coman al menos un plato? Lo explican: «La base es la familia, y quien tiene que enseñarles unos buenos hábitos a los niños, pero nosotras podemos insistir en que coman, sin pasarnos, y ayudar a que prueben cosas nuevas», continúa Mayte. Pero María José añade que se nota mucho cuando un alumno viene «enseñado de casa y está receptivo a todo tipo de platos, y cuando solo comen fritos, pizza y filetes de pollo».

Según su experiencia, por lo general ahora los menores comen mejor que hace diez y sobre todo veinte años, cuando la alimentación no tenía el papel primordial que ocupa hoy en el imaginario colectivo. Los organismos públicos competentes, por otro lado, se han puesto las pilas para favorecer que los niños se alimenten mejor en la escuela, fomentando el consumo de verduras, legumbres y fruta; en detrimento de los ultraprocesados.

Por otro lado, la conciencia medioambiental está calando hondo en los niños. «Hemos erradicado las guerras de agua y las batallas de pan, por nuestro empeño pero también porque los niños ahora son mucho más conscientes del desperdicio alimentario, a la mayoría no les gusta tirar comida, ni para jugar ni porque se dejan el plato sin probar».

Este positivo cambio de tendencia no tiene su réplica en otros peligrosos ámbitos. En relación a los trastornos de la alimentación, comentan que todos los años, desde hace lustros, hay más o menos el mismo número de casos, «aunque cada vez se ven problemas en niñas más pequeñas», puntualizan. Detectar y controlar posibles casos de anorexia, bulimia forma parte de su día a día. «Si vemos alguna conducta extraña, alertamos al consejero de este alumno o alumna, pero muchas veces es la familia la que avisa al colegio y nosotras tenemos que estar pendientes, para así después pasar un seguimiento por escrito».

Pese a que ambas llevan unos veinte años dedicando tiempo y esfuerzo a niños y adolescentes, los chavales son, precisamente, el motor que les motiva para ir con ganas cada día al colegio. «Somos las únicas del cole que pasamos una hora al día con ellos desde los 3 años hasta los 18, el cariño que les tenemos es inmenso», termina Mayte.

JUAN RAMA TEDÍN, CONSERXE (CABANA DE BERGANTIÑOS)

«Ás veces tes que facer de pai e nai»

Juan Rama Tedín, conserxe.
Juan Rama Tedín, conserxe. BASILIO BELLO

Juan Rama Tedín criouse coma quen di no colexio. Seu pai xa era conserxe e el acabou herdando o oficio. Aínda que sería inxusto atribuirlle só ese labor. En marzo do ano que vén vai cumplir 37 anos no CPI As Revoltas de Cabana de Bergantiños e, malia que ao principio entrou «coas tarefas normais e típicas dun conserxe, que era abrir e pechar portas», non tardou en converterse nun home para todo. «Sempre acabas facendo moitas cousas máis», recoñece. O centro é unha grande engrenaxe que precisa de moitas persoas para saír adiante. «Todos temos que arrimar o ombro para que o colexio funcione e o labor de todos é imprescindible», comenta.

Na súa dilatada carreira no centro ten visto «infinidade de cousas». Nos case 40 anos no colexio tivo que intervir en moitos accidentes. «Son tamén coma un enfermeiro», recoñece mentres lembra as múltiples anécdotas que protagonizou. Con especial agarimo lembra unha vez que recibiu «unha felicitación por privado dunha enfermeira do Chuac». Un rapaz mancárase e como se de MacGyver se tratara colleu «unha regra do encerado para facerlle un cabestrillo, non había outra cousa, así que a envolvín con algodón e unhas gasas e mandámolo así» rememora. O enxeño levoulle a este recoñecemento que aínda lembra con agarimo.

Esta vertente de socorrista é unha das cousas que fai que os rapaces teñan debilidade por el. «Para os nenos o conserxe é como un membro da familia», confesa Juan Rama. «Eu teño a sorte de que os nenos de Cabana de Bergantiños quérenme coma o seu coidador, saben que me teñen aí para cando lles pase calquera cousa», confesa. O labor do persoal non docente nos centros para el é «totalmente necesaria» e «ás veces tes que facer de pai e nai dos nenos». Para el é especialmente sinxelo que os rapaces o teñan de referente porque todas as funcións que asume outórganlle practicamente o don da ubicuidade. Ademais dos case 37 anos de conserxe, Rama leva uns vinte sendo o encargado do comedor. A maiores, consentindo un pouco aos nenos, leva dende 1999 encargándose da organización das excursións. Warner, Salou ou Santander son algúns dos destinos que escolle e Juan é consciente que lle teñen «un cariño especial por iso».

Para el «o colexio é como a miña casa», por iso cada ano o que máis lle gusta é «recibir aos nenos novos». Véndoos crecer forxan unha relación que persiste incluso despois da idade escolar. «A cousa máis bonita é cando te atopas cun antigo alumno», confesa e recoñece que aínda percibe algo de respecto pola súa parte. «Ao mellor pasas por onda eles e están bebendo uns cubatas e xa din: ‘Coidado, aí vén Juan’», comenta entre risas. El nota «un cariño especial que espero que sempre mo sigan tendo» e reivindica o labor de «conserxes, administrativos, cociñeiras...». «O mestre está para educar, pero nós estamos para que o colexio funcione», conclúe.