¿Se come bien en los colegios gallegos?

Dos expertas ponen nota a los menús de un colegio público, otro concertado y uno privado. Aprueban, pero los tres pinchan en los postres y en el abuso de pasta


Por suerte para los escolares gallegos, los menús de los colegios e institutos de la comunidad distan considerablemente de los estándares nutricionales que quiere para los retoños de su país Donald Trump. El presidente estadounidense daba orden hace unos días de aupar de nuevo las pizzas, las hamburguesas y las patatas fritas; en detrimento de la causa que hizo suya Michelle Obama mientras durmió en la Casa Blanca: garantizar una dieta saludable para los más pequeños. Al otro lado del charco, en la esquina noroeste peninsular, los platos de los niños que comen en el comedor del colegio o instituto lucen una variedad de productos bastante digna, se cumple en la mayoría de casos la cantidad reglamentaria de verdura y hortalizas, las combinaciones de los menús son aceptables y entre las opciones de postre se incluye fruta. Dos especialistas analizaron los menús del mes de enero de un colegio público, uno concertado y uno privado, y ambas aseguran estar más satisfechas con el resultado de lo que esperaban. Pero para que puedan ganarse el sobresaliente hay que realizar ciertas modificaciones.

Partiendo de generalidades, las nutricionistas Blanca Couce y Fátima Branco coinciden en afear a los tres centros que continúen ofreciendo natillas, helado o bizcocho en el último paso del menú; en la mayoría de casos, elaboraciones ultraprocesadas. «No pasa nada si estos postres se consumen de forma esporádica, pero no deberían estar presentes en un menú diario», comenta Couce; que también apunta que estaría bien que se indicara en los menús si el arroz, la pasta o el pan son integrales «ya que ninguno lo pone y sería lo recomendable». Branco, por su parte, echa en falta el valor nutricional de cada plato, como recomienda el programa Perseo, al que se adhirió Galicia en el 2011 junto a otras cinco comunidades, y en colaboración con el Ministerio de Sanidad y Consumo de aquel momento. Sí se adecúan a la legislación vigente los tres menús «al admitir modificaciones en caso de alergias o intolerancias; sin embargo ninguno ofrece una opción vegetariana ni una que se pueda adaptar fácilmente a este modo de alimentación», comenta Couce. Respecto a este tema Branco es taxativa. «Los centros educativos no tienen obligación de ofrecer estos menús y lo entiendo; de hecho yo a los niños que vienen a consulta pidiendo dietas veganas estrictas no se las pauto».

Para Couce es especialmente llamativo que en el colegio público y en el privado las legumbres prácticamente brillan por su ausencia; y considera que es el público el que mantiene una mejor alternancia de proteínas animales y vegetales. Respecto a este mismo colegio, pone la pega de que aunque hay bastantes platos con verduras, quizás las elaboraciones no sean lo suficientemente atractivas para los niños. Lo mismo ocurre con algunas combinaciones semanales. «Hay días que a nivel energético hay exceso de hidratos de carbono y, otros, defecto».

Facilitar la tarea a los padres

Del colegio concertado, Branco destaca de manera positiva que el menú ofrece recomendaciones de cenas saludables para los padres, y está equilibrado en verdura y hortalizas. «Sin embargo eliminaría la pizza, se pasa con las cantidades de pasta y abusa del dulce en los postres». También hay más platos de pasta de lo recomendado en el menú mensual del centro privado, «y muchos platos ultraprocesados como hamburguesas de pescado, salchichas o pizza».

Dado que en dos de los casos (privado y público) aparece indicado que los menús corresponden a enero, las expertas se preguntan si se repiten estas combinaciones todos los meses. De ser así, como en el caso del concertado, habría que cambiar alguna elaboración. «Es importante adaptar los platos a las estaciones; no apetece lo mismo un potaje en junio que un gazpacho en diciembre», apunta Couce.

«Para o meu fillo de cinco anos un porco non é un alimento. É tan difícil respectalo?»

Laura G. del Valle

La viguesa Rebeca Bande reclama, a través de una comisión de comedores, que se respete la decisión ética de los menores veganos en los colegios públicos

Rebeca Bande dejó de comer carne en la adolescencia tras ir de excursión a una granja. Pero no fue hasta hace ocho años que abandonó el pescado, iniciándose así en la dieta vegetariana. El cambio definitivo llegó, sin embargo, cuando se quedó embarazada. «Volvínme unha friki da alimentación», comenta, para acabar explicando que desde entonces es vegana. Sus hijos, de 5 y 7 años, no tendrán que pasar por esta transición porque nunca han probado la proteína animal. «Na miña familia somos todas veganas, e para nós un animal non é un alimento; non todo o mundo respecta esta idea, ¿é tan difícil?». Cuando esta viguesa de 37 años habla en genérico se refiere, particularmente, a aquellos que ponen trabas para que su hijo menor pueda tener acceso a un menú vegano en su colegio público. El caso de su hijo mayor es diferente, pues al pequeño sí le permiten acudir a la escuela con la comida de casa. Insiste: «Ser vegano non é unha moda, é unha decisión ética que en Galicia comparten centos de familias».

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