«Pasé de no poder ir a por el pan a dar 6.000 pasos»

Todo gracias a David. Su entrenador deportivo y rehabilitador ha sido su salvador, el que le ha devuelto parte de la calidad de vida perdida en los últimos años. Esther, más pronto que tarde, habría acabado en una silla de ruedas


Gracias, gracias y gracias. Esther Rodríguez no se cansa de decírselo una y otra vez a David Rodríguez Rey, el joven preparador físico y rehabilitador de lesiones (colegiado 59.498) que consiguió a través de una serie de ejercicios devolverle parte de la calidad de vida que había perdido en los últimos años. Porque esta vecina de Pontevedra estuvo a punto de tirar la toalla, incluso reconoce abiertamente que de seguir en las circunstancias en las que estaba acabaría más pronto que tarde en una silla de ruedas: «Sí, sí. ¡Pero si para subir solo nueve escaleras que tengo en mi portal necesitaba ayuda!».

Sus problemas de espalda comenzaron hace años. Ella ya ha pasado siete veces por quirófano: «Tengo artrosis cervical, como tiene casi todo el mundo. Lo que pasa es que lo mío es superior. A mí me salieron dos hernias en la cervical 5-6 y en la 6-7. Y me las operaron, me fijaron las cervicales. Eso fue hace nueve años porque tenía muchísimos dolores de cabeza y además me dolía un brazo, no lo podía levantar porque estaba pinzado. También se me agarrota la espalda, de arriba a abajo, y el cuello. Después de que me operaran estuve una temporada bien, pero volví a tener ese terrible dolor de cabeza y también dolor en el brazo». En ese momento, su neurocirujano le prescribió hacer rehabilitación: «Pero la mejoría era momentánea. Luego volvían los dolores. También fui a piscina. En la hora que estaba dentro del agua, mi cuerpo flotaba y no sentía toda la carga que aguantaba durante todo el día, pero en cuanto salía, ya lo notaba», confiesa Esther que reconoce que sus salidas a la calle se redujeron a lo imprescindible.

«Yo no tenía calidad de vida, estaba tirada en la cama prácticamente siempre. ¿Compromisos sociales? Los había quitado todos. Si había algún entierro que tenía que ir sí o sí, me llevaba mi marido hasta allí y aparcábamos cerca. Hasta tengo dos bastones de caminar para poder apoyarme, pero me duelen los brazos, entonces tampoco podía hacer nada». El simple hecho de ir a comprar el pan era un auténtico suplicio: «Tenía que ir parando poco a poco y apoyándome en las esquinas». El súper, lo tiene muy cerca de su casa, pero aún así tenía que apoyarse en el carrito de la compra mientras su marido metía las cosas en él. Ella no podía: «No podía hacer nada. Llegaba a la cocina por la mañana para preparar la comida y me ponía a pelar una patata, y tenía que sentarme. Me tenía que duchar sentada en un taburete. Lavarme la cabeza era un suplicio porque tenía que levantar el brazo...». No es de extrañar que la llegada de David Rodríguez a su vida fuera «un milagro».

Supo de él por casualidad, porque tiene una sala en el Centro Fisabi de Pontevedra. Al llegar allí, Esther le comentó al encargado de las clases que quería hacer pilates, pero al contarle los problemas que tenía, le dijo que ella necesitaba una atención diferente y le recomendó hablar con David: «Entonces salió en aquel momento de la sala. Me examinó, me vio cómo me levantaba, que no me podía levantar, cómo me sentaba, que tampoco me podía sentar, y me dijo que creía que podía ayudarme y que íbamos a probar unas sesiones a ver si notaba mejoría».

MEJORÍA DESDE EL PRINCIPIO

Pero desde el principio ya ella se dio cuenta de que todo iba bien: «Yo salí de allí cansada, pero sin dolor de cabeza y de espalda. Después de tantos tratamientos en rehabilitación nada conseguía dejarme bien durante más tiempo que un día». Eso la animó muchísimo: «Poco a poco fui progresando. Caminar ya no me suponía tanto esfuerzo. Pasé de no poder ir ni siquiera a comprar el pan a realizar hace unos días 6.000 pasos. Incluso no podía bañarme en la playa porque cuando una ola me golpeaba el cuerpo se resentía. Ahora eso no ocurre», dice.

David no cree que todo sea mérito de él y opina que en toda esta evolución, la constancia y la perseverancia de Esther han tenido mucho que ver: «Yo simplemente hago mi trabajo, que es que la gente mejore, y sobre todo, que consiga sus objetivos. En este caso era que ella pudiese caminar sin dificultad, y coger algún peso. Aunque a veces en eso se pasa un poco», le recrimina cariñoso.

David apenas tiene 27 años, pero su juventud no le impide una dilatada formación y experiencia. Además, su especialización en rehabilitación de lesiones le ha tocado muy de cerca desde niño: «Tengo un caso bastante cercano de la familia que ha tenido bastante problemas de columna. Por eso siempre me ha llamado mucho la atención eso. Me vi muy motivado desde joven al ver un caso tan cercano y me intrigó mucho, por eso quise especializarme en eso», dice.

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