Chistes de gallegos


Me pilló el narcosubmarino y el chiste de Arguiñano a quinientos kilómetros de Galicia. Son estos dos asuntos distintos con un solo dios verdadero: el de las presunciones con las que nos definen los de fuera. El cocinero soltó una babosada en prime time sobre mujeres violadas y gallegos. La típica supergracieta del antiguo régimen que sigue en circulación y que nadie censuró hasta que el manto de Twitter cayó sobre el marmitón y lo dejó con todas las vergüenzas al aire, como correspondía. La ingenuidad engendra una duda: cómo es posible que alguien piense que una ocurrencia tan zafia y ramplona puede hacerle gracia a alguien.

Lo del narcosubmarino tiene otra entidad. A quinientos kilómetros de Galicia el hallazgo impactó tanto que estoy por asegurar que todos los paisanos desplazados estos días tuvimos que dar explicaciones. Ya las series le han ido dando al narcotráfico una textura de fábula con moraleja difusa, pero la incorporación a la ecuación de batiscafos con fardos cierra un cásting que desde lejos se observa con un asombro juguetón. Siempre que se aborda el asunto aparece esa media sonrisa con la que se escuchan las anti-gestas de los miñancos y que el submarino ha elevado a una categoría cósmica. Un ingeniero naval confiesa en la radio su interés en visitar el sumergible y averiguar cómo se ha adaptado una tecnología tan delicada. La incautación confirma una leyenda, la de los narcosubmarinos que cubren la ruta Colombia-Vilagarcía, la de los fondos marinos sembrados de cadáveres de naves abandonadas tras cumplir su cometido. El monstruo de Ness existía.

Aparece este transporte cuando las miradas se habían girado hacia Algeciras y algunos se apresuraban a dar por zanjada la Galicia del narco. Pero el submarino es una metáfora de por dónde van las cosas ahora, más sumergidas que nunca. Hay un fracaso del relato que no ha conseguido trasladar a la sociedad el desastre que supone ser líderes en una actividad como esta. Como en el Chicago criminal de la ley seca, Galicia ofrece un material narrativo muy suculento que el batiscafo no va a hacer más que ensanchar. Se veía estos días a quinientos kilómetros, en donde los matices se desprecian y triunfan los chistes de gallegos atontados que trafican con farlopa en submarinos.

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