Besos y abrazos


Guarden en el cajón en el que solían archivar los álbumes de fotos la del abrazo de Sánchez e Iglesias porque es un chispazo histórico. Tiene en concreto la textura de esas imágenes que concentran la sustancia de una época como la tuvo la estampa de Felipe y Guerra en el balcón de Ferraz, la de Aznar con los pinreles en la mesa de Bush estamos-trabajando-en-ello, la de Zapatero ante las tropas USA o la del desconcierto de Rajoy abandonando el Congreso tras la voladura inesperada de su presidencia.

Hay mucha tralla política en ese abrazo aunque hoy aquí me interese solo el toqueteo, esa aproximación carnal entre dos hombres con poca química cuyo repentino vínculo corporal desata un ohhh bobalicón en la audiencia, entre cínica y obnubilada, pues siempre un buen beso garantiza un buen share.

Por tiro de cámara, la historia solo recordará la cara de Iglesias y el cogote de Sánchez, pero en el apretón de esos dos hombres condenados a entenderse hay mucho siglo XXI, un paso de baile imposible hace no tanto. Lo hay, primero, en esa efusividad casi sexual, con Sánchez alzando la chaqueta de Iglesias como solo pasa durante las urgencias carnales y la ropa se convierte en un sudario del que hay que desprenderse ya. Hay siglo XXI, también, en la coleta de uno de estos hombres, una extensión capilar que cuando la democracia re-arrancó en España era motivo de despido disciplinario en cualquier empresa. Y lo hay también en el fondo, porque ese abrazo es el de la posible primera coalición de gobierno de España, un Estado que sigue teniendo primeras veces, así de adolescente anda todavía.

Desatendemos demasiado lo que el cuerpo comunica cuando se cruza con otros. Un notario atento y perspicaz de esos cruces encontraría información subliminal valiosísima en todo lo que no es verbo, porque casi siempre es más involuntario y cierto. Esa distancia que se acorta unos milímetros más de lo que determina la convención, la mirada que se sostiene tres segundos más de lo debido. Las manos que se estrechan, firmes, como indicio de fiabilidad o las que se cuelan, pegajosas, como una premonición de la traición. Hay muchos códigos culturales, un catálogo casi infinito entre el apego del sur y la separación más gélida del norte. Los hombres, por ejemplo, entrenan últimamente las posibilidades del tacto y son muchos los que ya se atreven a besarse en público sin remordimientos absurdos. Los niños poco besados suelen ser adultos sin esa red que envuelve la felicidad y que se llama autoestima.

Por eso en tiempos absurdos los besos pueden ser una revolución.

FOTO: PACO CAMPOS | EFE

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