Al Tíbet de despedida de soltero

FUERON OCHO DÍAS, pero a Alfonso Novo, distinguido entre los mejores fotógrafos de España, le cundieron como años. De la experiencia de altura (¡4.000 metros!) se trajo un álbum de fotos de premio y una historia que no acaba en resaca


Para disfrutar de la belleza del atardecer en el monte Xixabangma, descubrir a los Cuatro Reyes Guardianes y llegar al corazón de la región más alta de la tierra necesitas un visado especial. «Y debes contratar a una agencia de allí, que te guía toda tu estancia. No puedes moverte ni hacer lo que quieres. En todas las esquinas de todas las calles hay militares, pero enseguida te acostumbras». Pese al despliegue militar que hace patente la soberanía china sobre el Tíbet, Alfonso Novo (Ribeira, 1971) se sintió en las alturas del Dalai Lama como en casa. «Hay más controles que en los aeropuertos, pero la gente es maravillosa», asegura Alfonso, distinguido la semana pasada con el premio al mejor fotógrafo de España en dos categorías (en la de reportaje y en Boudoir o posado sensual).

Antes de hacer de su pasión, la fotografía, oficio, este artista coruñés estuvo un par de años viviendo en China, trabajando en una empresa de energía. «Me volví cuando mi hijo mayor, Manuel, sufrió un derrame cerebral», cuenta sobre uno de los golpes más duros de su vida.

El tiempo que pasó en China, Alfonso convivió con un intérprete en Taiyuán. «Me convencieron de que lo mejor, lo más operativo, era que viviésemos juntos y la amistad que entablamos se hizo fuerte. Yo necesitaba a Kai para casi todo, y no perdí nunca el contacto con él», comparte Alfonso.

INVITACIÓN SORPRESA

A principios de este año, Kai llamó a Alfonso con una noticia: «Me caso». Y una pregunta: «¿Vienes a la boda?». Alfonso le dio a su amigo el sí de invitado, y la propuesta de su intérprete fue a más: «¿Nos vamos al Tíbet de despedida de soltero?». Se regalaron el viaje que siempre había soñado Kai. «Fue fantástico, no solo ir al Tíbet, sino ir a disfrutar en el Tíbet de tiempo con mi amigo», valora Alfonso sobre esta experiencia de altura. Fueron ocho días, pero a él le cundieron como siete años de peli. Y perviven en un álbum de fotos que muestra el encanto y la singularidad zen de una cultura milenaria, entre las que están algunas de las finalistas a los Premios FEPFI a los mejores fotógrafos de España.

La despedida de soltero de Kai dio a Alfonso también la ocasión de volver de nuevo a Taiyuán y la de conocer Qingdao, la ciudad en la que Kai se casó. «Yo hice el reportaje fotográfico de su boda, ¡por supuesto!», comenta sobre un viaje que tuvo su suspense. «El permiso para ir al Tíbet no llegaba y se acercaba la fecha de salida. Tenían que enviarme desde allí el documento del Gobierno chino. Como no llegaba, a Kai se le ocurrió una idea particular. Me dijo: ‘¡Ya está!, cuando llegues a Beijing [Pekín, que tiene el aeropuerto más grande del mundo] habrá alguien esperándote. Yo te mando foto del tío’. ¿Cómo? Yo no iba a tener tiempo en Beijing ¡y no me iban a dejar ir al Tíbet sin los papeles!», cuenta Alfonso, que siguiendo la sobria instrucción de Kai dio, curiosamente, con el hombre que debía entregarle, en el aeropuerto más grande del mundo, la «llave» para entrar en el mágico Tíbet.

El Tíbet recibió a la pareja de amigos al modo Rosalía, con altura. «Al poco rato de estar allí notas que te falta el aire, empieza a dolerte la cabeza, el mal de altura es algo importante. Un detalle es que en el hotel siempre tienes en la habitación botes con oxígeno, por si te da la pájara. Realmente, lo notas», señala Alfonso. Lo que más le sorprendió a él del Tíbet fue la actitud de la gente. «Son muy amigables. He visto a un tío caérsele un billete y a otro recogerlo e ir corriendo detrás para entregárselo. Es algo que tiene mucho que ver con los valores y el budismo tibetanos», subraya.

Las fotos hablan por sí mismas, cuentan historias reales que existen más allá de la necesidad de mostrarse, del like de Instagram. «Estos monjes no están ahí para que les hagan fotos, pensando en atraer al turismo. El Tíbet es lo contrario a un destino de parque temático», comenta Alfonso mostrándome una de sus fotos (imagen superior), en la que captura un momento de un debate entre estudiantes en un monasterio del Tíbet. Los colores, intensos. Los gestos, firmes y elocuentes. «Aquí está prohibido hacer fotos, pero Kai me echó un cable, me presentó como el mejor fotógrafo de España. Les dijo que había ido hasta allí a documentar el valor de su cultura», cuenta.

La despedida de soltero en el Tíbet no acabó en resaca, fue un desafío de altura para Alfonso y para una gran amistad.

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