La decisión de Carlos


La gran noticia de la semana ha sido que el mejor expediente del año quiere ser dramaturgo y no ingeniero. O médico. O abogado del Estado. La mayoría no conocemos de nada a Carlos, pero una especie de calambrazo de orgullo nos ha recorrido el espinazo a quienes creemos que la vida debe ser mucho más que una cuenta de resultados saneada y un puestazo en un consejo de administración de una compañía eléctrica. Carlos es ese buen hijo que después de atender con brillantez la vida académica se planta a los 18 con una salida poco recomendable. Con su vocación artística le levanta el dedo corazón, bien firme, al capitalismo, al liberalismo, a la productividad, a los bienes de consumo, a la competitividad y a la explotación de los desheredados de la tierra. Por eso nos conmueve tanto la decisión de Carlos. Que el mejor expediente académico de España, un 14 sobre 14, quiera escribir obras de teatro es muy importante para el teatro, pero también es muy importante para nosotros.

El sueño de Carlos es estrenar un musical desde que un día se subió a un escenario. Ese fue su eureka. Debió de escucharlo por el 2015, justo cuando el Gobierno de Rajoy decidió expulsar a Platón de las aulas y arrinconar a Aristóteles para hacerle un hueco a contenidos más prácticos, de los que los niños necesitan para convertirse pronto en obreros cualificados. Aquello fue una ocurrencia de un ministro llamado Wert, aquel que confiaba tanto en la escuela como molde para el correcto votante que quería españolizar a los niños catalanes desde las aulas.

Wert ya no está, pero estos días hemos vuelto a comprobar que hay algo en nuestro ser colectivo que recela de todo lo que suene a arte y pensamiento. Es una indicación adolescente, la misma que te llevaba a impostar un desprecio áspero justo con el chaval que te molaba. Ese desdén es el de los responsables del examen de Fundamentos del Arte de la última selectividad que presentaron a los bachilleres versiones distorsionadas de grandes obras de la pintura. Los grises plomizos del romántico Friedrich aparecían como azules chillones. Y un cuadro de Dalí era un salpicón de píxeles. Menudencias sin importancia. Igual que una coma mal colocada. Vamos a comer, niños. Vamos a comer niños.

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