Cecilia Freire: «No soy una Candy Candy que va por ahí salvando palomas»

Dice que su imagen nos confunde, que tiene más carácter del que creemos, y precisamente ha sacado a relucir parte de ese lado oscuro que asegura tener en su último proyecto, «Justo antes de Cristo», una comedia de romanos que se estrenó ayer en Movistar


No es partidaria de mostrar el lado más íntimo de su vida para no fagocitar a sus personajes. Aun así, Cecilia Freire (Madrid, 1981) transmite mucho. Sobre todo buen rollo, aunque ya nos advierte de que tiene también sombras. Como Valeria, la hija del general que interpreta en Justo antes de Cristo, una comedia de Movistar a medio camino entre lo creíble y lo increíble. Aunque dice que no tiene reparo en despedirse de los personajes a los que da vida, «lo cierto es que en los próximos meses a nivel simbólico estaré más en el pasado que en el presente o futuro» -confiesa la actriz- ya que volverá a meterse en la piel de Rita y Ángela para despedirse como se merece de Velvet y La otra mirada. «Nunca me he movido por dinero. Simplemente se trata de hacer una despedida más dulce», reconoce la madrileña.

-Si en algo tenéis razón el reparto de «Justo antes de Cristo» es en que nunca se había hecho nada parecido.

-Cuando me llegó el guion me pareció absolutamente delirante, es muy ingenioso, y una mezcla muy curiosa porque es una comedia muy en serio. La resolución es superfidedigna, los decorados son espectaculares, y si le metes humor es doblemente gracioso. El humor va desde Berlanga, José Luis Cuerda... y eso inspirado en la época romana es un cóctel molotov.

-Hay cosas que no sabes si creerte o no.

-Exactamente. Es una especie de sainete y de vodevil también, a veces los capítulos entre sí varían, el tono... también al ser pildoritas de 26 minutos creo que causa una impresión como si fuera un trueno.

-¿Cómo te hubieras sentido viviendo en el año XXI a. de C. con el papel que tenía la mujer en aquel entonces?

-Es lo que le pasaba a mi personaje que si hubiera nacido, hombre, saldría en los libros de historia, ella es la hija del general, y cuando escuchamos «hija de» parece que es a la que han metido a dedo, y que es una gorrona...

-Y es la que corta el cotarro.

-Clarooo, ella tiene la guerra en su cabeza, tiene las estrategias, ha hecho que su padre sea general, es una tía de rompe y rasga. La pena es que la han obligado a casarse y a tener hijos, y no puede hacer mucho más que poner buena cara y hacer la guerra por detrás.

-Por fin has hecho de mala, hasta le clavas el cuchillo a uno.

-Oye, pero Valeria lo hace sufriendo, se tiene que ensuciar las manos porque tiene una hija adolescente a su cargo, una esclava y un eunuco, y el padre es como si fuera su hijo. Ella aprieta los dientes y tira hacia delante, como hacemos todos.

-Es una Cecilia muy diferente a la que estamos acostumbrados a ver.

-Desde luego, yo entiendo que tengo cara de maja, me ven con los ojitos azules y el pelo rubio, y dicen: ‘Esta tiene que ser simpática, dulce, buena’, el adjetivo más aburrido con el que puedes catalogar a una persona. Pero afortunadamente Cecilia en el mundo real es muchas cosas. No soy una especie de Candy Candy que voy por ahí salvando palomas...

-Pero tampoco te imagino sacando tu lado más feroz.

-Pues te voy a pasar el teléfono de un par de personas, les preguntas la mala hostia que puedo llegar a tener y no te las crees.

-No.

-Eso es lo peligroso de las que tenemos cara de dulce, que cuando llegamos somos rápidas y mortales, y no nos ves venir, pero sí, sí, yo he hecho kick boxing... Por puro equilibrio, la ilusión, la bondad tienen que estar acompañadas de vísceras, perversión y sadismo, si no, no es divertido.

-¿Qué hace que saques ese lado oscuro?

-La injusticia es de las cosas que más me enfadan, el abuso de poder, la opresión de gente que no ha nacido con tan buenas cartas...

-Pero, ¿y en el día a día?

-La mala educación, la invasión, cuando alguien se dirige a nosotros, o al gremio, con faltas de respeto. Recuerdo una vez que no sé quién dijo: ‘Uy, las nueve y media de la mañana. Para ti esto debe de ser madrugar’. Y yo le dije: ‘Normalmente cuando grabo una serie me levanto a las 5.30 de la mañana, así que he empezado a trabajar cuatro horas antes que tú’. Esa idea de que los artistas somos unos vagos, o que vivimos del cuento, me enfada mucho.

-Y ese carácter de extremos es por lo que le pusiste La Bipolar a tu compañía de teatro.

-Uy, te veo muy bien informada. Curiosamente, yo no lo elegí, teníamos diferentes opciones y lo elegimos por votación el montaje en el que estábamos el director, el otro actor y yo. Ahora me he quedado de representante de la compañía, y cada vez que lo digo, la gente se ríe porque piensa que está basado en hechos reales. Pero, bueno, yo si solo tuviera dos polos, sería feliz, pero tengo cuatro, seis, ocho... depende del día.

-Esta bien eso, porque así te adaptas a las circunstancias.

-Exactamente. Había una serie que se llamaba The United States of Tara de la actriz australiana Toni Collete, que hacía de cuatro personajes, dependiendo de para qué circunstancias salía uno de ellos. Así que está bien o sacas una carta o sacas otra.

-¿Qué tiene el teatro que no puedes vivir sin él?

-Es una droga. Es la desnudez entera del actor, estás sola ante el peligro, no hay intermediarios, no hay segundas tomas, no hay montaje. Eso de estar tan en contacto con el público no se puede cambiar por nada.

-Pero tampoco dejas la tele.

-No, claro, es que lo chulo es que una cosa ayuda a la otra. A mí la tele me da estabilidad económica para poder embarcarme en proyectos más arriesgados de teatro, porque yo en La Bipolar estaba como productora. Además, el teatro a veces te demanda el tener una cara conocida y eso lo consigues saliendo en un medio más multitudinario.

-Eres una persona alegre, se te nota hasta en la voz, pero dices que hay muchas cosas que no te hacen gracia.

-Cierto, porque tengo un sentido del humor muy oscuro, por eso te digo que confundo, la vida no me ha dado la oportunidad de expresar el 50 % de lo que tengo. Soy la típica cabrona, que se ríe cuando alguien se cae... La que hace de mi hija en la serie se dio una hostia con el poste de la tienda de campaña, que yo todavía me estoy riendo. Es de estas caídas de las que uno no se puede reír, no, no, es que se ha hecho daño, pues yo me caigo al suelo y hago la croqueta. A mí hay cosas que no me deberían de hacer gracia, pero que conectan con un punto de vista así un poco maligno que me divierte.

-La serie describe los clásicos estreses de la vida moderna, ¿tú eres de las que se estresa o vas a tu ritmo?

-Me estreso mucho.

-Hablas muy acelerado, no sé si vas al mismo ritmo, pero parece que sí...

-Pues con todo lo que estamos haciendo, la conciliación del trabajo y la maternidad, que le pasa a todas las mujeres, es muy estresante. El otro día leí una gran frase: ‘Se espera que las mujeres que trabajen no tengan hijos, y que las que tengan hijos, no trabajen’. Se comportan como si las mujeres pudiéramos ser superwomen, llegar a todo, con una sonrisa, el vientre plano, no quejarte y estar ahí siempre... y eso me estresa mucho.

-Dices que para valorar bien tus personajes intentas que se sepa lo menos de tu vida privada, ¿por eso tampoco tienes redes sociales?

-Totalmente correcto. Yo creo que cuando la persona es demasiado importante fagocita a los personajes, yo lo que quiero es trabajar, todo lo demás que hay alrededor es para promocionar mi trabajo, pero no debería de ser interesante, ni cómo soy, ni adónde voy, ni dónde vivo, ni cómo me visto, ni nada de nada... Quiero que la gente sepa de Valeria, de Rita, de Ángela... y todas esas mujeres maravillosas que he tenido la suerte de interpretar.

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