Esa física y Pilar


La noticia esta semana, chicas, es que una mujer ha ganado el Nobel de Física. Hacía cincuenta y cinco años que no sucedía, algo que se entiende bien si se considera que solo dos mujeres (de los 210 premiados) habían sido reconocidas hasta ahora en esta disciplina, incluida una genia llamada Marie Curie. A una tercera, Jocelyn Bell Burnell, su director de tesis le robó la medalla; ella descubrió los púlsares pero fue él quien se llevó el premio que le correspondía a aquella estudiante de doctorado que tuvo que convencer a su profesor de que aquellas extrañas radiaciones registradas por primera vez en 1967 correspondían a un tipo desconocido de estrellas de neutrones.

En el conocimiento general sigue siendo posible que de una señora se premie su literatura pero improbable que lo que se considere extraordinario sean sus conocimientos sobre el principio general de lo que somos y de cómo lo somos. El Nobel se le concedió esta vez a la canadiense Donna Strickland por haber contribuido a crear los pulsos de láser más intensos jamás manejados por la humanidad, signifique esto lo que signifique, porque a partir de un momento la ciencia deja de ser escrutable para las inteligencias mediocres y se convierte simplemente en poesía. Ella y otro de los galardonados colaboraron en el desarrollo de una técnica conocida como amplificación de pulso gorjeado cuyo mecanismo no podría ahora resumirles como en realidad casi ninguno de los que sustentan las tecnologías que nos han permitido llegar al siglo XXI incluido el motor de explosión y si me apuran hasta la rueda. Algunos, si un agujero de gusano nos trasladara al siglo XII, no podríamos reproducir del presente ni una triste bombilla. Nuestro conocimiento del progreso quedaría reducido a un fértil delirio.

«ESTÁN AHÍ FUERA»

«Las mujeres físicas están ahí fuera», constató el martes Strickland cuando le comunicaron que había ganado el Nobel. La frase no solo confirma que hay señoras que se dedican a la física, sino que lo normal es que lo hagan fuera del perímetro, en ese territorio plagado de peligros y sin normas que tan bien intuimos cuando el sargento Phil Sterhaus de la comisaría de Hill Street le decía a sus polis: «Tengan cuidado ahí fuera».

Las mujeres que hacen ciencia siguen viviendo fuera del perímetro, aunque haya colectivos empeñados en romper esos contornos. Uno de ellos es la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas que la semana pasada se reunió en A Coruña para dejar en evidencia lo bien pertrechados que están algunos cerebros a quienes la sociedad conoce más bien poco. Las científicas de AMIT premiaron a dos colegas: la asturiana Rosa Menéndez, la primera presidenta que tiene el CSIC, una química que durante años dirigió el Instituto nacional del carbón, y la lucense Pilar García Negro, unha das boas e xenerosas, una tipa muy lista, de selecta ironía, compromiso obstinado e inquebrantable, oradora persuasiva y narradora de heterodoxias e injusticias. Pilar, claro, habló para AMIT de Rosalía, y sentenció: «O sexismo non é un atavismo do pasado, é unha potente maquinaria que continúa a manter un sistema que se alimenta acotío da subordinación, do mantemento dunha xerarquía a despeito do igualitarismo legal». Una maquinaria que, como dice la Nobel de Física, mantiene a las científicas ahí fuera. ¿Cuántos de nosotros sabemos que la primera mujer que defendió una tesis doctoral sobre astronomía en la universidad española fue una ourensana que se llamaba Antonia Ferrín? Nos lo recordó Pilar.

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