Madre tras ocho intentos

ELLOS VUELVEN A EMPEZAR Después de superar ocho procesos de inseminación, Estela será en solitario madre de mellizos. Iván se encontró este verano una maleta al lado de un contenedor, sintió que era una señal y voló a Bruselas, y« Aliénor estrena el trabajo de sus sueños en París. Curso nuevo, vida nueva. Septiembre es un mes de principios


Estela, militar de la Marina, mira el mar y el porvenir en el puerto de Sada, donde hoy vive con su madre, contando los días para la llegada más feliz y peleada de su vida: la de sus mellizos. «Serán niño y niña, Erik y Sophie», comparte. Los niños, que nacerán según lo previsto a principios de diciembre, llegarán como un anticipo estrella de la Navidad tras un camino de dificultades. Erik y Sophie son un principio para Estela, y el final de nueve años de intentos, en los que ha superado ocho procesos de inseminación y una ruptura de pareja sin desistir de su instinto. El sentimiento maternal es fuerte en ella, que siempre tuvo claro que quería hijos («Mi pareja lo sentía de otra manera, y seguimos caminos distintos», zanja) y se propuso intentarlo hasta el final, hasta que el cuerpo dijese basta. «Mientras no venga la menopausia, yo voy a seguir intentándolo», se propuso. Y así afrontó los sucesivos procesos de fertilidad para convertirse en madre. «En cada uno de ellos pueden sobrarte óvulos para congelar o no. Las dos primeras veces no me sobraron, pero la última sobraron seis», explica, y no desaprovechó una opción. Hasta que la vida prendió dos veces.

SU VOCACIÓN

A la octava fue la vencida para esta madrileña de 34 años, coruñesa de corazón, que descubrió su vocación tras quedarse en paro. Estela es gallega por parte de abuelos, de padres vascos, y se vino de Madrid a A Coruña cuando a su padre, guardia civil, lo destinaron aquí. Hasta el 2009, trabajaba como azafata de vuelo, su primera profesión, en la que despegó con 18 años. «Cuando Spanair cerró, me quedé en paro. Tenía que pagar la hipoteca y estaba sin trabajo. La crisis. Me metí en la Marina. Y ahora sé que es, sin duda, mi vocación», asegura.

Su embarazo va rodado. «Mi tripa está grande, pero todo va bien. Genial, genial», dice por los dos soles que espera, que se mueven mucho en la barriga. «¡Se pasan el día de fiesta! Pero por la noche paran un poco, me dejan dormir», se consuela. Su barriga apunta al frente, es como un saludo marcial con una autoridad natural de peso.

Con Erik y Sophie dentro, Estela se siente tres veces viva. Ella vuelve a empezar. Y lo hace sin miedos, tampoco a mirar atrás. «Estoy contenta, orgullosa, volvería a pasar por todo esto otra vez con los ojos cerrados», sostiene esta mujer, que fue melliza. «Mi hermano murió al nacer. Así que crecí y soy hija única», cuenta quien valora el gran apoyo que tiene en su madre.

Las trabas en nueve años de lucha para tener hijos, valora, han sido pocas, exceptuando las que, matiza, existen para la adopción, sobre todo nacional. «Debería ser más accesible y con menos tiempo de espera. Y le pediría al Gobierno que revisase su postura sobre los vientres de alquiler», comenta poniendo el dedo en la llaga de la industria de la gestación subrogada.

Estela trabaja en un mundo de hombres. ¿Se siente sola? «No. La Marina es un mundo machista entre comillas. Pero yo no lo veo así, no lo he sufrido. Al revés, he tenido toda la comprensión y el apoyo. Desde el principio se portaron muy bien. Cada vez que tenía que hacerme un tratamiento, me decían: ‘Coge la baja, tranquila, que todo te salga bien’», afirma. Ahora se encuentra de baja, situación en la que lleva desde que empezó el último proceso de inseminación: «Continué de baja con el embarazo y voy a seguir con la lactancia».

Su hogar, donde conviven felizmente Penny y Fito, una perra carlina de un año y un gato negro precioso de 17 que Estela rescató de un contenedor de basura cuando aún era azafata y vivía en Tenerife, ya está preparado para la llegada de los mellizos Erik y Sophie, el sueño en gestación de Estela. «Hay cosas por montar, pero lo importante está listo». Por partida doble.

«Vi la maleta en la calle y pensé: ¡Es una señal!»

Él siempre fue de septiembre. Más de septiembre que de enero para estrenar calendario y volver a empezar. «Para mí este mes es un principio. Es buena época para el cambio, y el cambio es algo que rejuvenece un montón», considera Iván Castro, que voló de A Coruña a Bruselas el día 6. Se fue sin billete de vuelta, sin plazos. «Yo necesito moverme. Sobre todo, busco un cambio para crecer profesional y personalmente, porque una cosa suele ir con la otra», afirma. Iván estuvo un tiempo viviendo en Madrid y luego en Londres, una ciudad «dura» que le dio grandes oportunidades. «Me fui a Londres sabiendo que no iba a ser un viaje definitivo, y me voy a Bélgica sabiendo eso mismo», comparte este coruñés de 35 años que en la foto se sienta en la maleta que le impulsó a darle un viaje a su vida. Es una Samsonite grande, que tiene llaves y una historia. «Este verano en Coruña, después de unos conciertos, iba yo con unos amigos y vi la maleta al lado de un contenedor, una Samsonite en muy buen estado, con sus llaves. Lo primero que pensé fue: ‘¡Es una señal! Está para mí’».

Bruselas no ha sido un destino al azar. Iván se debatía entre Ámsterdam y Bruselas, buscando sobre todo un sitio «bien comunicado». A este escaparatista de moda que ha trabajado para Inditex, H&M o TopShop y estudió comercio internacional le mueve la sed viajera. «En Bruselas tengo París a una hora, Ámsterdam a hora y cuarto, Londres a hora y tres cuartos, Alemania ahí al lado», calcula con un sentido muy doméstico del tiempo.

Iván siempre se va para volver. «Me gusta marcharme y me gusta volver. Porque a pesar de estar fuera, me mantengo cercano a los míos», dice. Y recuerda que quizá el deseo de vivir en Bruselas nació uno de los días que estuvo en la ciudad de paso. «Iba caminando por la Estación Central de Bruselas. Había un vagabundo, y un chico pasó a su lado y le dio su cruasán, fue un detalle que me emocionó porque ese tipo de cosas no se ven en Londres», concluye.

A Bélgica le han llevado una señal en forma de maleta y un amor. «Sí, hay una persona especial que también va en la maleta ?admite?. Mi chico es belga, de los pocos belgas que hay en Bruselas. Bruselas es más pequeña que Coruña, pero es como una ONU llena de gente de todas partes».

¿Echarás de menos los churros de Bonilla, o los del Timón?, pregunto. «Pero tendré gofres belgas...». Dulce consuelo.

«Me entusiasma empezar en la Ópera de París»

París es una fiesta «en muchos sentidos» para Aliénor Figueiredo, que nació en Colmar (Alsacia) y tiene raíces gallegas. Su madre es leonesa, y su abuela, de Xinzo de Limia, «por eso conozco la cultura gallega. Y además, estuve un mes trabajando en una finca en Lodoselo», cuenta. A sus casi 26 años, esta licenciada en Historia del Arte que descubrió en Barcelona su pasión por el diseño de vestuario de teatro ha deshojado la margarita de la suerte y le salió el pétalo del sí en la ciudad de Amélie. «Me voy a París de septiembre a junio», dice. Se estrena en la ciudad de la luz como regidora de vestuario, convertida en el vínculo entre departamentos como sastrería, costura, decoración o zapatería en la Ópera de la Bastilla. «Me entusiasma empezar de nuevo, será mi primer contrato largo en Francia. Voy a tener la oportunidad de trabajar sobre grandes producciones, y de colaborar con artistas y artesanos de los más prestigiosos», valora.

De pequeña, esta chica que ahora toma con arte la Bastilla quería ser arqueóloga. Pero el gusto cambia, no es de piedra. «Y siempre me gustó el cine...». Gracias a sus padres, creció con él. «Me fascinaban los vestuarios de películas como El quinto elemento, Star Wars o Blade Runner», confiesa quien sintió el flechazo visual de West Side Story.

Estrasburgo, Barcelona, Buenos Aires o Lyon son lugares con doble check en el mapa vital de esta profesional inquieta que se muda a París con la maleta llena. ¡Ábrela! ¿Qué te llevas? «¡Me llevo sobre todo ropa! Es deformación profesional… una chaqueta de los 80 comprada por 100 pesos en una feria en Buenos Aires, un abrigo de piel de una actriz; unos zapatos que me regaló mi madre cuando tenía 15 años, una blusa de mi abuela... Me gustan las cosas que tienen una historia peculiar», va hilando. «Pero en mi maleta me llevo también lo que he vivido. Y el apoyo de mis familiares y amigos», se arropa. «Siempre pensé que, para conseguir lo que quería, tenía que buscarme yo las oportunidades y no esperar a que llegaran solas», remata con fuerza.

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