¡Al agua, Patos!


Esto del surf parece imparable. Es posible que remita la fiebre, porque los excesos saturan, pero ahora mismo hay playas con más surfistas que bañistas. Va a acabar pasando como en países más avanzados en este deporte, que delimitan una zona para los que se van a bañar. Es decir, los que mandan son los que acuden con tabla. En este fin de semana en el que Pantín vuelve a convertirse en el epicentro y gran capital del surf de Galicia y España, les hablo de la fiesta del 20 aniversario de la escuela Prado Surf. Vaya ambientazo que había. Hasta cantó mi amiga Lucía Peñamaría, que fue finalista de La Voz Kids y es una de las muchas coruñesas que veranean en esta zona. Hay que decir que la primera escuela que hubo fue la de Patos, un poco anterior a la de Prado, y ambas sobre dos arenales cuyas vecinas de enfrente son las islas Cíes. «Se había creado la Federación Gallega de Surf y abrió por aquel entonces la tienda West Peak, que es la ola que rompe a la izquierda de la playa y que está considerada la mejor de las Rías Baixas», relata José Diéguez, que ahora está al frente del club junto con Adrián Seoane. Con sus delegaciones en A Lanzada, que lleva Manuel Ferreiro, padre de Alejo Ferreiro, Sabón y Bastiagueiro dice que son «el club más grande de Galicia. Pasan miles de personas, pero hay mucha rotación. La mayoría va a probar, a realizar una actividad, y tan solo un cinco por ciento o así de los que empiezan siguen vinculados a este deporte», aclara José, que no fue del grupo fundador hace dos décadas pero está desde el principio. Coque Araujo, los hermanos David y Jorge Alfaya, José Invernón, o Pity, creador de O Marisquiño, que lleva siendo noticia todo el verano por el accidente en el Náutico de Vigo, fueron algunos de los pioneros del surf en esta zona. No todos pudieron estar en la fiesta, a la que sí acudió el alcalde de Nigrán, Juan González, que saludó a estos jóvenes veteranos poco antes de lanzarse ¡al agua, Patos!

A ORILLAS DEL MIÑO

Hay otro restaurante Molinera. No tiene nada que ver con el que regenta Moli, Diego López, en Lalín y que es un templo del cocido. Este local también se llama Molinera, pero del Miñor, al lado del río y a pocos metros del puente de la Ramallosa y del mercado de la zona que siempre me dio mucha pena que no estuviese más explotado. Es un enclave precioso que ya estuvo dedicado a hostelería en otras ocasiones con más o menos éxito. Esta vez parece que los que están detrás del proyecto se lo tomaron en serio. Arreglaron bastante el establecimiento, le dieron un toque más moderno, y decidieron apostar por una carta muy de noches de verano. Puedes pedir una hamburguesa de las denominadas gourmet, que ahora ya lo son casi todas, unas tostas de tamaño considerable para compartir o unas carnes a la brasa que parece que son la especialidad. «La picaña es buenísima», me dice un amigo al entrar en esta Molinera del Val Miñor. Y la verdad es que estaba sabrosa y tierna. Por poner un defecto al restaurante, demasiado bullicioso. Al tratarse de un local grande, es posible que sea inevitable que haya tanta gente y ruido y una legión de camareros de un lado para otro. Como si fuese una playa llena de surfistas.

Autor Pablo Portabales Periodista

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