Un Stradivarius en el metro

YES

01 jun 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

El 12 de enero del año 2007 Joshua Bell, uno de los mejores violinistas del mundo, empuñó su Stradivarius de 1713 valorado en 3,5 millones de dólares y se apostó en un pasillo de la estación de metro L’Enfant Plaza, en el centro de Washington. Interpretó seis melodías de Bach, Schubert y Manuel Ponce y recaudó 32 dólares y 17 céntimos en 43 minutos. Un millar de personas pasaron ante él y apenas 27 depositaron dinero en el cajón. Solo lo reconoció una mujer. Tres días antes de su concierto en el subte, Bell había llenado el Boston Symphony Hall, que había cobrado más de cien dólares por cada uno de los asientos del auditorio. Veinticuatro horas después de su concierto subterráneo, el violinista estadounidense recibía el Avery Fisher, el premio más importante de la música clásica. El experimento había sido idea de un periodista de The Washington Post, Gene Weingarten, que pretendía demostrar que la música de calidad puede imponerse en contextos inapropiados para escucharla. En realidad confirmó que la mayor parte de la gente ignora la belleza y que solo en los circuitos adecuados las personas reconocemos la calidad de una obra o de un intérprete, lo que debería ser objeto de reflexión para los políticos, obligados a crear entornos y herramientas adecuados para instruir a los ciudadanos en las claves del conocimiento.

Pero hay algo más en el experimento de Joshua Bell: la confirmación de una leyenda. Porque en el fondo todos queremos creer que en un pasillo del metro, en una librería de viejo o en el almacén de un chamarilero se esconden, despreciadas por todos, obras maestras que aguardan a ser descubiertas en una peripecia épica en la que finalmente la belleza se impone. En el año 2012 un ciudadano de Ohio compró en un mercadillo un Picasso por 10 euros y unos meses después una mujer del Estado de Virginia adquirió un Renoir en un rastro del valle de Shenandoah. Pagó siete pavos. Hay muchos ejemplos más. En el año 2014 un chatarrero estadounidense se encontró con un huevo de pascua de porcelana y metal. Cuando se disponía a fundirlo un comprador le ofreció 8.000 dólares por la pieza, un precio que al buhonero le pareció desorbitado sin saber que en realidad el huevo era un Fabergé valorado en 33 millones de dólares y una de las sesenta y nueve míticas joyas creadas para los zares de Rusia.

Frente a la oferta estandarizada y previsible de los grandes almacenes y las tiendas convencionales, el catálogo oculto de todos estos mundos paralelos nos intriga. Es un fallo del sistema que manda a la basura a determinados tesoros. Muchos se perderán para siempre pero el desafío es encontrar en esas montañas de despojos la lámpara de Aladino que espera por nosotros para que le saquemos brillo. Aunque a veces el sistema le hace guiños a sus suburbios. Esta semana, el Ayuntamiento de Londres ha distribuido entre los músicos callejeros un lector de tarjetas de crédito para que los viandantes les puedan pagar con sus Visas. Resta por saber si alguno de esos ciudadanos reconocerá en el violinista del metro a uno de los mejor dotados de su generación. Y cuánto estará dispuesto a pagarle. Con tarjeta.