Ellos son la excepción

SON ÚNICOS y están rodeados de mujeres por afición o por trabajo. Hablamos con un palilleiro, un ?matrón? y un cuidador, tres hombres YES que no tienen miedo en romper barreras

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Ahí lo tienen: Ángel es único. Único en su clase de encaje de bolillos y único también en demostrarnos cómo este hobby lo ha convertido en toda una excepción. Ángel Cebral es, a sus 61 años, de los poquísimos hombres (él solo conoce a tres en Galicia) que pasan su tiempo confeccionando esas delicadas filigranas textiles. «El año pasado fui a Pontevedra a una concentración de palilleiras [Ángel no tiene problema en usar el femenino] y allí coincidí con otros dos hombres ¡entre 1.300 mujeres! Y estoy en la asociación Palilleiras Filigrana, que abarca todos los ayuntamientos de la ría de Ferrol y no hay otro como yo», responde.

En esa proporción estadística se está moviendo este ferrolano que empezó a dedicarse a los bolillos hace dos años, cuando por curiosidad se acercó a la Asociación de Mujeres Amistad, y allí dos palilleiras, Cherola Seoane y Luisa Rodríguez, lo convencieron para que probase. Y se enganchó. «Aunque es complicadísimo y me siguen asombrando las maravillas que hacen algunas mujeres, creo que engancha, es una afición en la que vas viendo el resultado, así que te dan ganas de seguir», explica Ángel, que ahora no deja de hacer encargos para la familia, para sus amigas y por supuesto para su nieta: «Tiene 4 años; ahora estoy intentando acabarle unos detalles para sus vestidos».

Su especialidad son los encajes de bolillos que él sobrepone a unas piezas de bisutería: colgantes, brazaletes, pendientes..., pero incluso ha hecho un tocado para una novia. «Hice una flor con 9 pétalos de las que adornan el pelo y me llevó sus horas porque todavía no tengo mucha destreza; pero lo normal es que tardes tres horas por cada pétalo, así que unas 27», señala. Ángel considera el encaje de bolillos un auténtico tesoro que debería ser transmitido, por eso anima a todos, hombres y mujeres, jóvenes y mayores, a aprenderlo: «Yo lo recomiendo porque te evade de todo; cuando llego a mi casa en cuanto estoy solo me pongo a palillar y no enciendo ni la radio, me absorbe por completo».

Esa concentración, una paciencia infinita y cierta habilidad en las manos son las cualidades que él destacaría para quienes deseen empezar, siempre que guste, claro, estar en un ambiente en el que predominan las mujeres: «A mí nadie me ha dicho hasta ahora que esto no es para hombres, pero vaya por delante que estoy encantado de estar rodeado de tantas y tan buenas compañeras. Disfruto mucho, soy el niño de todas, están pendientes de mí y eso es una gozada. Me dan mucho aliento». Y en ese entorno Ángel, por supuesto, destaca. «Cada vez que vamos a una concentración de palilleiras se me acercan a hacerme fotos y me suben a las redes sociales», se ríe. Ahora es, además, un palilleiro YES.

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David González Martínez: «Por costumbre digo que soy matrona»

Dar a luz es una experiencia única. Las profesionales que me acompañaron en mis dos partos eran mujeres. Una, la matrona Beni Martínez, que a tantos mariñanos ayudó a nacer. Uno de sus hijos, David, encauzó su destino laboral por el mismo camino que su madre y actualmente el joven viveirense trabaja en Navarra como enfermero especialista en ginecología y obstetricia. «Matrona es lo que pone mi título y matrón lo ha aceptado recientemente la RAE como palabra válida para designar a los hombres que son matronas. Yo, por costumbre, tengo tendencia a decir que soy matrona», apunta. Es uno de los oficios clásicamente tipificados de «femeninos» y «aunque los hombres se cuenten con los dedos de una mano, poco a poco va cambiando», señala. «La profesión tiene una parte que socialmente se define como femenina, que es la emocional, psicológica, de ayuda y acompañamiento pero, por supuesto, no es una habilidad solo de las mujeres. Hay hombres con esa habilidad», recalca David.

Reconoce que en algunas consultas y partos ha visto madres sorprendidas, «pero cuando llevan un rato y se dan cuenta de que delante tienen a una persona que les va a escuchar y atender se les acaba olvidando». «Lo cierto ?subraya? es que a una gran mayoría no les importa en absoluto». Lo que no olvida David es su primer parto: «Cuando llegué a la residencia me impactó mucho. Fue muy emocionante. Me acuerdo aún del nombre de la madre, se me grabó el momento... ¿sabes? Hasta las primeras palabras que le dijo ella al bebé». «Cuando decidí ser matrona me lo tuve que pensar mucho. Pensar si lo decidía porque mi madre lo era, por su influencia, o no. La verdad es que me di cuenta de que lo que nos iguala un poco es la mentalidad», continúa. Admira la «pasión» con la que ella vive la profesión, pero lo tiene claro: «Tengo que recorrer mi propio camino, mis experiencias, otra vida». Le pregunto si ella le ha dado algún consejo en particular: «¿Decir un consejo cuando, al final, mi madre es el consejo que oigo siempre en la cabeza...?».

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Pablo Mosquera: «Aquí ya nadie me quiere cambiar por una mujer»

A sus 26 años, Pablo Mosquera se pasa el día con personas mayores. Su trabajo como cuidador en el centro de día Mayores Atención a la Dependencia de A Coruña no es casual ni fruto del descarte. Lo suyo es vocacional. Estudió Atención Sociosanitaria y lleva ya cinco años dedicándose a esto. Sus ganas le vienen de la infancia. «Yo soy de A Coruña, pero en mi aldea, que es Palas de Rei, siempre me entendí muy bien con la gente mayor, y noto que ellos conmigo también. Me gusta hablar con ellos y que me cuenten sus historias», afirma Pablo, que asegura que el requisito indispensable para ser un buen cuidador es la paciencia y «entender a cada uno en su personalidad. Tienes que conocerlos, darles confianza y cuando la cogen ya va todo rodado».

Consciente de que es minoría en esta profesión tradicionalmente ocupada por mujeres, no se siente un intruso, pero sí que reconoce que a veces su sexo le trae dificultades: «Con algunas señoras cuesta más en un primer momento, porque consideran que debería atenderlas una mujer, pero ahora ya hay algunas que me prefieren a mí. Incluso es al revés, me tratan como si fuese una más», comenta divertido el profesional, que dice que a la señora que al principio no le agrada tenerle de cuidador siempre le explica que «soy un trabajador más y que todos somos iguales. Pero yo aquí noto mucho cariño». El trabajo tiene su parte dura, sobre todo cuando aún no le conocen. «Los primeros días alguno se quiere ir y dice que es el hijo el que le obliga a venir, pero les dices que tú también al principio vienes con disgusto a trabajar a veces y que tienes días malos, pero que luego lo olvidas. Además, siempre tengo a alguien para que cuente su experiencia y les sirva de ejemplo», indica Pablo, que dice que luego la cosa cambia: «Hasta quieren venir el fin de semana, que cerramos. Pero es normal, porque aquí hacen cosas y conocen a gente. Si no, la mayoría estaría en casa viendo la tele». A él también le pasa algo parecido. «Al final somos como amigos, te cuentan cosas y tú a ellos, te dan consejos... En lo que invierto más horas es en hablarles, y nos reímos mucho», asegura. Eso sí que no se paga con dinero.

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