«Mi hija y yo nos graduamos a la vez»

ESTA FAMILIA ES DE NOTA Cruz plantó COU al quedarse embarazada a los 17 años, se casó, se divorció y de un día para otro se vio «con una mano delante y otra detrás». «Mis hijos son mi fuerza», asegura. Esta madre y sus chicos se están sacando la carrera juntos. ¿Sobresaliente? Nueve... y una matrícula.

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Son madre e hija, se llevan veinte años y van a graduarse a la vez. La vida es una carrera de fondo que ellas hacen juntas. Codo con codo en los estudios, tras haberse destacado las dos como atletas en la primera década del 2000. Cruz, la madre, fue campeona de veteranos de atletismo en Galicia, y Sonia, la hija, llegó al top en pruebas combinadas. «Este verano, presentaremos las dos el trabajo de fin de grado», dice Cruz, de la que Sonia heredó la sonrisa y la fuerza de voluntad.

En esta foto falta Telmo, que vive en Burgos (donde se ha licenciado como ingeniero de Caminos, llevando la delantera a su madre y a su hermana). Decir que Telmo, Sonia y Cruz son una familia de nota es más que un decir: Cruz suma nueve sobresalientes y una matrícula de honor. «Hemos estado de exámenes muchas veces los tres juntos», cuenta esta madre de notable buen humor. Cruz estudia becada. «Con la beca del ministerio he podido pagar la matrícula de mi hijo», explica. Y pinta (porque descubrió gracias a su hermana Chus que el arte se le da bien también) un presente alentador: «Mis hijos no son ninis. Son sisís. Sonia y Telmo sí estudian y sí trabajan», cuenta Cruz, sonrisa de seda, mano de hierro en educación. «La crianza es una vorágine, pero pasa, llega un día en que se acaba. Pasó. Y tienes tiempo para ti. Educar a un hijo es la guerra al minuto. [Pum pum pum, golpea la mesa con la mano, como cortando tomate en una tabla, veo hecha rodajas la sobreprotección]. Con los niños tiene que haber, además de amor, reglas, y ellos deben saber que si no las cumplen hay unas consecuencias. A mí me tocó criarlos sola muchas veces y he tenido que ser la mala. Pero da sus frutos, compensa. Mi hijo me llama dino, ¡dice que soy como un Tiranosaurio Rex, jajaja!». El amor por un hijo requiere disciplina y paciencia. «Y a veces noches en vela. ¡Sonia no durmió toda la noche hasta los 7! Yo tengo visto amanecer...», recuerda.

ATLETAS DEL ESTUDIO

A unos meses de graduarse en Trabajo Social y ver cómo su hija hace lo propio en Relaciones Laborales, ante la perspectiva de encierro al que la llevarán sus próximos exámenes («Soy de las que se ponen las pilas al final»), Cruz respira aliviada. «No le tengo miedo a nada. Yo estuve hundida, pero siempre resurgí de mis cenizas. Mis hijos ya son mayores. Son buenos, sanos, tienen sus carreras, se valen por sí mismos y son felices. ¿Como madre, qué más puedo pedir?», plantea enfocando sus últimos 20 años.

Casi en otra vida queda el 89, ese COU que Cruz plantó por un embarazo sorpresa. «Me quedé a los 17. Era otra época, y yo no recibí ese apoyo de mis padres de ‘No importa, sigue estudiando...’. Soy la cuarta de cinco hermanos, con unos padres mayores y muy religiosos. Mi embarazo fue un shock. Había esa presión de casarse. Y me casé... Él era mi novio desde los 15 años, nos queríamos y teníamos planes, como cualquier adolescente enamorado incapaz de ver más allá», relata Cruz, que cambió en meses ciencias puras por pañales.

Con 18 tuvo a Telmo. Tres años después llegó Sonia. Y al rato empezaron los problemas en casa, problemas gordos que la llevaron a divorciarse de su marido. Cruz se vio, con 27, sin empleo, con dos niños, «con una mano delante y otra detrás». «Volviendo a casa de mis padres con un niño en cada mano. Yo he estado en el infierno, y he salido de él. Soy vital, pero la fuerza me la dieron mis hijos», valora.

Esta ferrolana «con muchas vidas en una vida» empezó a compaginar su curro como madre con empleos temporales. Cuando su hija Sonia empezó el cole, Cruz comenzó sus estudios de auxiliar de Enfermería. Y en esta nueva vida se enamoró de un militar de Ferrol. «Hoy, mis hijos tienen más trato con él que con su padre biológico. Fue un padre para ellos», valora Cruz. En el 2009 se sacó la oposición para trabajar en el Sergas como auxiliar en quirófano. Entonces la suya ya era una carrera de fondo con buenas zapatillas. Si con 15 años Sonia llegó a ser campeona de España de pruebas combinadas de atletismo, y con 16 se fue con una beca al Centro de Planificación Deportiva de Pontevedra, su madre le siguió el ritmo. «Empecé a competir para cubrir alguna prueba...», dice quien llegó a convertirse en campeona gallega de atletismo en veteranos.

Cruz compitió dos o tres años hasta el 2010, en que se lesionó. «Lo pasé muy mal, me operaron del hombro, tuve que estar meses de baja». Y su apoyo se esfumó. «Mi marido me dejó de un día para otro», revela. Al mal tiempo, tiempo y valor. «Me he dado cuenta de que tengo unas capacidades, y quiero explotarlas al máximo. Estudiar me ha hecho más capaz. No es que me guste, pero me abre puertas, permite vivir mejor», dice Cruz.

Ayudar a la gente siempre le gustó. Y llega el momento de cumplir ese sueño que la atrapó en uno de los pasillos del Chuac haciendo turno de noche, en un kitkat junto a la máquina de café: Ser trabajadora social. Cruz no se lo pensó dos veces.

Y viendo sus notas hasta ahora, cabe esperar lo mejor.

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