¿A qué edad perdemos amigos?

LLEGA UN MOMENTO... En el que empezamos a cerrar el círculo. A medida que avanzan los años, seleccionamos más y mejor quedándonos con aquellas amistades realmente importantes. Descubre a qué edad ponemos un filtro que va a ir estrechándose con el tiempo.

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Hay amigos y amigos. Amigos de juergas, amigos de campus, amigos del trabajo y amigos de verdad. Que unos no son excluyentes de los otros ya lo sabemos, pero hay una tendencia irrefutable a lo largo de nuestras vidas: a medida que pasa el tiempo, vamos estrechando el círculo. No es que dejemos de tener amigos, sino que nos quedamos con los últimos de la lista, los de verdad. Esos a los que puedes confesarles casi cualquier cosa, los insustituibles. Pero, ¿a qué edad empezamos entonces a perder amigos hasta quedarnos con los elegidos? A los 25. Eso concluye una investigación del Centro Nacional para la Información de la Biotecnología, que ha llegado a la conclusión de que el número de gente nueva que conoce un individuo a esa edad desciende drásticamente. El método utilizado consistía en calcular el número de llamadas telefónicas que realiza una persona al mes y, según explican los investigadores, la vida social desciende a partir de los 25 porque en los años previos el individuo experimenta socialmente, antes de asentarse en un grupo de amigos. No les falta razón.

La psicóloga del Centro de Atención Familiar e Infantil (CAFI) Paula Martínez Figueiras le ve sentido al resultado del estudio. «No sé si es a los 25 concretamente, pero sí que coincide en ese tramo de edad. En la adolescencia hay una eclosión a la hora de hacer amigos porque es parte del viaje, es el momento de formar parte de un grupo de iguales. Además, en ese momento estamos en contextos sociales diferentes (colegio o universidad, deportes, actividades...), y tenemos un abanico de relaciones muy amplio», indica.

«Los niños pequeñitos que se encuentran en el parque se dicen el nombre y ya son amigos. Después, en la adolescencia, ya hay pandilla, pero sigues conociendo gente nueva, igual que en la universidad, donde estás abierto a ello», indica la psicóloga Aránzazu García. Ambas expertas están de acuerdo en que cuando se acaban los estudios y nos incorporamos al mundo laboral, empezamos a cerrar el círculo. «Trabajar supone un cambio de vida en el que los intereses y las apetencias cambian. Es como ese salto de ir a un pub a conocer gente nueva o ir para estar con tu gente, sin interferencias ajenas», explica García, que añade que a partir de los 25 empezamos a plantearnos una relación estable e, incluso, el formar una familia. «Las familias, cuando tienen niños, pasan más tiempo los fines de semana con sus padres y con los hermanos o primos que también tienen hijos que con los amigos. Con la edad, los intereses cambian. A los 46 no sales de noche con la misma apetencia que a los 18», indica la psicóloga, que lo achaca a la madurez propia de la edad: «Lo de ir asumiendo responsabilidades tienen que ver con un proceso de maduración interno en el que dices: ‘Esto ya no me aporta tanto porque ya lo viví, ya lo conozco’. Por eso hay tanta gente madura que se apunta a las apps y a las webs de búsqueda de pareja, para saltarse todo ese proceso de salir por la noche».

PURA SELECCIÓN

Claro que no hay que olvidar que pasados los años, nos vamos perfilando. «Conforme va pasando el tiempo nos definimos, y ya no nos vale todo el mundo. Nos quedamos con los que tienen más en común con nosotros», dice Paula Martínez, que recuerda nuestra tendencia evolutiva a la hora de seleccionar relaciones: «El ser humano está en continua evolución. Cuantos más años, menos amigos tenemos. Es pura selección. En la adolescencia quieres cantidad, después quieres solo los que te importan». Eso y la rutina hacen que nos cerremos, porque tenemos menos oportunidades, la conciliación es menor y necesitamos invertir el tiempo en nuestros proyectos de vida a largo plazo. Vamos, que no te sobra el tiempo, pero las dos expertas advierten: cuidado con el aislamiento.

«Vale que hay problemas que no quieres difundir, pero con un amigo leal los llevas mejor que tragándolos», dice Martínez. Aránzazu va más allá: «Para estar psicológicamente plenos necesitamos todos los vínculos de interacción. En terapia familiar contamos la historia de la mandarina y la manzana. Si eres una mandarina y se te estropea un gajo, tienes más que te van a sostener. Pero si eres una manzana y se te estropea un trozo, va a extenderse por todo, porque no tienes otras particiones sobre las que apoyarte. No puedes dejarte llevar solo por las cosas obligatorias del día a día. Si no, te pasa lo que a Mafalda, que decía: ‘Lo urgente no me deja hacer lo importante’. Esa no es una buena escala de prioridades. Hay que sacar tiempo para una llamada o un café de vez en cuando, y no cerrarte en ti mismo ni desvincularte, estés en la etapa vital en la que estés». Touché.

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