La primera impresión es que se trata de una cafetería más. La cosa empieza a cambiar cuando ves en el comedor a Alberto Núñez Feijoo, habitual del local. También percibes que algo es distinto al intentar comer un sábado o domingo sin reserva y comprobar que no hay sitio ni siquiera en las mesas paralelas a la barra. ¿Cuál es el secreto de la cafetería Abuín de A Coruña? «Buen producto y buena gente», me dice uno de los asistentes a la fiesta que la familia propietaria organizó el domingo por la noche con motivo del 30 aniversario de este negocio situado en la calle Federico Tapia, en pleno centro de la ciudad. Decoraron el establecimiento para la ocasión, hubo música en directo, cocineros invitados y, por supuesto, bebida y pinchos. Siendo el día que era, final del fin de semana, apenas tomé un poco de jamón rodeado de decenas y decenas de personas que acudieron a la celebración.
TODO DE AQUÍ
«La clave es el cariño que se le pone, que el material sea todo de aquí, y que le gente siga siendo la misma. Somos parte del barrio», comenta David Abuín, que está al frente del local junto a su madre, Mari Carmen Gómez, que se puede decir que vive en la pequeña cocina de la cafetería. El hijo es más moderno que la madre en términos gastronómicos, pero lo que aquí impera es «lo tradicional», sentencia David al lado de su mujer, Olaya Vidal, y su hijo, Xabier, de 5 años. Los otros dos que aparecen en la foto son los camareros, Robert Lorenzo y Jose Otero, que llevan 27 y 13 años, respectivamente, tras la barra.
UN RECUERDO ESPECIAL
Lo inauguró Antonio Abuín, padre de David, que procedía de la escuela del Duna o del Coral, clásicos de la restauración gallega. Ahí aprendió el oficio y una forma de atender a los clientes que hoy en día prácticamente ha desaparecido. Lo recuerdo con su liturgia a la hora de leer lo que había en la carta escrita a bolígrafo. Y hasta conservo una cuenta de aquellas que sumaba en pesetas y finalmente pasaba a euros a pesar de que ya hacía años que esta moneda había entrado en vigor. Abuín era así. Por desgracia también me acuerdo de cuando hace casi seis años coincidí con él en el mercado de la plaza de Lugo, donde acudía a diario en busca del mejor producto. Estuvimos hablando sobre la calidad de unas huevas de merluza y nos despedimos. Aquella tarde se fue para siempre. Estoy seguro que muchos de los que el otro día acudieron a la fiesta de su cafetería lo tuvieron presente. Después me enteré de que Carlos, del Hokuto, y Nico, de La Sarita, prepararon algunos pinchos, pero me los perdí. Algunos clientes salieron de allí casi de madrugada. Ese es el secreto de la cafetería-vip.