¿Quién manda en casa?

TU HIJO, TU MASCOTA, TU HERMANO... ¿Quién tiene la casa de su mano? Aquí manda Joel, que como un «pequeño dictador», sabe a su corta edad -solo tiene 6 años- lo que es tener el poder. Él manda a la hora de elegir canal, en el recreo del cole y hasta en el súper. «En el carácter ha salido a mí» dice Iria, su madre. Pero hay muchas más historias que contar. ¿Y en tu casa, quien corta el bacalao?

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En una especie de camarote de los hermanos Marx del siglo XXI viven Iria, embarazada de seis meses y medio, su pareja, sus tres hijos de relaciones anteriores, Lesley, de 13 años, Ruth, de 11, y Joel, de 6, los abuelos de los pequeños y la bisabuela... Casi nueve personas -si contamos la que viene en camino- separadas apenas por un rellano. La distancia que permite (aunque parezca imposible) que las cosas salgan bien: horarios, comidas, estudios... porque unos se ayudan a otros. Entre tantas voces en casa hay una que sobresale como la de un tenor dramático en una ópera de Wagner. Quizás por eso de las batallas. Las que libra cada día para salirse con la suya el habitante de más corta estatura de esta casa. Joel lleva la batuta, aunque sea, como suelen hacer los niños, a golpe de berrinche.

 

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 AQUÍ NO SE DUERME JAMÁS

Mientras sus hermanas mayores preparan los exámenes, Iria recurre al consentimiento «para que Joel no moleste su tiempo de estudio». Digamos que su mamá lo deja a su aire... De lo contrario, estaría revoloteando todo el rato alrededor de Lesley, y especialmente, de Ruth, de quien no se separa y con quien comparte habitación y cama de matrimonio. Manda tanto que, «si él está desvelado, si no tiene sueño, en esa habitación no duerme nadie». Toca jugar, o lo que sea... Vamos, dormir ¡jamás! Ni en sus mejores sueños.

Puede que Joel nos parezca una especie de Daniel el Travieso o Macaulay Culkin en sus tiempos de Solo en casa... pero Iria matiza: «Se pelean como todos los hermanos pero se llevan bien. ‘Eso no se hace’ suena una y otra vez en la boca de Ruth, que se chiva a veces de las fechorías de su compañero de juegos.

Otro de los momentos ‘críticos’ del día a día tiene que ver con un mando. Y no es el del aire acondicionado, sino el del electrodoméstico que más peleas provoca, sin ninguna duda, en los hogares de los españoles. ¿A que lo sabes? El televisor. Ahí llega la mayor de las guerras caseras. Porque en cuestión de canales temáticos de dibujos animados todos tienen gustos distintos Al final «él acaba decidiendo». ¿Este chico es un «demonio», que no?

Donde no hay lugar a la elección es en la mesa. El lema: «Una voz, un menú». Nada de que cada uno elija lo que quiere. Imagínense el lío. Aquí todos comen lo mismo. Aunque Joel -sí, otra vez Joel- «se escaquea muchas veces a la hora de la comida».

Y qué decir de ir a hacer la compra al súper... «Con las niñas me atrevía. Con Joel no. Empieza a decirme ‘Quiero esto’ y ‘Quiero esto otro’, a tirarse por el suelo, a llorar...» Y lo peor -desde el punto de vista de la psicología infantil- es que consigue sus propósitos. «Es que me pilló cansada -alega Iria-. Al final yo soy la que más lo mima. Ni siquiera la abuela. Ella de hecho me dice que lo tengo malcriado, pero es que lo veo muy pequeño y el instinto me lleva a sobreprotegerlo» Eso sí, si hay que regañarle, también lo hace su madre.

ÉL DECIDE CUÁNDO COLGAR

De puertas afuera, otro de los escenarios en los que Joel despliega todas sus capacidades en el arte de reventar actos es la escuela. Y eso que ahora «se porta un poco mejor. El año pasado la profesora de educación infantil me dijo que era un caso. Es el líder en clase. Él monta todas las rebeliones» (Joel pasa a hacer ahora el papel protagonista de los manuscritos de Albert Camus). Y claro, el efecto imitación por parte de sus compañeros es inevitable. El punto más sensible de la jornada en el colegio es la transición entre la hora de juego y la de estudio. ¡Se está tan bien en el patio...!

Aunque Iria ha escuchado muchas veces eso de que ‘Este niño es una pieza’ ella cree que su carácter le hará llegar lejos. «Es mejor que no se deje pisotear. Aunque a mí me cueste dominarlo, en esta vida hay que ser fuerte. A mi hija mayor, por ejemplo, su enorme sensibilidad le causó muchos problemas».

Con 31 años y a punto de dar a luz, a Iria le preguntamos si no echa de menos momentos de relax, lejos de las «órdenes» que le dan sus propios hijos. «Qué va», dice. «Cuando se van de fin de semana con su padre los extraño. Me aburro muchísimo. Los llamo cada dos por tres. Aunque a Joel, más que hablar lo que le hace gracia ¡es colgar el teléfono!».

Solo esperamos que entre su repertorio Joel no tenga previsto interpretar nunca El gran dictador.

«Me tumbo en el sofá y ya tengo a los tres encima»

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Tres perros, con un carácter y manías muy diferentes, son los que realmente manejan el cotarro en casa de Silvia Conde. Esta ourensana, de 31 años, reside desde hace un año en Millao, a 15 kilómetros de Lugo. Motivos laborales la obligaron a cambiar de ciudad; tres perros, a decantarse por un tipo de vivienda.

Monitora ambiental, Silvia fijó en un primer momento residencia en un piso de la capital, pero al poco tiempo decidió alquilar una casa de campo pensando en la comodidad de sus canes. Toffe, un podenco portugués, de tres años y que busca adopción; Columbereto, un cruce de pequinés, de nueve años y adoptado en la protectora de Lugo y Thor, un setter inglés, que tiene de cuatro años y que fue un regalo de un amigo.

La joven convive con sus tres animales, con sus virtudes y manías, y adaptándose a ellos. «Toffe es el que dirige los paseos porque es el más inquieto y juguetón; Columbereto es el rey de la comida. No es sibarita, puesto que a él todo le vale, pero es el abuelo gruñón, cuando los otros se ponen rebeldes es el que pone respeto. Thor es el posturitas de la casa y el señorito que ocupa el sofá. Está sordo y quiere dormir y acostarse en lugares con vistas para controlar todo», relata Silvia, quien indica que su vida gira en torno a las peticiones y gustos de sus perros. «Yo les pongo de comer y los malcrío», reconoce.

El día a día en casa depende de las peticiones y deseos de los animales, pero aún así esta joven reconoce que la convivencia con ellos es muy buena. «Mientras desayuno y me preparo les abro y salen a la finca. Ellos suelen estar en la parte de abajo de casa y yo duermo arriba. No les tengo prohibido entrar en la habitación pero tengo por costumbre no subirlos. Cuando me tumbo en el sofá o me siento ya tengo a los tres encima. Y a la hora de preparar la comida y sentarme en la mesa, me siento observada por seis ojos», relata Silvia, quien lleva acogiendo perros desde hace más de tres años e indica que a pesar de ser los canes los que mandan en casa está muy feliz conviviendo con ellos.

«En nuestra casa manda la moda»

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No es una mascota. Ni un sitio privilegiado para ver la última temporada de Narcos. Es un armario lleno de ropa a rebosar. Más bien muchos armarios y varias habitaciones. Porque en casa de Pedro y Estefanía Orgaz mandan las tendencias, manda la moda. «Nuestros padres ya nos dan por imposibles. Saben que lo nuestro con la ropa no tiene remedio», confiesa Estefanía, de 28 años, la pequeña de cuatro hermanos. Con su compañero de batallas y hermano inseparable Pedro, de 30, convirtieron el hogar de los Orgaz en el paraíso de la ropa. En casa ya están acostumbrados a que Pedro y Estefanía den rienda suelta a su imaginación, a que llenen los pasillos de bikers de cuello, sombreros y gabardinas. «Creo que nuestra madre piensa que no tenemos remedio», asegura Fani, como la conoce todo el mundo.

Siempre juntos desde pequeños, -«aunque Pedro no me quería cuando nací»-, se han convertido en un todo. «Hacemos prácticamente todo a medias», reconoce Pedro. Su pasión por la moda la heredaron de su madre «y un poco de mi padre, que ya era bastante moderno para su época», apunta Fani. Los dos hermanos llevaron a la máxima potencia esa pasión por las tendencias. Tanto, que toda su casa está dominada por burros de ropa, libros de moda, cintas métricas y máquinas de coser. «Tenemos solo una planta dedicada a nuestro pequeño taller de costura y diseño. Además de nuestros armarios y una terraza cubierta que usamos para guardar ropa de otras temporadas», asegura Estefanía. Aun así el espacio se les queda pequeño: «Estoy pensando en hacerme un vestidor». De pequeños les hacían trajes a las Barbies, «Pedro a veces también les rapaba el pelo», y usaban las toallas de piscina para crear looks de pasarela. Juntos, y en la misma clase, estudiaron moda, primero en A Coruña y después en Madrid. Un día se vistieron de negro de la cabeza a los pies y llamaron la atención de Mario Vaquerizo: «Fue vernos llegar y dijo que nos quería conocer», recuerda Pedro.

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